sábado, 23 de abril de 2011

DEL NOMBRE ABORIGEN TITEROGACA DE NUESTRA ISLA


 
Por Agustín Pallarés Padilla
(LANCELOT, 25-VIII-2000)


Nunca he acabado de entender del todo por qué este nombre prehispánico de Lanzarote suele despertar de ordinario entre los que se ocupan de estos temas del pasado de la isla tantos reparos y objeciones cuando se trata de admitir su forma como más plausible en contraposición a la variante Titerroigatra. La única explicación que encuentro es la del desconocimiento, por parte de quien así actúa, del texto de LE CANARIEN en sus dos versiones básicas, que es donde tales nombres figuran en origen. Esto no ocurre en realidad entre los investigadores mejor impuestos en estas lides lingüísticas, quienes siempre han tenido a la última de las variantes como una copia espuria de Titerogaca o de otra antecedente común a ambas, conclusión que en realidad no ofrece mayor dificultad de comprensión, ya que basta con realizar una simple compulsa entre esas dos versiones básicas del famoso manuscrito para advertirlo facilmente.
Estas dos versiones son, como es sabido, una favorable en su contenido a Juan de Bethencourt, por lo que se le suele denominar B, y otra a Gadifer de la Salle, distinguida a su vez con la letra G, personajes que, como es sabido, ocuparon de forma mancomunada al principio la jefatura de la expedición de conquista de la isla, y que acabaron, por serias disensiones surgidas entre ambos, en un enconado enfrentamiento y separación definitiva.
En la primera, que es la transcripción de un original ya perdido hecha por un sobrino homónimo del caudillo normando casi un siglo después de llevada a cabo la conquista de la isla, aparte de las tergiversaciones y amaños a que fue sometida con el premeditado objetivo de ensalzar los méritos de su pariente en detrimento de su rival gascón, al no tener el compilador conocimiento personal de los nombres aborígenes en él consignados y habida cuenta de la dificultad de legibilidad de que la letra manuscrita suele adolecer, éstos se grafían de forma errada e incorrecta en su mayor parte, quedando muchos de ellos seriamente deformados, mientras que en la otra, copiada según se cree de ese manuscrito común por el propio Gadifer de la Salle, o al menos bajo su supervisión, como conocedor directo por su trato con los indígenas durante los dos años de estancia en Lanzarote de esos nombres, cuyo registro en origen se supone efectuado adaptándolos lo mejor posible a los fonemas del francés de entonces, se escribirían con mucha mayor fidelidad al mismo, e incluso de idéntica manera en algunos casos.
La forma en que figura escrito este nombre en LE CANARIEN G es en realidad ‘Tyterogaka’, que reducida a la ortografía actual de nuestro idioma daría la lectura ‘Titerogaca’ con que encabezo este escrito, en tanto que la que se le da en LE CANARIEN B es ‘Titheroygaka’, luego convertida en ‘Thiteroygatra, que Viera y Clavijo escribe ‘Tite-Roy-Gatra’ dividiéndola en tres partes mediante los correspondientes guiones, la cual, desprovista de esos signos de enlace ha dado finalmente la más conocida de ‘Titerroygatra’, considerada por muchos erroneamente como la forma genuina, siendo en consecuencia la más empleada y difundida.
Pero contra la legitimidad de esta variante, a más de los argumentos ya expuestos que la desautorizan, podrían esgrimirse estos otros cuyo valor determinante convendría, a mi juicio, tener muy en cuenta: en todo el corpus toponímico lanzaroteño, que asciende a más de ciento setenta nombres, en los que se supone que deban conservarse los rasgos fonéticos más fiables del habla de los ‘majos’, nunca, en ninguno de ellos, se da el sonido de la /r/ fuerte ni aparecen sílabas directas dobles o consonantes líquidas como ocurre en este nombre ‘Titerroigatra, en contraposición a la forma Titerogaca, que está exenta de tales anomalías.
Ello no debe interpretarse, a pesar de todo, en el sentido de que deba aceptarse con absoluta garantía de autenticidad la forma aquí preconizada de Titerogaca como forma verdadera de la voz que los franceses oyeron de labios de los nativos –que a lo mejor lo fue–, sino simplemente como más próxima a esa captación auditiva. A este respecto no puedo sustraerme a la constatación de la perplejidad que causa el hecho de comprobar que siendo la /k/ una letra exótica en el idioma francés, al igual que lo es en el español, se haya empleado la misma en lugar de la /c/, que hubiera sido lo más natural y procedente, para representar tal sonido en la sílaba correspondiente. Pero esto quizás caiga de lleno en el campo competencial de un autorizado paleógrafo en la lengua francesa, si es que existe una explicación.
No quisiera dar fin a este escrito sin comentar el caso de la terminación ‘et’ que con tan buena fortuna ha cundido también entre algunos en la escritura de este nombre transformándolo en Titerogacaet o, más abreviado en Titerogacat, pues el mismo no es otra cosa que un grotesco engendro nacido al fundir con el nombre aborigen de la isla la conjunción francesa ‘et’ (y) que le sigue a continuación en el texto G, seguramente de forma algo enlazada, circunstancia que pasó inadvertida para algunos, entre los que se encuentran eminentes berberólogos expertos en las hablas canarias, como Georges Marcy, Juan Álvarez Delgado y Dominik Josef Wölfel, algunos de los cuales llegaron al insólito extremo de extraerle a esa partícula un significado bereber...

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