lunes, 25 de abril de 2011

DE CUÁNDO APARECIÓ LA IMAGEN DE LA VIRGEN DE LA CANDELARIA EN TENERIFE

 

[Publicado en el diario EL DÍA de Tenerife el 30-VI-1991]
Los más competentes investigadores del pasado histórico de nuestras islas han dedicado buena parte de su tiempo en intentar averiguar cuándo pudo haber sido dejada la famosa talla de la Virgen de la Candelaria en la isla de Tenerife. Para ello, como es de rigor en estos casos, han consultado previamente los textos de los cronistas e historiadores antiguos que se ocupan del tema con objeto de extraer las debidas conclusiones en función de los informes que en los mismos se contienen.
Hasta ahora habían logrado obtener, todo lo más, basándose en los indicios más fiables encontrados en la bibliografía consultada, unas fechas del suceso más o menos próximas entre sí, consideradas como más probables, con alguna que otra disensión de la mayoría por parte de algún autor, pero en cualquier caso supuestas o conjeturales todas, ya que apenas ninguno de esos escritores antiguos la da de forma expresa y exacta.
Pues bien, en contraste con esos deficientes resultados, es lo cierto que existe una obra, bastante conocida, de un autor canario del siglo XVII, el médico teldense Tomás Arias Marín de Cubas, cuyo título es ‘Historia de la conquista de las siete islas de Canaria’, pieza importante, por cierto, de la historiografía insular, que cuenta con pelos y señales cuándo y cómo fue llevada a Tenerife la imagen de la Virgen de la Candelaria, consignando con precisión el año e incluso el mes en que la operación se llevó a efecto, sin que, incomprensiblemente, ningún estudioso de estos temas históricos, de las islas o de fuera de ellas, se haya servido en absoluto de este texto hasta el momento.
Tal preterición, por lo que se me alcanza, habría que atribuirla al descrédito que el estilo farragoso y enrevesado de este autor le ha acarreado. Su obra se halla, efectivamente, atiborrada de ideas y concepciones extravagantes y fantasiosas, rayanas en la incoherencia a veces y extramarginales en muchos casos a la historia de Canarias propiamente dicha, en particular el libro 3º de la obra, que es, precisamente, donde se encuentra la noticia en cuestión, en su versión de 1687, ya que existe otra del año 1694, entre las cuales se observan sensibles diferencias en el tratamiento de los distintos temas. Hasta tal punto debe ser ello así que este libro 3º, en cualquiera de sus dos variantes, no ha visto nunca la luz pública. De las dos redacciones o formas de la ‘Historia’ de Marín de Cubas, si bien se sacaron en el pasado varias copias que se conservan en algunas instituciones culturales del archipiélago, como el Museo Canario de Las Palmas y la Biblioteca Municipal de Santa Cruz de Tenerife, sólo se han hecho hasta ahora dos ediciones, ambas incompletas y siempre sobre el códice más moderno de 1694: la primera en 1984 por Tegala Ediciones de Santa Cruz de Tenerife, solamente del libro 1º, y la última en 1986, de los libros 1º y 2º en un mismo volumen, por la Real Sociedad Económica de Amigos del País de Las Palmas de Gran Canaria, quedando excluido en esta ocasión el libro 3º por considerarlo sus editores, según puede leerse en una nota de presentación de la obra “carente en absoluto de interés en lo que a la historia de Canarias se refiere”. (el subrayado es mío).
La exposición que Marín de Cubas hace de la referida noticia es bastante extensa y excede con creces el espacio que normalmente se dedica a un trabajo periodístico de esta naturaleza. No sólo se habla en ella, como ya he dicho, del momento y circunstancias que concurrieron en la decisión de depositar en tierra la imagen sino que se ofrecen además previamente algunas explicaciones sobre su procedencia, remontándola a varios decenios atrás, para continuar narrando, luego de referir cómo fue dejada en Tenerife, las incidencias sobrevenidas en un posterior intento de recuperación.
Por tal razón me limitaré a transcribir unicamente el párrafo en que se halla inserta la narración de la visita a Tenerife para dejar la sagrada escultura, que constituye en realidad el meollo de la cuestión que ahora nos interesa, mas no sin antes adelantar, por lo que tiene el dato de importante, que los protagonistas de tan pintoresco episodio histórico no fueron otros, según el autor, que los miembros de la famosa expedición depredadora de 1393 que tan pavorosa intervención tuvo en Lanzarote y de la que, para mayor mérito y valor del documento comentado, ofrece a más de ésta otras interesantes referencias y detalles que, o bien no constan en otros autores o documentos conocidos, o vienen, cuando menos, a servir de refrendo de otros de los que ya se tenían noticias más o menos incompletas.
Conforme a la copia realizada por el presbítero de Telde don Pedro Hernández Benítez, que es el texto por el que cito, el párrafo en cuestión reza como sigue: “Pasaron los Castellanos a Lanzarote, robaron más de ciento y sesenta naturales a el Rei i la Reina Guanarame i Tinguefaia, el navio no era posible navegar con buen viento la vuelta de Nordeste viaje de Spaña, haviendo estado sobre los cavos por dos o tres veses, se hallaron sin saver como a el sotavento de la Ysla Ynfierno siguieron a Canaria i no pudieron tomar por el dia, la parte de el sur, conociendo que aquello era la voluntad de Dios, siendo ya de noche, desembarcaron a tierra la imagen de nuestra Sª en la Ysla Ynfierno en el barranco de Chimasay sobre una piedra, era ia el mes de Julio año 1393, haviendo estado en Canaria en comun opinión de los Canarios treinta años, aunque otros ponen 27 desde el año 360”.
Ocioso resulta decir que el precedente texto debió ser extraído de un documento escrito, ya perdido para nosotros. Los detalles pormenorizados que en él se consignan, coherentemente secuenciados a pesar de la relativa complejidad que todo el episodio presenta y, en fin, su aspecto general, que transpira una impresión de normal autenticidad, así parecen confirmarlo. De ningún modo puede ser atribuido a invención o arreglo personal del autor, que no tendría sentido ni justificación lógica alguna.
Sabido es, por otra parte, que uno de los medios más efectivos de comprobar la veracidad de un hecho suspecto, no sólo en la investigación histórica sino en cualquier otra faceta del quehacer humano, es el de obtener testimonios o pruebas sobre el mismo por conductos independientes entre sí que sean coincidentes. Pues bien, también en este caso se cumplen las condiciones necesarias al respecto. Como ya dejé expuesto anteriormente, la mayor parte de los indicios obtenidos hasta ahora con relación a la cronología del suceso apuntan hacia una época que concuerda, grosso modo, con la de esta sonada razzia sevillana, es decir, los años postreros del siglo XIV. Pero hay uno en particular que cumple prácticamente a la perfección tal requisito. Se trata de la declaración que figura en la página 130 de la crónica conocida en los medios bibliográficos bajo el nombre de ‘Ovetense’, atribuida a Alonso Jaimes de Sotomayor, si bien con interpolaciones, en un capítulo dedicado precisamente a Tenerife en que se dice literalmente: “Y ay asimismo en esta ysla vna ymajen milagrosa la qual según se ha sabido de los propios naturales paressió en vna cueba siento y dos años antes que la dicha ysla fuera de cristianos y jente española”. (Cito por la obra ‘Canarias: crónicas de su conquista’, de Francisco Morales Padrón, en su edición de 1978).
Como se ve, restando estos ciento dos años a la fecha de 1496 en que fue conquistada Tenerife se obtiene la de 1394, que coincide, practicamente, con la de la mencionada razzia.
Digamos para finalizar que si bien es cierto, y nadie lo discute, que la obra de Marín de Cubas adolece de los defectos apuntados, preciso es reconocer que tal circunstancia o condición sólo se daba cuando el autor se metía a hacer disquisiciones históricas por su cuenta. Pero no es menos cierto que en contrapartida tal aspecto negativo se ve holgadamente compensado por la no despreciable cantidad de información y datos novedosos que aporta, muy importantes a veces al haber dispuesto el autor, como se ve, de documentos que los otros historiadores desconocieron o no supieron utilizar.
Y este, a mi modo de ver, es el caso que nos ocupa.

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