sábado, 19 de marzo de 2011

LA CRÍA DE LA COCHINILLA EN LANZAROTE




Por Agustín Pallarés Padilla

(Charla que di en el Centro Científico Cultural Blas Cabrera Felipe de Arrecife el 27-I-2003).

Descripción del insecto.

La cochinilla, insecto que parasita al cacto llamado en Lanzarote tunera, tiene por nombre científico Dactylopius coccus. Pertenece a la familia de los dactilópidos, segregada no hace muchos años de la de los cóccidos.
El distintivo anatómico más destacable de esta familia es el largo pico o rostro que poseen todas sus especies, mediante el cual, luego de clavarlo en la pulpa de determinados vegetales suculentos del orden de las cactáceas, le absorben con él sus jugos, su único y exclusivo alimento.
El origen del nombre cochinilla parece encontrarse en el latín 'coccinus', cuyo significado es 'de color rojo', el cual deriva a su vez de 'coccum', nombre que se da al quermes, un insecto que parasita al árbol llamado coscoja, del que también se extrae un colorante de ese color, que es además parecido a la cochinilla objeto de comentario en este trabajo. Otra posibilidad de origen del nombre podría fundamentarse en la cochinilla de la humedad, ese pequeño crustáceo terrestre bien conocido por todos, que suele encontrarse bajo las piedras del campo, que se arrolla formando una bolita cuando se lo intenta coger, con el que guarda un cierto parecido en la forma, nombre que sería un diminutivo de cochino, el cerdo doméstico.
La cochinilla objeto central de estudio en este trabajo se caracteriza por su acusado dimorfismo sexual. Mientras la hembra, de unos 5 a 6 mm de longitud y color gris plomizo presenta forma rechoncha carente de alas, con el vientre algo aplanado, sin destacarse en él el tórax y el abdomen y con las patas reducidas a unos muñones inútiles para la locomoción, el macho tiene por el contrario la apariencia de un insecto normal en el que se perciben claramente la cabeza, el tórax con sus alas y el abdomen, como si fuera una mosca pequeñita de color blanco lechoso, además de poseer un par de cercos o apéndices largos en el extremo del abdomen que parecen dos cerdas o aguijones.
Tal es la diferencia de forma entre la hembra y el macho que un profano en entomología podría creer al verlos que son dos insectos de especies distintas.
Pero el carácter anatómico más llamativo y sorprendente de este insecto en el sexo masculino es sin duda alguna la ausencia de órganos bucales con que poder alimentarse al haberlos perdido por atrofia durante el proceso de metamorfosis que sufre al pasar del estado de ninfa al de adulto.
Las crías en su primera fase de ninfas, tanto los machos como las hembras, pues tienen entonces el mismo aspecto, no son fáciles de reconocer a simple vista debido a su extrema pequeñez, ya que apenas alcanzan el tamaño de un piojo de la cabeza. Sin embargo, observadas con una buena lupa se le pueden distinguir bien las patas, que son proporcionalmente tan largas o más que las de una mosca, así como las antenas, rectas y algo abiertas o separadas como en el macho adulto.
Ya desde el momento de su nacimiento contiene la cochinilla el característico líquido carmesí que tanta fama ha dado al insecto y del que tanto se ha beneficiado la industria tintórea.

Su ciclo vital.
Poco tiempo después de nacer abandonan las crías la protección del cuerpo de la madre y se desplazan sobre el cacto en busca de un lugar en que clavar el pico o rostro, conseguido lo cual quedan definitivamente instaladas en el lugar elegido, hasta tal punto que si por cualquier causa se desprenden de la planta ya no pueden asirse a ella de nuevo y mueren sin remisión. A partir de entonces el insecto vive inmóvil aferrado a la planta, por lo general formando agrupaciones más o menos compactas e irregulares de un buen número de individuos, a veces amontonados unos sobre otros, cuando no en grupos pequeños de pocos individuos, e incluso pueden verse ejemplares solos o aislados de los demás desperdigados sobre el cacto.
Una curiosa característica de este insecto que ocurre sólo en los individuos femeninos de la especie es que una vez instalado sobre el cacto segrega una especie de polvillo blanco de aspecto harinoso con el que se recubre más o menos.
El tiempo que tarda la hembra en alcanzar la edad adulta oscila entre dos meses y medio y tres meses y medio, influyendo en ese desarrollo la temperatura ambiente reinante, acelerándose tal proceso con los calores estivales. Por su parte, las crías que se transforman en machos lo hacen al mes y medio o dos meses de edad, produciéndose entonces el curioso hecho de que pierden por atrofia sus órganos bucales y mueren de inanición a los pocos días, empleando ese escaso tiempo de vida que les queda, en fecundar las hembras.
Una vez pasado el rigor del invierno, cuando el frío comienza a remitir, la cochinilla reactiva su reproducción, alcanzando el máximo en esta actividad durante los cálidos meses estivales siempre y cuando la temperatura no sea excesiva. Sin embargo en invierno, de no hacer mucho frío y si no llueve con demasiada violencia, no detiene su actividad procreadora, si bien ésta queda visiblemente ralentizada.
Es generalmente ovípara, es decir, que se reproduce mediante huevos como la mayor parte de estos pequeños invertebrados, pero a veces en lugar de ponerlos con normalidad como ocurre comunmente entre los insectos, los huevos eclosionan dentro del cuerpo de la hembra, en el conducto genital, pasando así a la modalidad reproductiva denominada ovoviviparismo, siendo capaz de procrear una sola hembra hasta más de 500 crías.
Otra forma de reproducción, un tanto excepcional en biología, que no obstante se da con cierta frecuencia en estos pequeños seres, es la llamada partenogénesis (del griego partenos, 'virgen', y génesis, 'generación'), consistente en que una hembra puede tener crías sin la intervención del macho, es decir, tal como lo expresa el primer componente del nombre de este curioso fenómeno generativo, siendo la hembra virgen.
La cochinilla suele ser depredada por un pequeño coleóptero, una especie de 'mariquita', o 'sanantonio', como es llamado por los cosecheros, de color negro por encima y rojizo por debajo. Aparte del daño que causa a la cochinilla, este insecto resulta además muy molesto para los recolectores porque a poco que se descuiden se les introducen bajo la ropa y les producen una picadura bastante irritante. No hay manera eficaz de eliminarlos. La única forma de controlar la plaga es atender el cultivo debidamente procurando coger las cochinillas a su debido tiempo a fin de no dar lugar a que el pequeño coleóptero pueda prosperar y multiplicarse en demasía. Cuando más se propagan y mejor medran estas plagas de insectos invasores es precisamente en los casos en que las cochinillas se reproducen sin orden ni concierto por hallarse las tuneras faltas de la debida atención.
También destruyen mucha cochinilla, comiéndosela, algunas aves, las lagartijas y los ratones.

Datos históricos.
Este beneficioso insecto, procedente de Méjico, fue ya utilizado en aquellas tierras como productor de colorante desde antes de la llegada de los europeos a América. Los aztecas lo llamaban 'nocheztli', nombre que en su lengua significaba 'sangre de nopal'.
En 1820, Ildefonso Ruiz del Río, socio de número de la Real Sociedad Económica de Cádiz, presentó en dicha institución unas palas de nopal con cochinilla que le había mandado desde Méjico un residente de aquel país llamado Pedro José Corujo. Luego de llevarse a cabo en aquella provincia española su cría en plan experimental durante unos pocos años se decidió expandir el beneficioso insecto por aquellos lugares de la nación cuyo clima presentara las mejores condiciones para su cría, considerándose como el más idóneo el de las Islas Canarias. Al archipiélago llegó procedente de Cádiz hacia 1825, siendo al parecer Tenerife la primera de las islas que puso en práctica su cría. Unos pocos años después pasó a Gran Canaria, llegando a Lanzarote por el año 1835, donde se comenzó su cultivo, en opinión de algunos autores, en el cortijo El Patio del pago de Tiagua, de cuyo lugar se llevó a mediados del siglo a los pueblos de Guatiza y Mala, que es donde mejor ha prosperado.
En nuestra isla, así como en otras de las Canarias, fue objeto de un lucrativo comercio, hasta que debido a diferentes circunstancias adversas se produjo su decadencia, especialmente con el descubrimiento de las anilinas, colorantes de más fácil y más barata obtención.
Sin embargo, a pesar de estas circunstancias adversas la cría de la cochinilla no desapareció totalmente del archipiélago, si bien por 1885 la explotación a gran escala dejó ya de ser rentable, razón por la cual quedó reducida a partir de entonces a un negocio meramente familiar, especialmente en esta isla de Lanzarote y en la de Fuerteventura, que no pudieron suplantar su cultivo por otros de mayor rendimiento, como por ejemplo el del plátano, tal como se hizo en otras islas, al no disponerse aquí de la cantidad de agua que los mismos exigían.
No obstante, desde hace bastantes años la cochinilla o grana, debido a su falta de toxicidad –l cosa que no ocurre con las anilinas– se ha revalorizado como sustancia colorante en la industria de la alimentación y en otros usos aplicados a productos que entran en mayor o menor grado en contacto con el aparato digestivo, como puedan ser determinados artículos del ramo de la cosmética y de la industria farmacéutica.

Descripción de la tunera en que vive la cochinilla.
La cochinilla puede vivir sobre diferentes especies del género Opuntia, de la familia de las cactáceas, pero la que ofrece mejores condiciones como planta hospedante para este insecto es la que se cultiva en Lanzarote con este fin, si bien sólo en su variedad de fruto blanco, la O. ficus-indica, con anterioridad llamada O. ficus-barbarica y más recientemente con la sinonimia O. maxima.
Dicha planta, llamada por antonomasia el cacto cochinilífero, que recibe en Lanzarote el nombre de tunera, en la Península el de chumbera y en América el de nopal, resulta inconfundible a la vista por sus características palas o pencas de hasta más de medio metro de longitud en forma de raqueta. Pero conviene aclarar en aras del debido rigor científico que esas partes aplanadas de la planta, a pesar de su aspecto foliáceo, no son en absoluto hojas tal como se entiende este término en botánica, sino segmentos comprimidos del tronco articulado, que en esa ciencia reciben el nombre técnico de cladodios. Las verdaderas hojas de las tuneras, por extraño que pueda parecer al profano en esta materia, son las espinas, que han sido transformadas por adaptación a las condiciones climáticas de sequedad y calor de los lugares en que estos vegetales surgieron y evolucionaron hace millones de años. Estas espinas mayores producto de hojas modificadas se hallan rodeadas por otras diminutas que reciben en botánica el nombre de gloquidios, palabra derivada del latín que significa 'punta de flecha barbada', pues esa es precisamente la forma que tienen, tal como puede apreciarse examinándolas con una potente lupa. Es por esa razón por lo que se hace a veces tan difícil extraerlas cuando se le clavan a uno en la carne al coger el tuno o 'higo pico', como se llama en la isla al fruto, para pelarlo.
Con el fin de conservar mejor sus jugos internos estas plantas, además de tener su cuerpo cubierto con una sustancia cérea que impide la pérdida de líquido, gozan de la particular propiedad de cerrar sus estomas durante el día para evitar la transpiración que ejercen a través de ellos, sobre todo cuando el aire es muy seco y hace calor, aprovechando las horas más frescas de la noche para abrirlos de nuevo y continuar el proceso de respiración que les es necesario para vivir.
Dignas de mención en estos cactos son sus vistosas flores, compuestas de numerosos pétalos de un bello color amarillo, aparentemente impropias del aspecto hosco de la planta. Les nacen en el canto de las palas y alcanzan no menos de 6 cm de diámetro.
Las tuneras, además de reproducirse de forma normal por medio de semillas, que son polinizadas por numerosos insectos y diseminadas luego por diversos animales al comer sus frutos –aves de diferentes especies, lagartos y roedores– puede reproducirse también perfectamente de forma natural por medio de las palas o pencas al quedar éstas parcialmente enterradas luego de caer al suelo al desprenderse de la planta.

Cultivo de la tunera.
Los campos de tuneras dedicados a la cría de la cochinilla reciben en la isla el nombre de 'huertas', o más concretamente 'cercados' cuando están rodeados de una pared de piedra seca. La preparación de uno de estos campos se lleva a cabo de la siguiente manera: Se comienza por elegir el terreno apropiado para el crecimiento de estas plantas, que ha de ser más bien de baja calidad, del llamado popularmente en la isla 'masapéis', palabra que parece tener un origen portugués. Se trata de una tierra de fácil permeabilidad, mezclada con una cierta cantidad de grava y piedras menudas. No son aptos para el buen desarrollo de estas cactáceas los terrenos arcillosos de mejor calidad que normalmente se dedican en la isla al cultivo de cereales, leguminosas y hortalizas. A esta tierra, al roturar el campo, se le añade el correspondiente estiércol, que puede ser de cualquier clase de res. A continuación se recubre con la típica capa, de unos 10 cm de espesor, de arena volcánica o lapilli, aquí llamada por lo general 'arena', aunque también se le da el nombre de 'rofe' –otro portuguesismo aplicado al lapilli de gránulo más grueso que se extrae de hoyos practicados en el suelo, los típicos 'areneros' o 'roferos'–, arena que puede ser de color grisáceo oscuro o de tonalidad algo rojiza a veces. Esta operación de extender una capa de este material sobre la tierra de los campos de cultivo, que tecnicamente se designa con el verbo enarenar y al campo resultante enarenado, es conocida en la isla en la forma más directa y abreviada de 'arenar', y al campo con la de 'arenado'.
Un recubrimiento con esta capa de arena volcánica puede durar el tiempo de la vida de una persona sin necesidad de ser renovado siempre y cuando se cuide de mezclar lo menos posible este material con la tierra subyacente, pero normalmente hay que reponerlo desde bastante antes.
Uno de los 'roferos' más importantes de esta comarca de Mala y Guatiza dedicada a la cría de la cochinilla, cuyo lapilli se empleó en 'arenar' los campos de tuneras circundantes, es el gran hoyo algo acuevado que quedó luego de la extracción de dicho material en cuyo interior se hizo el Jardín de Cactus. Este lugar ostentó desde mucho antes de la realización de esta magna obra de César Manrique, en primer término, el nombre de La Mareta, denominación que se da en Canarias a un depósito sin techo destinado al almacenamiento de las aguas de lluvia, por una que hubo allí, y posteriormente el de Las Cuevas del Molino luego de haber sido practicadas las excavaciones para extraer el 'rofe' y de construirse a su vera el molino que tiene en lo alto, allá por el año 1870.
Una vez el campo dispuesto se procede por los meses de marzo y abril, o a más tardar en el de mayo, a plantar las tuneras. Esta plantación se hace por el sistema de esquejes en lugar de por semilla, el cual consiste en semienterrar las palas o pencas en el suelo vegetal luego de 'ajoyar' la arena, es decir, de hacer un hoyo apartándola para que quede la tierra subyacente al descubierto.
Dichos hoyos, y cualquier otro trabajo de remoción de la tierra, se hacen valiéndose de la 'guataca', especie de azada de hoja en forma de media luna, nombre que fue traído a Canarias desde Cuba por los indianos o emigrantes retornados a las islas, al español de cuya isla antillana había sido incorporado del arahuaco, un idioma indígena de aquella región insular americana.
Las pencas o palas que se plantan han de proceder de tuneras vigorosas y más bien jóvenes, pero que hayan echado por lo menos tres palas, pudiéndose ya usar la tercera, que en el argot campesino recibe el nombre de 'nieta', si bien es preferible que echen alguna más. Se plantan en hileras separadas entre sí unos dos o tres metros, de forma que queden entre ellas unas calles de anchura suficiente para permitir el paso del personal que ha de atenderlas una vez que las plantas hayan adquirido el desarrollo conveniente.
En años sucesivos, en lugar de estiércol se les suele poner guano, aprovechando para ello la caída de las primeras lluvias. También dan muy buen resultado como abono las pencas que han sido arrancadas durante la poda anual a que la planta debe ser sometida al resultar las mismas inservibles ya para criar en ellas cochinilla por su agotamiento. Para ello se pican o cortan en trocitos pequeños y se entierran en la tierra vegetal después de apartar el picón o lapilli.
Para trocear las pencas se usa el 'picadero', una herramienta parecida en su forma a la pala de meter el pan en el horno pero cuya hoja es metálica y cuadrada con el borde anterior afilado, que es con el que se cortan las pencas, las cuales se habrán depositado previamente en un hoyo somero practicado en el suelo, usándose el 'picadero' en posición vertical asido por la persona que lo maneja puesta de pie.

Cría y recolección del insecto.
 Una vez que la tunera ha alcanzado el desarrollo conveniente se le 'planta' la cochinilla, es decir, se infesta con el insecto. Para ello se procede del modo siguiente: se cogen las hembras que portan consigo las crías, a las que se les llama 'madres' (si aún no han desovado se dice que están 'crudas' o 'verdes') y se extienden sobre el 'tablero' durante una noche con objeto de que se 'refresquen', es decir, para que no se apelotonen, que eso es lo que significa ese término en el habla particular de los cosecheros, para evitar lo cual debe procurarse que la capa de insectos no sea muy gruesa.
El 'tablero' es una especie de bandeja de madera de aproximadamente un metro y cuarto de longitud por la mitad de anchura, con los lados o bandas muy bajos, de entre cuatro a cinco dedos como máximo.
Al día siguiente se meten las cochinillas así preparadas en unas pequeñas bolsas o taleguitas de aproximadamente una cuarta de largo por unos tres dedos de ancho llamadas 'rengues', pero sin llenarlas demasiado, sino dejándolas de forma que los insectos tengan dentro de ella una cierta libertad de movimiento. Reciben tales bolsitas este nombre por estar hechas con la tela de ese nombre, una especie de tejido ralo a través de cuyas mallas pueden salir las diminutas crías pero no las adultas.
Dichas bolsas, con los insectos dentro, se colocan sobre las palas de los cactos colgadas por su parte central, de modo que caiga sobre cada una de las caras de la penca la mitad de la bolsa, posibilitándose así que las crías puedan esparcirse a uno y otro lado de la misma y se produzca la 'pega', término con el que se expresa en el argot campesino la acción de instalarse los insectos en la tunera clavando el pico en la planta. Lo normal es que se coloque un solo 'rengue' sobre cada penca o pala, pero cuando ésta es muy grande se le pueden colocar dos.
En un principio, cuando se inició el cultivo de la cochinilla en la isla, en lugar de las bolsitas de 'rengue' se usaban unos paños cuadrados de este mismo tejido en los que luego de colocar en ellos la cantidad de cochinilla conveniente se doblaban y se clavaban al cacto por medio de una espina de tunera india, la Opuntia dilenii., mucho más robusta, por cada una de las dos puntas resultantes, pero luego se abandonó este sistema por el de las bolsas al resultar éstas más prácticas y más cómodas de manejar.
Esta operación de infestar el cacto con la cochinilla colocándole los 'rengues' se realiza por primera vez cada año en la primavera, meses en que los insectos comienzan ya a desovar en cantidad suficiente para proveer a tal fin.
Con el contenido de una de estas bolsas se pueden infestar, o 'plantar' de cochinilla, normalmente hasta diez palas en otros tantos días, ya que cada día se cambia de penca.
Se puede empezar la recolección ya a finales de primavera si la siembra de la cochinilla ha sido temprana, es decir, transcurridos los sesenta o setenta días necesarios para el pleno desarrollo del insecto, aunque los meses de mayor recogida son los estivales en que la reproducción alcanza su índice más elevado en número de crías. No obstante, si el tiempo es favorable puede recogerse cochinilla no sólo en otoño sino incluso en invierno, si bien en estos meses más fríos del año la cantidad recolectada es mucho menor. Se reconoce cuándo las cochinillas están en condición de ser cogidas simplemente por hallarse acompañadas de las primeras crías.
Aparte de las 'madres' que se han utilizado metiéndolas en los 'rengues' para que dejen sus crías en los cactos, que no sólo son aptas para la producción de carmín sino que son incluso consideradas las de mejor calidad, el resto de los insectos se recolecta con la ayuda de la 'cuchara', un utensilio consistente en un receptáculo o cuenco de hojalata de boca ovalada, de unos 10 cm de largo por 6 de anchura y fondo embudado, con mango en posición perpendicular de medio metro de longitud más o menos y unos dos o tres centímetros de grosor, hecho por lo general con un trozo de 'pírgano', nombre este de origen guanche que se da al raquis o nervio central de la hoja de la palmera. Se desprenden los insectos pasando suavemente la 'cuchara' de abajo hacia arriba sobre la superficie de las pencas, manejándola diestramente con objeto de no reventarlos, sorteando los de tamaño pequeño y cogiendo sólo los más grandes, en especial por aquellas partes en que hay 'chapas', es decir, grupos de cochinillas formados por muchos individuos aglomerados, aunque también por donde las haya aisladas, en cuyo caso se dice que están en 'granos' o 'graniadas', y al acto de cogerlas en estas condiciones, 'graniar'. Durante el pase de la cuchara por la penca para desprender los insectos se procurará mantener la 'milana' por debajo para que vayan cayendo en su interior las cochinillas que no queden dentro de la 'cuchara'.
Una vez llena ésta se vierte su contenido en la 'milana' o 'mina', que de las dos formas se le llama a este otro útil, una especie de bandeja rectangular, también de hojalata y fabricación casera, de unos 30 a 35 cm de largo por unos 20 de anchura, cuya capacidad es aproximadamente de un tercio de kilogramo de cochinilla, de manera que con el contenido de tres 'milanas' se obtiene alrededor de un kilo de insectos vivos. Finalmente, a medida que se van llenando las 'milanas' o 'minas' se va pasando su contenido a un cubo, o 'balde', como llamamos en Canarias a esta clase de recipientes.
Con respecto al origen del nombre 'milana' la única explicación plausible que he encontrado es la que da el lingüista Marcial Morera Pérez en su Diccionario histórico-etimológico del habla canaria, quien lo relaciona con el nombre 'hoja de Milán' que se ha aplicado también a la hojalata, material con el que, como se ha dicho, se confeccionan estos útiles.
Del nombre 'mina', sin embargo, no solamente que no he encontrado nada que explique su etimología u origen en los diccionarios normales de español sino que ni siquiera registran esta voz los más completos diccionarios del habla popular canaria, siendo así que en Lanzarote al menos este nombre de 'mina' se ha aplicado, además de a este receptáculo en que se vierte la cochinilla, a estos otros: a una especie de cesto que se usó en los tiempos de la recogida de la orchilla en el que se iba depositando la hierba a medida que se desprendía de los riscos y peñascales. Al odre en que se hacía la 'leche mecida', una suerte de leche aceda parecida al kéfir que fue muy popular en tiempos pasados, odre también conocido en la isla, además de con este nombre de 'mina', con el de 'fol' o 'borracho' según las localidades; y asimismo se le ha llamado 'mina' en nuestra isla a una especie de cubo que antaño se hacía con el pellejo enterizo de una cabra, cuya abertura superior o boca estaba guarnecida de un aro de madera y se usaba para 'guindar' agua de los aljibes, es decir para subirla o extraerla –que esa es una de las acepciones de la voz 'guindar' en nuestras islas–, al que se le ataba por la parte de abajo un cordel, o 'liña' –otro canarismo más, este de origen portugués–, con la finalidad de hacerlo volcar tirando de él para que se llenara más facilmente.
Otra forma de recolección con la que se coge incluso más cochinilla que con la 'cuchara', es la llamada de 'barrido', consistente en arrancar las palas o pencas cubiertas de insectos que hayan llegado ya al término de su capacidad de criar cochinilla por estar 'quemadas', como dicen los cosecheros, es decir, que por su estado de agotamiento no son aptas ya para criar más cochinilla en ellas. Estas pencas, luego de arrancadas se 'barren', o sea, se les desprenden los insectos pasándoles un cepillo. En tiempos pasados se empleaba para este fin una escoba de palma recortada o desgastada por el uso, pero actualmente se prefiere un cepillo de barrer corriente por considerarlo más práctico y efectivo. Dicho 'barrido' se efectúa de forma que las cochinillas vayan cayendo en un recipiente de boca amplia, como un barreño o tina de plástico por ejemplo, al que se le pasan de asa a asa dos hilos gruesos de nailon o dos alambres fuertes, bien tensados, para apoyar sobre ellos la penca mientras se 'barre'.
Antes de la invención del plástico se usaban con este fin las llamadas 'cestas de madera', fabricadas artesanalmente en la isla, que además de para esto se usaban para otros menesteres.
Las pencas se arrancan a mano protegiéndoselas con unos gruesos guantes resistentes a las espinas del cacto. Antiguamente estos guantes se hacían con piel de cabrito, pero ahora se prefieren los de importación fabricados con materiales sintéticos por ser más cómodos y prácticos.
La recogida de los insectos se realiza tanto por hombres como por mujeres. Para ello se colocaban antes un amplio y recio delantal que los protegían contra las espinas de los cactos y de las manchas de carmín de los insectos que por mucho cuidado que se tenga siempre se revienta alguno de vez en cuando, pero desde hace tiempo prefieren para este cometido, especialmente los hombres, el tipo de pantalones de material plástico que usan los marineros en los barcos de pesca, que se adquieren en el comercio ya hechos.
Como el insecto muestra especial preferencia por instalarse sobre el fruto, de donde es más dificultoso extraerlo con la 'cuchara' por razón de su superficie convexa, se lleva a cabo sistematicamente su arranque apenas empiezan a formarse en primavera, operación que se realiza a golpe de vara y es conocida mediante la expresión 'tumbado de los higos'. Con ello, además de evitar que el insecto se instale sobre el fruto, se consigue también que las pencas se críen con más vigor y lozanía, ya que toda la sustancia que habría de ir al fruto lo toma el resto de la planta, lo que redunda en unas mejores condiciones de la misma para que pueda medrar en ella la cochinilla.
Normalmente una penca suministra jugo para nutrir a una sola camada de cochinillas, pero las hay que por sus buenas condiciones pueden ser infestadas con la grana dos y hasta incluso tres veces en algunos casos.
Para completar este apartado dedicado a la cría y recolección de la cochinilla voy a ofrecer a continuación unos datos en cifras que considero importantes para el interesado en estas cuestiones: de unos 3 Kg a 3'5 Kg de cochinilla viva ('fresca' o 'verde' dicen los agricultores) se obtiene uno de cochinilla seca, es decir, que la cochinilla al ser desecada queda reducida a un tercio o poco más del peso que tenía cuando viva. Unos 150.000 insectos secos hacen 1 Kg.; y el rendimiento o producción media por hectárea y año está en torno a los 260 quilos.

Preparación de la cochinilla para la exportación.
Una vez cogidos los insectos hay que sacrificarlos. Para ello se procede del modo siguiente: En primer lugar se extienden sobre el 'tablero' procurando que el grosor de la capa formada no exceda de unos pocos centímetros, dejándolos en él durante una noche para que se 'refresquen', es decir, tal como ya se ha explicado, para que no se junten unos con otros formando pelotones o grumos. Al día siguiente se exponen al sol en el mismo 'tablero' durante todo el día, debiendo ser volteados de vez en cuando con el fin de que el secado sea lo más uniforme posible. Es a continuación cuando se realiza la verdadera operación de matarlos. Para conseguirlo basta con zarandear vigorosamente el 'tablero' con las cochinillas dentro durante un cuarto de hora más o menos cogiéndolo entre dos personas, una por cada extremo. Una vez muertas se exponen de nuevo al sol en el mismo tablero hasta conseguir el debido grado de secado, para lo cual basta con dejarlas así durante unos dos o tres días, debiendo acortarse o alargarse su exposición al sol según el mayor o menor grado de insolación habida.
A continuación hay que proceder a la limpieza del producto. Esta operación se desarrolla en tres fases: En primer lugar se libra la grana de las partículas más pesadas de menor tamaño que pueda contener pasándola por el cribo; luego hay que escogerla a mano tendiéndola sobre una mesa, como se hace con las lentejas al limpiarlas, para quitarle las partículas mayores también más o menos pesadas que hayan quedado, y finalmente se limpia de las briznas más ligeras que por su tamaño no hayan podido pasar por el cribo, como puedan ser el polvillo blanco con que los insectos se cubren, los élitros y demás partes secas del coleóptero que las depreda ya comentado y cualquier otro pequeño fragmento o suciedad que pueda haberles quedado, para lo cual se aventan con el 'balayo' (otro canarismo más de origen portugués), una especie de cesta aplanada de medio metro de diámetro, hecha por artesanos de la isla con paja de centeno cosida con hilo de junco. Esta operación de aventarlas –que, por cierto, no es imprescindible hacerla a favor del viento como pudiera hacer pensar su nombre– requiere una cierta práctica y habilidad, pues hay que lanzar el contenido del 'balayo' hacia el aire imprimiéndole con ambas manos una serie de sacudidas rítmicas, con lo que se consigue que la suciedad sea despedida hacia fuera mientras los insectos, más pesados, caen de nuevo en el 'balayo'.
Realizada la limpieza, los insectos quedan con la superficie lisa y presentando una coloración oscura, hallándose con ello listos para ser envasados con destino al mercado en los correspondientes sacos, los cuales han de ser de tejido algo ralo para que el contenido pueda airearse debidamente.
Así, en estas condiciones, la cochinilla, si de momento no tiene salida o venta, puede conservarse mucho tiempo en almacén, incluso años sin perder calidad, lo que resulta muy ventajoso en el caso de ser los precios muy bajos para esperar hasta que suban.

Situación de la cochinilla lanzaroteña en los últimos decenios.
En la actualidad, o por lo menos hasta no hace muchos años, la cochinilla se daba en la isla de Lanzarote de forma casi exclusiva en la zona de Guatiza y Mala, pues fuera de estas dos circunscripciones apenas se encuentran algunas reducidas parcelas de terreno dedicadas al cultivo ocasional de la tunera para la cría de la grana. Tal ocurre en Tinajo, incluida la barriada de este término de El Cuchillo, en Arrieta, en Máguez y en alguna otra localidad en menor cuantía.
En los últimos decenios la mayor cantidad de cochinilla recogida en Lanzarote en un año ha sido de unos 14.000 kg, en el de 1980. En cuanto a los precios, los más altos se obtuvieron en 1985, en cuyo año se llegó a cotizar a algo más de 15.000 Pts el kg. En esos años los principales compradores de la cochinilla de nuestra isla eran Italia, especialmente la firma Martini-Rossi, que la empleaba para dar ese particular y atractivo matiz rojizo a la popular bebida de su nombre, y también Inglaterra y Francia. Así me lo hizo saber el señor Obringer, representante de una firma comercial de esta última nación especializada en productos que requerían el colorante de la cochinilla en su elaboración, a quien acompañé como intérprete en septiembre de 1973 durante una visita de negocios que giró a la isla relacionada con este producto tintóreo. Me dijo que en su país utilizaban el colorante obtenido de la cochinilla para dar o aumentar la coloración rojiza a muchos artículos, especialmente a algunos embutidos y a otros alimentos. Se ratificó en que Perú era por entonces el país mayor productor de esta clase de grana, y admitió que la de Lanzarote gozaba de mayor aprecio en el mercado internacional por su mejor calidad y esmerada preparación. En Tenerife también se criaba por aquellos años bastante cochinilla, pero tampoco alcanzaba la calidad y el aprecio de la lanzaroteña.
Hay noticias de que en los últimos años la cría de este insecto se está extendiendo en el Magreb, especialmente en Marruecos, y se sabe que en Méjico se están llevando a cabo estudios encaminados a mejorar la producción mediante el sistema de 'nopalotecas', unas instalaciones en las que las palas del nopal infestadas de cochinilla se guardan de la intemperie colgándolas en invernaderos especialmente habilitados para tal fin.
En la actualidad la cochinilla se encuentra inmersa en una grave crisis en Lanzarote debido a la fuerte competencia de las otras zonas productoras que ofrecen precios muy competitivos. No obstante, como aspecto esperanzador en la explotación de la cochinilla en nuestra isla hay que decir que en estos últimos tiempos se está gestando el proyecto de construir una planta industrial de extracción del ácido carmínico en la misma isla, lo que supondría un gran beneficio para la economía de los cosecheros al mismo tiempo que serviría para potenciar los valores paisajísticos derivados de este cultivo en las zonas en que se encuentran las plantaciones de cactos destinados a su cría, contemplado este aspecto de la cuestión desde el punto de vista turístico.

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