domingo, 13 de marzo de 2011

LA LEYENDA DE LOS DESLENGUADOS Y EL 'CÓDICE MÚTILO' DE LA CATEDRAL DE LAS PALMAS

 

[Publicado en el diario LA PROVINCIA de Las Palmas entre los días 10 y 11 de enero de 1992]
En el año 1975 publicaron al que esto escribe, en este mismo diario LA PROVINCIA, un extenso y documentado trabajo sobre prehistoria canaria repartido entre el último día de marzo y los cinco primeros del siguiente mes de abril, titulado Cómo y cuándo se poblaron las Islas Canarias.
Dicho artículo, en el que conforme al enunciado del título desarrollaba una elaborada teoría sobre el primigenio poblamiento de nuestro archipiélago, levantó entonces un cierto revuelo entre los estudiosos e interesados en estos temas por lo heterodoxo de sus conclusiones, hasta el punto de haber provocado la reacción de un vehemente detractor de la tesis que en él desarrollaba y que fue motivo de que nos intercambiáramos varios escritos de réplica y contrarréplica en el mismo diario.
Desde entonces han transcurrido dieciséis largos años. Espero, y lo digo sin el menor asomo de ironía, que mi empecinado contradictor haya tenido tiempo de convencerse del origen bereber virtualmente exclusivo de los primitivos canarios, postulado que tanto pareció soliviantarlo cuando entonces lo expuse considerándolo como un principio axiomático de la prehistoria canaria. Habrá asimismo observado cómo a medida que los conocimientos sobre nuestro remoto pasado progresan se va cerrando el cerco de la cronología del poblamiento en torno al comienzo de la era por mí propugnada y se admite ya que no necesariamente tuvieron que producirse varias oleadas inmigratorias sino que con una sola pueden explicarse adecuadamente las diferencias culturales observadas entre los aborígenes canarios de las distintas islas. Sólo falta, pues, que los expertos en la materia caigan en la cuenta de que, indefectiblemente, el anautismo de los primitivos isleños no admite otra explicación lógica y racional que la proporcionada por la desdeñada ‘leyenda de los deslenguados’, cuyo principal abanderado fue el fraile franciscano andaluz Juan de Abreu Galindo, para que el rompecabezas de la prehistoria canaria quede ensamblado en sus piezas maestras de acuerdo a lo que en mi escrito formulaba, sobre este particular del poblamiento.
Al año siguiente de 1976, con el texto totalmente reelaborado, pero valiéndome prácticamente de los mismos argumentos y razones, reproduje la teoría en el número VII de la revista austriaca ‘Almogarén’, dedicada, como es sabido, a temas prehistóricos, especialmente del archipiélago canario y norte de África, reproducción que me presté a publicar por amable proposición de un ilustre conocido bien impuesto en estas cuestiones relacionado con el personal de la citada revista.
Nadie con anterioridad había planteado públicamente el complejo problema del poblamiento de nuestras islas a nivel científico moderno dándole este enfoque, pues si bien es cierto que hubo otro autor que se ocupó de él no hace muchos años, en parecidos términos, eso fue en 1980. Me estoy refiriendo al escritor británico Jhon Mercer, quien lo expuso en una obra que tituló ‘The Canary Islanders’.
Como clara e inequívoca contestación a estos escritos míos veía la luz en el ‘Anuario de Estudios Atlánticos’ nº 23, correspondiente al año 1977, un extenso artículo titulado ‘Leyenda erudita sobre la población de Canarias con africanos de lenguas cortadas’, suscrito por el eminente profesor y gran guanchinólogo, especialista en temas lingüísticos, don Juan Álvarez Delgado, en el que, al tiempo que invalidaba paladinamente mi tesis poblatoria (si bien cuidándose de no mencionar para nada mi nombre, me imagino que por aquello de guardar las distancias), prometía hacer pública en un próximo futuro otra tesis que, por lo que adelantaba era prácticamente idéntica a la mía ya que unicamente difería en la época en que los norteafricanos fueron traídos a las islas, quedando retrasada en algo más de un siglo, y en algún que otro detalle accesorio, como por ejemplo el corte de las lenguas, que él negaba.
Debo admitir a fuer de sincero que pese a esta sistemática descalificación de mi tesis, el señor Álvarez Delgado, paradójicamente, me hizo un señalado favor con su escrito, pues dado el impacto que su docta competencia en estas lides ejerce en la opinión canarióloga erudita, incluso aunque sus aseveraciones se reduzcan como en este caso a meras promesas, en adelante muchos ya no consideraron tan descabellado el que los primitivos pobladores pudieran haber sido traídos a las islas en embarcaciones tripuladas por otras gentes y en fechas tan recientes como cuando yo lo decía…
En dicho artículo, el profesor Álvarez Delgado, en un alarde de malabarística erudición y apoyándose en copiosos datos, concentraba todos sus esfuerzos en intentar demostrar que lo que el padre Abreu Galindo cuenta sobre los desterrados sin lengua, que había transcrito del ‘Códice mútilo’ de la catedral de Las Palmas, era pura y simplemente una ficción literaria forjada por un tal Pedro de Argüello a finales del siglo XV sobre ciertas consejas que entonces circulaban en boca de “navegantes y conquistadores de las Canarias”. Y en su empeño de no salirse de esa fecha de las postrimerías del siglo XV, que él pretende garantizar como momento de la creación de la presunta ‘leyenda’ por Pedro de Argüello, saltándose expeditivamente las barreras de la más elemental lógica, llega incluso a negar todo vínculo con la indubitable referencia que a la misma hace el ‘Canarien’ cuando comenta el particular modo en que hablaban los gomeros con los bezos o labios salientes como consecuencia, según explicación de la propia crónica, de haberles sido cortadas las lenguas al ser desterrados allí por un ‘gran príncipe’.
Para justificar esa supuesta desconexión entre la cita del manuscrito betancuriano sobre el habla de La Gomera y la ‘leyenda de los deslenguados’, el señor Álvarez Delgado alega el argumento de que el extraño lenguaje de aquellos isleños no era otro que el famoso silbo hablado que aún se practica en la isla. Pues bien, me temo que tampoco aquí tenga razón. Dejando aparte por superfluo el insistir más sobre lo manifiesto de ese vínculo, creo que el ilustre profesor yerra cuando afirma que el silbo gomero se emite con los labios en posición saliente. Por el contrario, ya sea auxiliándose con los dedos o sin ellos, para emitir un silbo intenso en general hay que contraer los labios fuertemente. Por lo tanto, de dar crédito a lo que dice ‘El Canarien’ sobre el particular, habrá que convenir en que ese modo especial de hablar de La Gomera, que tanto llamó la atención del cronista francés, de ningún modo puede identificarse con el lenguaje silbado. Con toda seguridad ‘El Canarien’ alude aquí a un habla convencional en lo que a la pronunciación con los órganos bucales respecta, pero que por lo visto ofrecía la peculiaridad de emplear los labios en posición acusadamente protuberante como característica más llamativa. Quizás la explicación a tan curioso fenómeno articulatorio habría que buscarla en el empleo relativamente abundante que se hacía en La Gomera del más intenso de los fonemas bilabiales que existen, el representado por la letra -p-, como es fácil observar consultando el léxico de voces de origen prehispánico de esta isla llegado hasta nuestros días.
Ahora bien, aparte de que la mayoría de las argumentaciones y razonamientos que el autor desarrolla en el escrito en cuestión están, por así decirlo, cogidos con alfileres y por su frágil consistencia son en buena parte facilmente impugnables, como efectiva objeción para rebatir su tesis en sentido global, bastaría con preguntarse cómo y con que ocultos designios pudo el cronista Pedro de Arguello inventarse un episodio pretendidamente histórico con tal lujo de detalles y aparente coherencia como el que narra Abreu Galindo y, sobre todo, ya en el clímax de la estupefacción, mediante qué portentosos poderes de precognición fue capaz de crearlo de forma tal que coincidiera en sus rasgos fundamentales con los más firmes puntales que sostienen el complejo entramado de la prehistoria canaria, a saber: que los pobladores prehispánicos del archipiélago fueran de origen bereber; que sus progenitores pasaran a las islas en fecha próxima al cambio de era, y que desconocieran el arte de navegar dada su naturaleza intracontinental, principios prehistoriográficos canarios que cada vez se van imponiendo con mayor evidencia.
En fin, creo que con los elementos de juicio obtenibles de lo expuesto hasta aquí es suficiente para que el lector perspicaz, medianamente impuesto en el tema en controversia, reconozca sin mayor dificultad lo procedente de las apreciaciones vertidas en este escrito sobre la inconsistencia de la tesis defendida por mi ilustre opositor.
A los que, a pesar de todo, no logren ver tan clara la cuestión voy a sacarlos definitivamente de dudas a continuación. Veamos. Se recordará que toda la fuerza argumentativa del profesor giraba en torno a la premisa de que el enigmático ‘Códice mútilo’ del que Abreu Galindo tomó la noticia de los africanos sin lengua traídos a nuestras islas no podía ser otro que la crónica de Pedro de Argüello compuesta poco antes de finiquitar la centuria decimoquinta, lamentablemente perdida para la posteridad por lo que se teme. Pues bien, sobre este escrito dice el padre Abreu Galindo en primera instancia, al tratar el episodio de los deslenguados: “En la librería que la catedral de Santa Ana de esta ciudad de Las Palmas tenía estaba un libro grande, sin principio ni fin, muy estragado…”, y más adelante, al hablar de la isla de San Borondón, pareciendo referirse a la misma obra –hipótesis que el propio Álvarez Delgado comparte–: “Otros la llamaron San Borondón, el cual nombre está corrompido; y según un libro escrito de mano en latin que solía estar en el archivo de la catedral de Santa Ana, que por mala custodia desapareció, se llama San Brandano; porque decía que en tiempo antiguo San Brandano estuvo en ella.
Y he aquí ahora la reveladora noticia que trae el historiador grancanario del siglo XVII Tomás Arias Marín de Cubas: “Que el capitán Pedro de Vera, cuando acabó la conquista de Canaria, tubo cierto libro que le dieron los Guadarthemes de Gáldar, que fue de los mallorquines (se refiere, por supuesto, a los célebres mallorquines que convivieron con los canarios en régimen de semicautividad durante algunos años, llegados a la isla hacia 1384 según se cree), escripto en latín, de a folio, falto de hojas al principio y fin, que tractaba cómo en esta isla predicaron la fe algunos santos, como Blandano, Maclovio y Avito; el cual libro había dado a la catedral”.
Para mayor sarcasmo debo precisar que este luminoso pasaje figura en el menospreciado libro tercero de la versión de 1694 de su conocida obra Historia de las siete islas de Canaria, el cual no fue incluido en la edición de la misma hecha en 1986 por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas por considerarlo sus editores “carente en absoluto de interés en lo que a la historia de Canarias se refiere”.
Como se ve, pues, el controvertido ‘Códice mútilo’ de la catedral de Las Palmas ya existía desde por lo menos un siglo largo antes de la fecha estipulada por el profesor Álvarez Delgado para su supuesta composición por el cronista Pedro de Argüello, y eso es de una obviedad tal que nadie dotado de un sentido crítico medianamente objetivo podrá negarlo, con lo que todo el edificio argumentativo de su elaborada tesis se derrumba como un castillo de naipes. A menos, claro está, que Tomás Arias Marín de Cubas fuera un redomado mentiroso y que nos encontremos ante una ‘leyenda’ más.

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