lunes, 21 de febrero de 2011

NOTAS SOBRE LA FLORA DE LANZAROTE

 

[Publicado en el semanario LANCELOT el 8-XI-1985]
Aunque Lanzarote es, juntamente con Fuerteventura, la isla canaria con menos vegetación, consecuencia lógica de su bajo índice anual de precipitaciones, su flora es bastante variada,
y comparte con la del archipiélago en general una importancia científica destacada por poseer buen número de especies autóctonas que han evolucionado poco a través del tiempo y conservan los caracteres arcaicos que poseyeron sus antepasadas remotas en latitudes más altas, como ciertas zonas de la Europa mediterránea, de donde muchas han desaparecido hace millones de años por efecto de las glaciaciones y otras se han transformado en especies morfológicamente bastante diferenciadas.
Son en su mayoría plantas xerófilas, es decir, adaptadas a climas secos y soleados. El macizo norteño de Famara, algo más húmedo por su mayor altitud, es un auténtico reducto de curiosos endemismos que son permanentemente objeto de la curiosidad y estudio de botánicos de todo el mundo, habiéndose descubierto, hasta no hace muchos años, algunas especies desconocidas hasta entonces para las ciencias biológicas.
De las plantas que crecen en la isla en estado silvestre, sólo entre las fanerógamas o vegetales con flor, se cuentan más de cuatrocientas cincuenta especies diferentes, siendo bastantes también las contabilizadas entre las pertenecientes a las escalas inferiores, como helechos, líquenes y hongos.
De tan crecido número de especies nos vamos a limitar a hacer mención de aquellas que por una u otra razón las consideremos más dignas de ser resaltadas.
De entre los hongos lanzaroteños hay que destacar la popular y sabrosa ‘papa cría’, del género Terfezia, que se desarrolla bajo tierra parasitando una matita leñosa muy abundante en la isla conocida por ‘rama cría’ o ‘madre turma’ (Helianthemum canariense).

Los líquenes son muy variados en forma y de colores llamativos, hasta el extremo de prestar frecuentemente al paisaje en zonas rocosas una policromía digna del más audaz arte pictórico abstracto. Solamente en el Parque Nacional de Timanfaya existen unas doscientas especies de estos vegetales primarios. En siglos pretéritos gozó de gran estimación como producto tintóreo la filamentosa orchilla (Roccella tintorea), que crece en los roquedales orientados al norte. También se ha utilizado para extraer tinte otro liquen muy abundante en la isla llamado popularmente ‘escán’ o ‘escane’ (Ramalina bourgeana), cuyas ramificaciones laminares, de color amarillo verdoso, presentan una consistencia coriácea.




Los helechos son poco abundantes en nuestra isla dada la sequedad de su clima, no obstante lo cual se llevan recolectadas ya más de diez especies.
Muy escasos son también los árboles o plantas de porte arbóreo. Una excepción la constituye la esbelta palmera canaria (Phoenix canariensis), que crece espontaneamente en muchos lugares de la isla. El Valle de Haría, por ejemplo, ostenta uno de los palmerales más nutridos y vistosos de Canarias.

La familia de las gramíneas está representada por bastantes especies, cuyos individuos tapizan a veces extensos prados. De ellas cabría citar por su implicación con el pájaro canario tan conocido en todo el mundo (bien que no vive en Lanzarote en estado silvestre) el popular alpiste (Phalaris canariensis), aquí llamada ‘triguera’.

Una planta cuya presencia en la isla es causa de verdadera admiración por vivir ordinariamente en hábitats muy húmedos, incluso pantanosos, es el junco (Juncus acutus). En un paraje de aspecto tan reseco y calcinado como es el Parque Nacional de Timanfaya, no es raro verla formando tupidas ringleras en las faldas de los volcanes. Al parecer crecen a favor de grietas por las que sale al exterior el vapor del agua del mar que luego de infiltrarse por las capas profundas del subsuelo ascienden a la superficie por efecto del calor magmático propio del lugar.

La ‘barrilla’ (Mesembryanthemum crystallinum) es una hierba gorda, postrada, sumamente jugosa, muy común en la isla. Entre finales del siglo XVIII y buena parte del XIX constituyó la base de la economía insular por su alto rendimiento como productora de sosa, sustancia empleada en la industria del jabón y en la fabricación del vidrio. También se explotó con igual fin su congénere el ‘cosco’ (M. nodiflorum), más abundante aún, hasta el extremo de formar a veces grandes manchones de un llamativo color púrpura. En tiempos de escasez llegó a utilizarse la semilla de esta planta para la confección de un gofio de inferior calidad en sustitución de los cereales.



Una mata arbustiforme, característica de la vegetación de nuestros campos, es la ahulaga (Launaea arborescens), verdadera maraña de espinas salpicada de florecillas áureas. Fue antaño muy buscada como eficaz hornija, y en la actualidad se ha erigido en protagonista destacada en los experimentos crematorios que se ofrecen al turista en el Islote de Hilario provocados por el calor de origen volcánico.

Otros arbustos muy conspicuos en nuestra flora son las ‘tabaibas’, provistas de escasas hojas en rosetas terminales y troncos rollizos henchidos de lechoso látex que brota a borbotones tan pronto como se les practica una incisión. Existen dos especies mayores del género euforbia, la ‘tabaiba’ dulce (Euphorbia balsamifera), inocua, cuyo látex puede usarse como chicle, y la ‘tabaiba’ salvaje o higuerilla (Euphorbia obtusifolia), algo más estilizada y de látex cáustico.



Paradójico en cierto modo resulta el caso de la malvarrosa (Pelargonium capitatum), ya que despide los efluvios de la exquisita fragancia de sus hojas en los más desolados parajes de las Montañas del Fuego, donde practicamente no existe vida animal que pueda disfrutarla.

En las llanuras pedregosas adyacentes al mar encuentran su hábitat apropiado varias especies arbustivas de quenopodiáceas llamadas popularmente en general ‘matos salados’, que caracterizan la vegetación de esta zona sublitoral. Otras especies herbáceas de esta misma familia, también muy conocidas, como el ‘tebete’ (Beta patellaris) y el cenizo (Chenopodium murale), se extienden por toda la isla.


Son también elementos característicos del paisaje lanzaroteño esas plantas crasas tan comunes en los países tropicales de casi todo el mundo como son las chumberas o tuneras y las pitas y áloes.
Pero las plantas más interesantes de Lanzarote desde un punto de vista puramente botánico, las que pueden ser consideradas como verdaderas joyas florísticas de la isla son, sin duda alguna, sus endemismos privativos, es decir, aquellas que sólo viven en estado silvestre sobre su suelo. Son más de diez en total, de entre los cuales podríamos entresacar como más raros y atractivos los siguientes: El ‘berol’ dulce o hierba puntera (Aeonium lancerottense), de inflorescencia rosácea, troncos gordos y hojas carnosas y apuntadas, y el menudo Sedum lancerottense, de pequeñas hojas globosas, entre las crasuláceas. La Santa María (Argyranthemum ochroleucum), una margarita leñosa de flores amarillas, y la ‘yesquera’ (Helichrysum gossypinum), de grandes hojas arrosetadas y algodonosas, entre las compuestas. De las convolvuláceas la Convolvulus lopezsocasi, grande y tendida, muy rara.




El retraído ‘tajosé’ (Thymus origanoides, una matita bronca de hojas menudas y aromáticas, picantes al paladar, que crece en los umbríos rincones de los altos peñascales del norte de la isla, entre las labiadas; y el ‘tajasnoyo’ (Ferula lancerottensis), magnífica, alta, enhiesta, vistosa como pocas, entre las umbelíferas.



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