domingo, 3 de abril de 2011

FRANCISCO JORDÁN FRANCHY, UN POETA EN EL RECUERDO



Por Agustín Pallarés Padilla
(EL DÍA, 6-III-2004)


Hace unos días llegó a mis manos un ejemplar de la antología poética Tinerfe en reedición que acaba de salir a la luz, facsímil de su publicación en 1913 por la imprenta de Félix S. Molowny de Santa Cruz de Tenerife, en cuyo introito se glosa la poesía, con notables modificaciones, que aquí ofrezco como novedad al lector interesado en la obra de una de nuestras figuras señeras en el difícil arte de domeñar la palabra y moldearla poeticamente, Francisco Jordán Franchy.
Esta versión que poseo, autógrafa, por lo que considero que se trata de la original, me la cedió gentilmente su sobrina Emilia Jordán Martinón, con cuya amable aquiescencia cuento para su publicación en este diario EL DÍA de Tenerife.
Se trata de un sentido poema de este vocacional “poeta del mar”, que aparte de su valor intrínseco como producto del intelecto humano, tiene otro añadido particularmente entrañable y emotivo para mí, pues al estar dedicado a la islita de Alegranza, en la que tanto él como yo pasamos felices e inolvidables años de nuestra infancia, sus versos despiertan en mi mente gratas experiencias vitales de indeleble memoria.
Él estuvo con su familia –su padre era Torrero de Faros– entre 1894 y 1900; yo con la mía, ya que mi padre tuvo igual profesión, entre 1937 y 1944.
No tuve el gusto de conocer personalmente al poeta –del que el escritor Rafael Arozarena, que sí lo conoció, me ha contado rasgos de su carácter algo exaltado y vehemente–, pero sí a su hermano, don Manuel, un caballero de pies a cabeza, quien conocedor de mi vinculación con la isla de sus sueños por mi destino en aquel faro como Técnico de Señales Marítimas, me abordó más de una vez para inquirir noticias sobre el mismo y sus alrededores, que él tanto recorriera cuando niño. Así descargaba un poco la emotividad que la añoranza le producía por el recuerdo de las experiencias que allí había vivido durante los inconscientes años de la infancia. Recuerdo en especial, por lo que ello suponía en intimación de trato por su parte dada la diferencia de edad existente entre los dos, su confesión de los exultantes juegos con sus hermanos en la Caleta de la Seba, a dos pasos del faro, de cómo saltaban desde las peñas circundantes sobre el enorme colchón de algas que allí acumulaba el mar y se revolcaban alocadamente en ellas, supremo alborozo infantil que yo, por haberlo a mi vez vivido, le entendía perfectamente.
Vayamos con la poesía:

Alegranza
Tosco peñón secular
que sobre el azul Atlántico
tiene el aspecto romántico
de los colores del mar.
¡Cuántas veces al pasar
sobre tus aguas bravías
soñé con las alquerías
de tus ásperas vaguadas
y tus rocas escarpadas
intensamente sombrías!

Como un atleta esforzado
tu faro rasga la bruma
y el ave de extraña pluma
que llega a ti deslumbrado,
inocente y confiado
a todo peligro ajeno–
cruza el espacio insereno
y al chocar contra la torre
por todo el ambiente corre
la resonancia del trueno.

La procelaria en tus grutas
labora sus toscos nidos.
Los zagales atrevidos,
en la costa abren sus rutas
y entre risueñas disputas
trepan la roca en que anida;
mientras la lona raída
despliegan, allá a lo lejos,
las barcas donde los viejos
van a buscarse la vida...

La ballena confiada
recorre el confín azul
y rasgando el regio tul
del mar se aleja, pasando,
poniendo su columnada
de cristal en el remoto
confín donde el piloto
ballenero ha de clavar
su arpón, que la hace expirar
en sanguinario alboroto.

O allá, en la dorada arena
cubierta de caracoles,
entre vivos tornasoles
y entre cantos de sirenas
cuando la zizigia llena
de espuma los tarajales
ver turbando los cristales
de las múltiples marismas
orgullosas de sí mismas–
las bellas garzas reales...

O bien por la crestería
de las vaguadas oír
el plañidero gemir
de alguna temprana cría
de chivos bajo la impía
garra de un buitre feroz
mientras defiende al precoz
vástago la madre airada
que, al fin, maltrecha, burlada,
emprende fuga veloz.

En este ambiente sereno
se deslizaba mi infancia,
cuando el Hado en su inconstancia
me dijo con voz de trueno:
Un mundo de glorias lleno
encierra el mar para ti...”
¡Y después tan lejos fui
que hoy, a conciencia, no sé
si es que al perderte gané
o si ganando perdí.

De esta inspirada composición poética, que tan de cerca me toca emocionalmente por la identidad de sensaciones que en ella se dan entre las experimentadas por el poeta y mi persona, voy a hacer a continuación un comentario de lo que dice en algunos de sus párrafos.
Menciona el poeta, en la estrofa segunda, al “ave de extraña pluma” que se estrellaba contra la torre. ¡Vaya si las había! La visión de aves raras de colorida librea era precisamente uno de los espectáculos más gratificantes de que el buen amante de la naturaleza podía gozar en la islita. ¡Cuántos de estos volátiles de esplendoroso plumaje y rara belleza pasaban por ella durante sus viajes migratorios, pequeños pajarillos sobre todo de alegre colorido y vivaces movimientos! Pero también se veían de mayor tamaño, como las populares pardelas, amén de otras muchas aves marinas, algunas de las cuales elegían la isla como lugar de reproducción.
Cuando nosotros, mis padres y hermanos, llegamos a Alegranza en 1937 ya se había cambiado el sistema de alumbrado del faro consistente en haces de luz giratorios, por otro más moderno de destellos cortos espaciados, y con ello había desaparecido el riesgo de deslumbramiento de que eran víctimas aquellos audaces viajeros alados. Pero con el sistema anterior, en que no existían intervalos de oscuridad total, no era raro, efectivamente, oír los golpes que “con la resonancia del trueno” se producían cuando impactaban las aves contra los gruesos cristales del fanal del faro, muchas de las cuales quedaban malheridas e incluso muertas.
Habla a continuación el autor de los nidos que las procelarias instalaban en las grutas, que eran visitados por la chiquillería alborozada al tiempo que a lo lejos se dibujaban las siluetas de los gráciles ‘barquillos’ gracioseros hendiendo airosos las olas con su velamen desplegado.
En Alegranza las pardelas anidan por todos sitios. Además de en grutas, en que instalan sus criaderos comunales, lo hacen en pequeñas covachas individuales, en las oquedades que quedan entre los pedruscos amontonados y hasta debajo de algunos arbustos tupidos o, cuando no, a falta de otro sitio mejor, excavan ellas mismas los llamados ‘tefíos’ en la tierra a modo de madrigueras. ¡Qué algarabía armaban de noche entonando sus plañideros graznidos, todas gritando al unísono!
Lo que dice de las ballenas no es exageración. Todavía en la época en que yo estuve de niño no era raro divisar a lo lejos grandes cetáceos lanzando al aire sus “columnadas de cristal” al expeler por sus espiráculos el aire que respiraban, y es de suponer que en los años que el poeta pasó en la isla tales espectáculos serían más abundantes.
Garzas reales, y muchas otras especies de aves ribereñas, se veían también con suma frecuencia “turbando los cristales” de las pozas del litoral en busca de presas. Me pregunto si él tuvo la suerte de presenciar algún ejemplar del célebre ostrero negro de Canarias, sueño dorado de cualquier ornitólogo, especie desgraciadamente ya extinta cuando yo llegué a la islita.
En la imagen del cabritillo víctima de “la impía garra de un buitre feroz” incurre el poeta, sin embargo, en manifiesta hipérbole por extrapolación de autoría en el ave protagonista de los hechos que narra. Pero en poesía no se hila muy delgado en conocimientos naturalísticos o científicos en general; estos enfoques subjetivos están perfectamente permitidos como licencias poéticas. Digo esto porque en Canarias no existen buitres que ataquen a los ‘baifillos’. La única rapaz de nuestras islas encasillada en esta categoría de aves carroñeras, el ‘guirre’ como lo llamamos aquí o alimoche en la Península, es incapaz de tales desmanes. De llevar a cabo tan crueles fechorías se encargan los cuervos, aves extremadamente inteligentes que se las arreglan a la perfección actuando en parejas para lograr sus aviesos propósitos. Yo me vi más de una vez en el penoso trance de presenciar el macabro espectáculo de algunas de estas vulnerables crías faltas de lengua y ojos, a veces aún vivas, por habérselos arrancado estas sañudas depredadoras que, para la debida constancia taxonómica, hay que decir que pertenecen al orden de los pájaros y no al de los buitres.
Así, en estas sentidas imágenes poéticas, plasmó el autor los recuerdos que atesorara durante su niñez en Alegranza, remembranzas que le quedarían perennemente grabadas en la memoria y cuya carga de honda nostalgia lo habría de arrastrar en su edad madura a plantearse filosofantes cogitaciones sobre dónde se encuentra la felicidad: ¿En el vertiginoso tráfago del mundo urbano y las azarosas andanzas de puerto en puerto? ¿En la tranquilidad y sosiego que da la vida retirada del mundanal ruido en un apartado rincón inmerso en plena naturaleza? He aquí la dilemática pregunta que se hace el ‘poeta del mar’ Francisco Jordán Franchy saciada su sed vital de aventuras náuticas...
 

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