domingo, 6 de marzo de 2011

LA VERDADERA PARTE DE ‘PARTE DE UNA HISTORIA’


 
Agustín Pallarés Padilla.
(LANCELOT, 16-III-1996).


Estoy en La Graciosa. No pasará una hora sin que arrumbemos en el ‘Chipirripi’ a Alegranza, la isla del faro. Van a llevar el suministro quincenal al torrero y me he apuntado al viaje.
Es un hombre serio –explica Jorge–, hombre que sabe mucho. El del otro turno es más quedado, más amistoso.
Ponen en marcha el motor del ‘Chipirripi’. Lenta y cadenciosamente nos separamos del muelle.
Va creciendo ante nosotros la isla del faro. Anclamos en la caletilla. El torrero y sus dos niños han bajado para recibir a los recién llegados. El torrero nos tiende la mano amistosamente, y luego de saludarnos nos invita a seguirlo hasta el faro.
Síganme, por favor.
La casa del torrero está amueblada con sencillez, sin nada de la magia y confusión de una almoneda. Las ventanas no están cubiertas por cortinas de terciopelo que, por lo tanto, no han podido perder sus prístinos colores ni lucir suciamente trigueñas. Los muebles son normales, sin nada de fulguradoras caobas, ni delicado limoncillo, ni profundo roble.
Sobre el modesto buró hay unas gramáticas francesa e inglesa. Los dos niños nos contemplan con la natural curiosidad de sus cortos años. Su madre nos atiende con solícita amabilidad sin mostrar, por supuesto, el menor asomo de cautela o temor hacia el forastero, volviendo, una vez servidos, a la cocina, que no tiene nada de cubil, a través de la correspondiente puerta, en cuyo dintel no hay ninguna figura de angelote, ni barroco ni mutilado ni cosa que se le parezca. Jamás se le ocurrió pensar, ni a ella ni a su marido, que el forastero que los honraba con su visita llegara a huronear ni a opinar secretamente, ni a desvelar misterios del vivir con juicios nacidos de la más absoluta incomprensión. Al contrario, ambos se sentían gratamente complacidos con la visita de tan prestigioso escritor.
Siéntense, por favor–, les dijo amablemente el torrero sin el menor atisbo de brusquedad.
Aceptamos de buen grado el ofrecimiento. Tomo asiento en una silla normal al no haber ningún sillón inglés pellejoso y desteñido. Los demás ocupan asientos similares en la habitación que, desde luego, por mucha fantasía que se le ponga a la cosa, no tiene nada de callejón oscuro ni desván melancólico.
Trae unas copas de coñac a los señores– pide a su mujer, pues aquí jamás en la vida hemos tenido ron. Se nos muestra una bandeja con un surtido de copas sin pies tallados con serpientes ni nada que se le parezca.
¿Se vuelven o comen?
Nos volvemos, Agustín; muchas gracias– responde Jorge.
Coman con nosotros– y sin esperar respuesta, la voz sincera y lenta resuelve que comamos en su compañía.
Tras de apurar las copas, menos el torrero, que muy raramente toma alcohol, y mientras la comida está a punto, nos vamos a ver un tronco que el mar ha arrojado a la costa, en el que Jorge estaba interesado. Nos acercamos a la casa del ayudante del torrero.
Francisco– llama llegándose Agustín. Y salen Francisco y su mujer. Un hombre de mediana edad, nada estevado, y una mujer aseada, con un delantal.
Buenas. ¿Qué hay de nuevo?– dice Francisco.
¿Qué tal ustedes? –Pregunta Jorge.
Bien, gracias. Fuerte y saludable, sin temor alguno al sueño eterno–
Así se habla– dice la mujer.
Acompañados de Francisco nos encaminamos a la costa del tronco.
No es posible sacarlo. Nos volvemos. Llegamos al faro pasado el mediodía. Desde la ventana se ve en el horizonte la silueta de un barco. El torrero lo observa con los prismáticos. Advierto en los ojos de Agustín un loable sentido de la responsabilidad como corresponde a su sagrada misión de velar por la seguridad de la navegación marítima.
Félix y Roque han ido al ‘Chipirripi’ a buscar el garrafoncillo del vino, porque en casa de agustín no se consumen normalmente bebidas alcohólicas. Sólo hay coñac con que invitar por cortesía a quien llegare por allí, sea el Inspector Jefe o el más humilde de los pescadores.
Comemos en torno a una mesa normal de comedor. Los platos son de loza corriente, al igual que los cubiertos, entre los que no hay ninguno de plata.
Terminada la comida, durante la cual se conversó amistosamente, sin excesiva e improcedente verborrea, decidimos partir.
El torrero nos desea un feliz regreso al tiempo que hace a Jorge los últimos encargos con la debida corrección, sin ningún tono de orden o imposición, sencillamente porque su educación y natural modo de ser así se lo dictaban y que, por otro lado, Jorge tampoco lo hubiera tolerado.
Abordamos al ‘Chipirripi’. Desde la explanada el torrero nos saluda aspando los brazos.
Llegamos de vuelta a La Graciosa.

P.D. Pasados los años de aquella vivencia personal con el advenedizo forastero, del que Agustín había guardado siempre un especial recuerdo por su calidad de afamado escritor, cayó en sus manos la obra en que se incluía la narración de la misma. La sarta de infundios y falsedades que en ella se vertían le provocó de entrada una reacción de asombro e incredulidad que pronto se trocó en un dolido sentimiento de amargura.
Durante su dilatada estancia en la isla de Alegranza, cuyo faro eligió como destino por propia voluntad en recuerdo de los felices años de infancia que allí había pasado, y que por lo tanto jamás supuso para él un destierro, fueron varias las personas de más o menos prestigio o popularidad que pasaron por la islita y departieron con él en amistosa y entretenida charla. Precisamente la gramática de francés de que se hace mención en la obra fue un sencillo obsequio de un agradecido catedráico de universidad belga al saber de sus inquietudes lingüísticas. Y qué decir del trato amistoso y abierto que le dispensó el novelista Alberto Vázquez Figueroa, orgullo de las letras canarias. De él guarda precisamente un artículo que publicó en la revista venezolana MOMENTO en el que vierte las impresiones que obtuvo en su breve estancia en la islita. En dicho artículo, además de hacer gala el autor de sus grandes dotes de narrador, ofrece un ejemplo de impecable objetividad que lo honra.
A las manifestaciones ofensivas hacia su persona que el autor del libro pone en boca de los personajes gracioseros que entran en la trama del capítulo en cuestión, Agustín no les concede la más mínima credibilidad. Conoce bastante bien a la gente de aquella isla y sabe de su caballerosidad y trato amistoso. De ellos no ha recibido más que aprecio y cordialidad, y siempre se ha preciado de tener muy buenos amigos entre aquella honrada gente.
En fin, y para terminar con este desagradable asunto, cabe preguntarse: ¿con qué finalidad un escritor dotado de sobrado talento para dejar plasmada la impronta de su categoría literaria en una obra impresa sin necesidad de recurrir a la tergiversación insidiosa de los hechos reales que pretende narrar cae en semejante mezquindad? Jamás Agustín se lo ha podido explicar.

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