viernes, 15 de abril de 2011

EL FESTÍN DE LA MUERTE



Por Agustín Pallarés Padilla
(LANCELOT, 19-X-1985)


Por mi larga vida en faros como profesional de los mismos, auténticas atalayas de la naturaleza, me ha sido dable contemplar con cierta frecuencia variados y curiosos espectáculos protagonizados por animales tanto terrestres como marinos. Sin embargo, pese al interés de muchos de ellos, nada de lo visto hasta entonces tiene punto de comparación con la dramática crudeza de la escena de la que fui testigo hace unos días en pleno océano con ocasión de un viaje oficial de revisión girado al faro de Alegranza.
Veníamos en la falúa ‘La Libertad’, contratada oficialmente por el Estado para tal cometido, de regreso al puertito de Órzola, desde donde se emprendían los viajes, con un mar tranquilo, apenas alterado por una ligera brisa que soplaba del nordeste, sin que nada hubiera roto hasta entonces la monotonía del viaje. Sólo ocasionalmente ponía una nota de color la repentina aparición en escena de algún que otro pez volador surgiendo de improviso de las aguas que tras describir su raudo y nervioso vuelo a ras de las olas se sumergía de nuevo un centenar de metros más lejos, sin contar la sempiterna presencia de las gaviotas que sobrevolando la embarcación oteaban incesantemente las aguas en busca de algo que comer.
Pero al llegar a la altura de La Punta de la Sonda, en la costa oriental de La Graciosa, y como a un par de millas mar adentro, algo anormal en la superficie de las aguas, a unos trescientos metros de distancia de nosotros, atrajo mi atención: un conjunto de protuberancias oscuras que sobresalían de las olas, que enseguida identificamos con aletas dorsales de grandes peces o de cetáceos.
Miguel Hernández, el patrón, llevado de su euforia de pescador profesional, pretendía que se trataba de atunes, y sin pensárselo dos veces puso proa hacia el lugar a toda marcha. Yo me inclinaba por que fueran ‘toninas’ o delfines, opinión que Vidal Martín, joven experto en cetáceos, que nos acompañaba, puso inmediatamente en duda. La incertidumbre, sin embargo, duró poco; apenas un par de minutos más tarde nos encontrábamos al lado mismo de aquella maraña de puntiagudas aletas que había atraído nuestra atención. Resultaron ser tiburones, de la especie llamada por aquí ‘marrajo’, seguramente la Prionace glauca de los ictiólogos. Alcanzaban una longitud de unos tres metros como promedio, según me pareció, y no se intimidaron lo más mínimo por nuestra presencia. Se movían incesantemente en forma un tanto embarullada en torno a algo de considerable volumen que se hallaba en medio de ellos a una cierta profundidad, y me pareció contar por lo menos unos cuatro o cinco ejemplares. Más abajo se alcanzaba a ver una gran cantidad de peces bastante grandes, de poco menos de un metro de largo, que aparecían y desaparecían a enorme velocidad, como fugaces torpedos de un color azul bruñido. Miguel los reconoció inmediatamente como ‘rayados’, una especie de túnido.
Aquella cosa oscura ascendía poco a poco. Estábamos todos tensos por la emoción. “¡Es sangre!”, gritó Vidal presa de gran ansiedad. Pero no tuvimos que esperar mucho par saber a qué atenernos. Unos instantes después aquella enigmática cosa afloraba a la superficie de las aguas. Se trataba en realidad de una gran masa compacta de pececillos, bogas según pudimos comprobar, medio aturdidas e incapaces de reaccionar, que surgían como si fueran impulsadas desde abajo por una corriente ascendente. Los tiburones se movían lentamente en torno a aquella especie de sopa de ‘majuga’ a la que parecían literalmente beber, mientras los ‘rayados’ atacaban sin cesar por los flancos procurando mantener el cardumen de pobres alevines lo más apiñado posible para poder devorarlos con mayor eficacia.
A todo esto, las pardelas, ausentes hasta entonces del festín, comenzaron a llegar a toda prisa en número cada vez mayor y perdiendo la compostura de gráciles aves pelágicas de que normalmente hacen gala en sus aéreas evoluciones, se dejaban caer materialmente sobre los tiburones sin mostrar el más mínimo temor de ser devoradas por los insaciables depredadores, disputándose entre graznidos y aletazos la presa, cogiendo avidamente con sus largos y ganchudos picos pececillo tras pececillo para tragarlos glotonamente acto seguido.
Así permanecimos un buen rato contemplando tan extraordinario espectáculo, de terrible y brutal belleza, que ejerce la natural fascinación en quien lo presencia. Es la eterna ley de la vida sobre la cual, paradojicamente, ha basado la Creación la supervivencia y evolución de las especies, la misma que ha permitido que nosotros, los seres humanos, señoreemos ahora el mundo: el devorarnos los unos a los otros...
Finalmente, habiendo decaído en interés aquel festín de la muerte, satisfecho el apetito de los comensales, optamos por continuar viaje hacia nuestro destino.
 

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