martes, 5 de abril de 2011

ERRORES TOPONÍMICOS EN LA CARTOGRAFÍA DE LANZAROTE

   
Por Agustín Pallarés Padilla.
(Charla que di en la Casa del Miedo, sociedad de recreo y cultural de Arrecife, el 24-IV-2003.)

En la toponimia cartográfica de Lanzarote hay que distinguir dos etapas bien diferenciadas con respecto a la confección de los mapas, la antigua y la moderna. La fecha de separación entre una y otra puede fijarse en los años cuarenta del siglo pasado, la primera con un contenido relativamente escaso en topónimos, la mayoría de ellos además simplemente tomados de mapas anteriores sin la debida comprobación de la autenticidad de los mismos y de su situación, y la moderna, en que no sólo se han mejorado sensiblemente los métodos de confección de los mapas sino que se le ha añadido una considerable cantidad de nuevos nombres de lugar o topónimos recogidos sobre el terreno.
Sin embargo, pese a haber sido recogidos in situ por personal oficial dedicado a la realización de esa tarea, no siempre, por desgracia, quedan plasmados graficamente en los mapas con la debida fidelidad, resultando en consecuencia esos engendros o errores toponímicos a los que se hace alusión en el título de la charla y que van a constituir el núcleo central de la misma.
Esos errores pueden ser de escritura, de emplazamiento y de interpretación. Los de escritura son los más abundantes y consisten en escribir los nombres alterados y no como son en realidad. Entre ellos incluyo además los de privación de artículo, que son por cierto muy comunes. Los de emplazamiento consisten en colocar el topónimo desplazado del lugar que realmente ocupa. Y los de interpretación son aquellos errores resultado de emplear mal el topónimo o parte de él al usar en el mismo un término que no le corresponde en realidad, como son los casos de La Rada de Penedo y de La Montaña de Timanfaya.
La producción de estos errores toponímicos obedece a diferentes causas. Entre ellas podrían contarse como más relevantes las siguientes:
Por defecto del recopilador. Un deficiente conocimiento por parte de los recopiladores en el trabajo de campo, al tratarse generalmente de personas foráneas, no impuestas por tanto en los términos topográficos propios de nuestra habla popular, puede dar lugar a fáciles confusiones.
Por defecto del informante. En algunos casos el no haberse escogido como informantes a las personas más idóneas por su edad y por el conocimiento que puedan tener de los nombres de la comarca correspondiente.
Por premura de tiempo. Otra razón que ha influido en la comisión de estos errores ha sido la escasez del tiempo disponible para desarrollar la tarea de recopilación de los topónimos sobre el terreno con la debida eficiencia.
Por errores de escritura al cogerlos y pasarlos en limpio. Otra causa sería la facilidad de cometer errores tanto al tomar las notas de campo, que en ese entonces se hacía a mano con lápiz o pluma, como al pasar los nombres luego en limpio en la labor de gabinete.
Que ello fue así, que fueron estas las causas que produjeron estos errores, como ya sospechaba con anterioridad, son pruebas incontrovertibles las manifestaciones en este sentido que me hicieron algunos de los oficiales que intervinieron o siguieron de cerca la confección de los mapas de los años cuarenta que inauguraron la etapa modernista referida.
En lo que a Lanzarote concierne el porcentaje de errores toponímicos de los mapas es muy elevado. No lo he cuantificado nunca numericamente, pero creo no exagerar si digo que puede elevarse por lo menos a un veinte o quizás un treinta por ciento del total, y ello sin contar los errores de ubicación, también muy numerosos y, a mi juicio, de no menor importancia, aunque en esta ocasión no me voy a ocupar de ellos.
Es lógico y comprensible, no obstante, que los profesionales y escritores en general, desconocedores de esta situación de caos cartográfico, hagan uso de los nombres que figuran en los mapas, no sólo por tal causa, sino por considerar, como es natural, a los mapas como la fuente de información procedente para tal fin.
Veamos algunos de los casos más destacados de tales irregularidades.

La Peña de Juan Estévez. Un ejemplo paradigmático de lo que digo es el de La Peña de Guantevén, situada al N del pueblo de Los Valles, a cosa de 1 Km al E de la ermita de Las Nieves. La carretera que da acceso a dicha ermita partiendo de la general que va de Los Valles hacia Haría pasa muy cerca de esta peña por su lado N.
Se trata de un conglomerado rocoso de planta redondeada bastante grande, pues mide unos 200 m de diámetro, más escarpado por el frente que mira al N, por cuyo lado alcanza unos cuantos metros de altura sobre el suelo, con el piso superior cubierto de fincas enarenadas.
Debe tratarse, habida cuenta de su forma redondeada, de lo que los geólogos llaman un pitón, es decir, el tapón de lava basáltica petrificada de una boca de emisión que queda al descubierto por la erosión diferencial, boca que se abrió hace millones de años cuando se formó el macizo norteño de Famara; o quizás de un dique, como Las Peñas del Chache, que viene a ser casi la misma cosa que un pitón, con la diferencia de que la boca de salida de la lava fue una grieta en lugar de una chimenea volcánica o salida puntual.
Pues bien, en el mapa militar de 1950, que es el que he tomado de referencia para estos datos –que puede ser considerado el prototipo del que derivan todos los demás– escala 1:50.000, le dan a este roquedal el nombre de Peña de Juan Estévez. Cuando intenté reconocerla, allá por los años 70, me volví loco, por decirlo de una forma coloquial, intentando encontrar alguien del vecino pueblo de Los Valles, en cuyas cercanías se encuentra, que me diera razón de aquel nombre aplicado a la peña en cuestión. Pero todo el mundo, invariablemente, me contestaba que la peña que yo les indicaba se llamaba La Peña Guantevén y que el nombre de Juan Estévez aplicado a la misma no lo habían oído nunca.
Llegado a este punto terminé por caer en la cuenta de que el tal nombre cartográfico no podía ser otra cosa que el producto de una lamentable confusión cometida por los que en su momento lo habían recogido para incorporarlo al mapa, cosa que no era difícil de admitir habida cuenta del innegable parecido de fondo que existe entre ambas denominaciones. Yo me imagino que el encargado de pasar en limpio las notas de campo escritas a mano, con toda probabilidad en letra cursiva no claramente legible, desconocedor de tan extraño nombre que nada le decía, lo traduciría instintivamente por ese otro de Juan Estévez que le parecería más comprensible.
Dicho nombre artificioso le fue substituido a instancias mías por el suyo verdadero de La Peña de Guantevén en la siguiente edición del mapa en 1986, si bien no de forma integral, pues lo dejaron falto del artículo inicial que siempre ha llevado.
De modo que Guantevén, un nombre de sonoridad guanche inequívoca, muy eufónico por cierto, lo transformaron nada menos que en Juan Estévez, cambio que, de no suponer un grave menoscabo de la integridad nominal de tan antiquísimo topónimo daría motivo cuando menos para esbozar una sonrisa por lo chusco de la transformación sufrida.

La Peña de la Pequeña por La Peña de la Pequena es otro caso digno de comentario en este sentido. Se trata de una eminencia peñascosa de parecida naturaleza a la de Guantevén situada también en la zona N de la isla que se yergue en la parte terminal del elevado lomo que se forma entre El Valle de Temisa al N y el del Palomo al S.
En el mapa el nombre que se le da a esta peña es ese de La Peña de la Pequeña, si bien privándolo del artículo inicial y, por si fuera poco, desplazado el nombre de su lugar correspondiente más de medio kilómetro hacia el OSO, aplicándolo a otra peña cuyo nombre es en realidad La Peña de la Gallina.
Intuyo que el error debió producirse de la siguiente manera: Recogido este nombre de La Pequena de boca de algún informante local, luego al ser pasado en limpio, quizás por otro miembro del equipo de oficiales que llevó a cabo el trabajo, sería escrito mecanicamente Pequeña ante el convencimiento de que habría habido un error de escritura de -n- por -ñ-. Pero, por supuesto, no es así; su nombre auténtico es este de La Peña de la Pequena. La razón de este curioso nombre debe residir, sin duda, en su origen portugués, en cuyo idioma 'pequeña' se dice 'pequena'. No hay que olvidar los numerosos casos de portuguesismos que se encuentran incrustados en nuestra habla popular, no solamente de nombres sino de otros muchos términos lingüísticos.

Hacha Grande y Hacha chica por Ajache Grande y Ajache Chico. El primero de estos nombres figura escrito así, Hacha Grande, pero el segundo no se grafía exactamente en esa forma reducida de Hacha Chica sino en la forma Los Morros de Hacha Chica, con la agravante de que sólo se aplica este último nombre a la parte S de la montaña, añadido ese de 'Los Morros', que no responde a la realidad, ya que es desconocido por los lugareños de esta zona de la isla, mientras que al cuerpo principal de la montaña, para enrevesar aún más la cuestión, lo titulan Montaña de la Breña Estesa, que también es un momunental error, pues ni ese nombre corresponde a la montaña sino a la llanura en declive que se forma al pie de la misma por su lado O, el que cae hacia Rubicón, ni es 'Estesa' sino Esteva cómo lo dice la gente, no sabría decir si con -v- o con -b-, pues para ello habría que conocer el origen del nombre, aunque me inclino por pensar que se trate del patronímico Esteban. Si se trata de este nombre de varón, con pérdida de la -n- final como suele oírse en la isla vulgarmente, irá con -b-, y habrá que traducirlo por 'La Breña de Esteban'. Una 'breña', según se define en los diccionarios, es una 'tierra abrupta llena de maleza', que, por cierto, no es el caso en este lugar, pues como he dicho se trata más bien de un lugar allanado algo en pendiente, ni crece tampoco en él la maleza en forma abundante ni mucho menos, si bien lo que se entiende en Lanzarote vulgarmente por 'maleza' no es tanto la abundancia de matorrales sino la índole improductiva del terreno.
Que los nombres auténticos deben ser los antedichos de Ajache Grande y Ajache Chico se demuestra con los razonamientos siguientes: porque esos son los que les dan las personas de edad vecinas de las localidades de las inmediaciones; porque así se les llama en algunas obras antiguas, como, por ejemplo, en un curioso documento de compraventa de propiedades rústicas llevadas a cabo en el siglo XVII, y porque lo lógico es que siendo el plural de la sierra en que se hallan comprendidos Los Ajaches, masculino, tengan que ser también del mismo género sus componentes en singular.
Estos dos nombres escritos en las formas erradas Hacha Grande y Los Morros de Hacha chica se vienen arrastrando, por lo que he alcanzado a averiguar, desde por lo menos las últimas décadas del siglo XIX. El más antiguo documento llegado a mi conocimiento en que figura el primero de esos nombres alterado en esa forma es el mapa de G. Chil y Naranjo, que lo escribe M. de la Hacha Gde. Con respecto al segundo, el cambio es más reciente, y es el ya citado de Los Morros de Hacha Chica del mapa militar de esos años ochenta.
Con respecto a este último topónimo, otra prueba de que su nombre popular es el de Ajache Chico es que así se escribe en el inventario del patrimonio municipal de Femés cuando este municipio, que había sido segregado del de Yaiza unos años antes, vuelve a reintegrarse a éste ultimo en 1952, y también figura con este nombre en un curioso documento de compraventa de propiedades rurales del siglo XVI.

Montaña del Cuervo por La Caldera de los Cuervos. El nombre auténtico de este destacado volcán es este de La Caldera de los Cuervos a causa, claro está, de la costumbre de estas aves de anidar en sus paredes interiores arriscadas, aunque también es conocido por algunos como La Caldera de las Lapas, en este caso por unas concreciones de lapilli endurecido cuya forma hacía recordar la de estos moluscos, que tenía en su ladera exterior de poniente, siendo el primero el más antiguo con mucho según me manifestaron varias de las personas de edad más avanzada de las que consulté por los años 70 pasados, tal como tuvo ocasión de recoger también a comienzos de ese siglo el geólogo español E. Hernández-Pacheco, que lo registra en esa forma de La Caldera de los Cuervos.
En los mapas lo denominan erróneamente Montaña de las Lapas o del Cuervo.
En los últimos años el nombre de este volcán ha sido objeto de alteraciones caprichosas al haberse aireado mucho sin el debido conocimiento del mismo por la prensa a causa de la polémica provocada por su uso para la celebración de los conciertos de música que han dado en llamar visual y ser motivo de comentarios por motivos de una discutida propiedad particular del mismo.
Este volcán constituye un hito destacadísimo en la historia general de Lanzarote, pues fue con el con el que se iniciaron las tremendas erupciones del siglo XVIII el día 1º de septiembre de 1730 que destruyó pocos días después la aldea de Chimanfaya en primer lugar, seguida luego de otros caseríos más.

La Montaña de Timanfaya por La Montaña del Fuego. De gran transcendencia por la importancia turística de este gran cono volcánico es este de La Montaña de Timanfaya.
El nombre Timanfaya es en realidad un producto alterado por partida doble del de Chimanfaya, pues por un lado ha sufrido el cambio de la letra inicial -ch- por la -t-, y por otro porque resulta que ese nombre no correspondía en origen a una montaña sino a una aldea, que fue, como acabo de decir en la entrada anterior al hablar de La Caldera de los Cuervos, la primera en ser destruida por dicho volcán.
Cómo se llegó a producir este cambio no se sabe con exactitud, pero existen elementos de juicio para pensar que el proceso seguido debió ser más o menos el siguiente: a ese nombre de Chimanfaya del caserío, en una transcripción que de él se hizo pasado unos meses después de su destrucción, debieron cambiárseles, como ya dejé apuntado, las letras iniciales citadas. El documento más antiguo llegado a mi conocimiento en que figura ya ese cambio es el de la relación de pueblos destruidos por los volcanes que trae las Constituciones Sinodales del obispo Dávila y Cárdenas, publicadas poco después, en 1737, relación, por cierto, que adolece de muchos y graves errores en la escritura de los nombres de los pueblos que en ellas se dan, entre los que figura este de Timanfaya.
El siguiente paso en el proceso de cambio tuvo que ser sin duda el de aplicarle el nombre ya alterado en esa forma Timanfaya a la montaña que siempre se conoció a nivel popular por La Montaña del Fuego, y esto se produciría por mala interpretación en algún mapa de la época, tomándose como nombre de la montaña lo que en realidad era un poblado y desplazándose la situación del nombre unos quilómetros hacia el O de su posición real, cosa nada extraña dada la imperfección de los mapas de aquella época.
Que esto es lo que debió ocurrir se infiere del hecho de que nunca, ni a nivel popular ni en documentos oficiales redactados en la isla, se ha llamado Timanfaya a la montaña en cuestión, sino siempre la Montaña del Fuego, cuando no en plural, Las Montañas del Fuego, si se hace referencia al conjunto de la mayor central y los conos más pequeños adventicios que la rodean.
Y que ese nombre Timanfaya no pudo nunca pertenecer a la montaña actualmente así llamada se deduce facilmente por el hecho de que la misma, al igual que las que se hayan en derredor suyo, se formó en ese siglo en que se produjeron las erupciones, por lo que es impensable que entonces se le fuera a imponer un nombre guanche después de transcurridos más de tres siglos de desaparecido el idioma de los 'majos'.
Es cierto que hay volcanólogos que sostienen que parte al menos de esta montaña, precisamente la de la cumbre, ya existía desde siglos antes de iniciarse estas erupciones, cosa que otros profesionales rechazan de plano, con los cuales, permítaseme decirlo, me alineo con pleno convencimiento, pues basta contemplar los materiales que presenta, tanto en esta parte más elevada como en el resto, para advertir que todos ellos son de creación reciente.
A este respecto vale la pena citar un escrito redactado por un vecino de Tinajo llamado José Cabrera Carreño testigo ocular de las erupciones de 1824, quien refiriéndose al segundo volcán que se abrió en ese año manifiesta: "El 29 de septiembre, acabadas de dar las doce, hizo segunda erupción en el volcán del siglo pasado, a las inmediaciones de unas montañas que llaman del Fuego, que fueron formadas por el volcán".
Existe además otra razón, muy difícil de rebatir: el segundo de los volcanes en reventar durante la gran erupción del siglo XVIII a la que estamos haciendo referencia, el llamado La Caldera de la Rilla, fue el responsable de la eyección de las densas nubes de lapilli de que habla el Manuscrito del cura de Yaiza y otros escritos de entonces, que cubrieron una extensa zona en torno suyo de al menos siete a ocho kilómetros de radio. En consecuencia, todos aquellos conos volcánicos que se hallen dentro de esa área que no estén cubiertos de lapilli negro, tuvieron que formarse, indefectiblemente, con posterioridad al mismo, y ese es, precisamente, el caso de La Montaña del Fuego, cuyo color es acusadamente rojizo.
Preciso es convenir, a fuer de realista, que tal nombre es imposible ya de rectificar por haber tomado carta de naturaleza.

Rada de Penedo por La Boca de Famara
De parecido modo debió producirse este otro error de Rada de Penedo, pues no se trata, en absoluto, de un nombre popular, sino de una creación de las que podrían calificarse de cultas, con toda probabilidad engendrada a través de mapas mal entendidos. Seguramente, pienso yo, de un mapa que señalaba el nombre de El Penedo muy desplazado o extendido hacia la derecha o E, ya que el lugar que lleva ese nombre se encuentra al O de esa gran bahía, de modo que se interpretaría que el mismo se refería a dicha rada o ensenada. Nadie ajeno al conocimiento de mapas llama a esta gran bahía del NO de la isla con ese nombre cartográfico. El que le dan los pescadores de La Caleta de Famara y demás localidades del N de la isla es La Boca de Famara, y con ese nombre precisamente figura en la curiosa obrita Compendio brebe y famosso de 1776. Téngase en cuenta además que el nombre geográfico de 'rada' no es, ni parece haberlo sido nunca, término usual entre la gente de mar de la isla. Además, el lugar costero de El Penedo cae fuera del ámbito espacial de esta ensenada, de manera que en rigor no tiene relación directa con la misma.
El Penedo, pronunciado por la gente de los pueblos cercanos en la forma laxa de El Peneo, es un peñasco aislado, de planta redondeada, de unos 10 a 12 m de diámetro, que a modo de península se forma en la costa al NE de Soo, y es voz de origen portugués que significa 'peñasco'.

Valle de Fena por El Valle de Fenauso.
El nombre Fena, tal como se escribe en el mapa militar, que se da al valle cuya entrada se abre justo en la trasera del pueblo de Yaiza y termina en la pequeña aldea de La Degollada, es una horrible mutilación de Fenauso, que es el nombre que le da la gente y que figura en obras y documentos antiguos de primera mano, tal como, por otra parte, lo recogió de viva voz el geólogo Hernández-Pacheco a principios del siglo pasado, un nombre de indiscutible origen guanche y de sonoridad no falta de un cierto exotismo particular.
Está claro que la única explicación plausible de la producción de esta anomalía en el nombre tuvo que haber sido por corte accidental del mismo, pero cómo y cuándo eso ocurrió no lo sé. Lo que sí puedo decir es que el mapa más antiguo en que lo he visto registrado es el militar del año 1951 de escala 1:50.000.

Casos de supresión o añadido del artículo inicial
Estos casos, aunque no tan graves, quizás, como los expuestos hasta ahora, no dejan de tener sin embargo su importancia, ya que dicho artículo es parte integrante del nombre, como se echa de ver claramente cuando el topónimo es de categoría superior o de los llamados topónimos mayores.
Para los que desconocen los lugares respectivos de categoría toponímica inferior, les da lo mismo que les digan, por ejemplo, La Montaña Mina que Montaña Mina, que es como se ha conocido desde hace unos siglos –pues antes se llamó de Emine–. Pero esta mutilación, que parece una minucia, resultaría inadmisible si el nombre se tratara, por ejemplo, del perteneciente a un centro urbano importante. A ningún lanzaroteño se le ocurriría jamás decir "Estamos en Villa de Teguise", o "Vamos a Villa de Teguise", saltándose el artículo que debe llevar antepuesto. Y no digamos si se tratara de ciudades populosas como 'Las Palmas', o La Laguna, etc. ¿Qué pensaría cualquier canario, o forastero impuesto en estos temas, si las oyera nombrar sólo Palmas o Laguna?
Pues casos de esta naturaleza se dan en nuestra isla, si bien, como es lógico, en localidades de nivel inferior por el número de vecinos. Tal ocurre con La Caleta de Famara (o de la Villa) y con La Caleta del Sebo en La Graciosa, nombres que figuran en el mapa carentes del artículo, que en el habla común de la isla nunca se deja de decir.
Otro tanto ocurre con añadirle el artículo si no lo lleva. No es lo mismo decir 'La Playa Blanca' refiriéndonos al importante enclave turístico del sur de la isla que 'Playa Blanca' a secas, como en realidad se llama. Para ejemplificar este último caso voy a exponer solamente el siguiente:

Berrugo. Se trata del lugar costero del sur de la isla situado a menos de 1 Km al E de Playa Blanca, donde se construyó hace pocos años el puerto deportivo Marina Rubicón. Esta de Berrugo, sin artículo antepuesto, es la forma correcta de su nombre, tal como lo dicen los lanzaroteños no influidos por la letra impresa, y no 'El Berrugo' con artículo como se ve en los mapas y en muchos escritos actuales o de época reciente, cuyos autores, conviene decirlo, son de origen foráneo la mayoría.
En fin, el número de errores toponímicos encasillables en una relación de casos como estos se haría muy extensa. Ya decía al principio que la cantidad de errores de esta índole en el mapa oficial de la isla de los años ochenta del siglo pasado era muy alta. Los que doy aquí, para conocimiento de los interesados en estas cuestiones, no son más que una pequeña selección de algunos de los más clamorosos.

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