jueves, 28 de abril de 2011

CONTESTANDO AL SEÑOR BIEDERMANN



Por agustín Pallarés Padilla
(LANCELOT, 29-III-1986)


Hace un par de años se publicó un libro titulado La huella de los antiguos canarios, obra del autor austriaco Hans Biedermann, en el que se me menciona refutando mi teoría sobre el poblamiento de las Islas Canarias con bereberes norteaficanos traídos por la Roma imperial en los primeros siglos de la era.
No es que desapruebe, por supuesto, que se contradigan mis puntos de vista en estas cuestiones, siempre y cuando, claro está, que se guarde la debida compostura dialéctica. Incluso leo con verdadero interés y respeto cuantas observaciones se me hagan al respecto, particularmente si están formuladas con una metodología fundada en el necesario rigor científico. Ahora bien, lo que desde luego sienta mal a cualquiera son esas actitudes de suficiencia mal disimulada con que algunos ejercen la crítica contra aquellos que, sencillamente, disienten de sus criterios. Y este es el caso del señor Biedermann cuando comentando mi referida teoría publicada en el número de la revista ALMOGAREN correspondiente al año 1976, que se edita en Hallein, Austria (teoría, por cierto, compartida también por el autor inglés ya fallecido John Mercer), luego de defender la tesis de que los primitivos canarios procedían de la región portuguesa en que desemboca el Tajo (¡!), manifiesta, rematando sus argumentos con una frase irónico-conmiserativa: “Una posición extrema a este respecto es la adoptada por Pallarés Padilla (1976) y Mercer (1980), según los cuales los antiguos canarios descenderían de bereberes del Mogreb deportados en la época romana como castigo de una rebelión. Lo que no explican es cómo fue posible que olvidaran tras su desembarco toda noción del arco y la flecha y del telar y la rueda, por citar sólo algunos elementos culturales; a menos que se tratara de una especie de amnesia colectiva de los desdichados exiliados”. (Subrayo la frasecita de marras). Ya antes había mencionado también, entre otros bienes culturales, los adobes para la construcción y la rueda de alfarero.
Es cierto, y nadie lo niega, que la prehistoria canaria encierra aún bastantes incógnitas por despejar. No obstante, sobre los artilugios citados por el señor Biedermann bastaría con decir para justificar su ausencia en Canarias, que los insulares no usaron el arco y la flecha por la sencilla razón de que sus antepasados bereberes tampoco lo conocían. Sobre el torno de alfarero, que a pesar de haber sido conocida su existencia tanto en África del norte como en Canarias desde hace siglos, se ha seguido utilizando no obstante la técnica tradicional del urdido en la confección de los vasos cerámicos, en ambos lugares, incluso hasta la actualidad. En cuanto a la rueda, si es que llegó a alcanzar la suficiente difusión entre las tribus bereberes de donde salieron los pobladores de nuestras islas, ya que según parece vivían confinadas en los más recónditos rincones del macizo del Atlas, es de presumir que falta de un eje metálico perdería en el archipiélago utilidad como medio facilitador del transporte. Algo parecido podría decirse del telar, del que tampoco hay seguridad de que fuera conocido por tales tribus. Al no disponerse aquí de fibras apropiadas para la elaboración de tejidos (recuérdese que la oveja que vivió en algunas de nuestras islas carecía de lana según la opinión más generalizada) caería forzosamente en desuso. Y así sucesivamente.
En contrapartida, el cúmulo de datos y razonamientos es tan abrumador a favor de la identificación de los antiguos canarios con los bereberes preislámicos, y más concretamente con los de época vecina al comienzo de la era, tal como expongo en mi escrito de ALMOGAREN, que estas ‘minucias’ no han sido óbice en absoluto para que el origen bereber de nuestros ancestros los guanches haya sido unanimemente aceptado como un hecho incontestable por la investigación oficial moderna, si bien también admiten algunos otras procedencias conjuntamente con la norteafricana, en lo que yo personalmente no estoy de acuerdo.
Siendo todo ello así, está claro que las objeciones que mi descortés detractor opone a mi teoría deben hacerse extensivas a la inmensa mayoría de los estudiosos de la prehistoria canaria como preconizadores también de ese origen bereber, y no tiene por qué personalizarme.
Además, y para terminar, no deja de merecer un comentario la incongruencia de que un crítico tan perspicaz como el señor Biedermann cuando se trata de establecer correlaciones o discrepancias entre la cultura de los antepasados continentales de los isleños y la de estos mismos, pase por alto sin embargo un factor que sí tiene auténtica trascendencia en la dilucidación de la problemática del poblamiento canario, cual es el del total desconocimiento de la navegación en las islas en tiempos prehispánicos, perdiéndose por contra en vanas disquisiciones sobre las supuestas vicisitudes y peripecias náuticas que aquellos primeros inmigrantes debieron sufrir, sin querer caer en la cuenta de que la única explicación racional al anautismo guanche es la de que aquellas gentes jamás pudieron haber conocido la navegación por la sencilla y categórica razón de que es de todo punto imposible que una actividad tan consustancial a una sociedad marinera como es el uso de barcos pueda perderse sin dejar el menor rastro de su existencia en un medio geográfico como el de nuestro archipiélago.
En consecuencia, forzoso es tener que llegar a la conclusión de que la única respuesta posible al problema del poblamiento canario es la de que aquellos primeros inmigrantes tuvieron que ser transportados a las islas por otras gentes navegantes, justo como nos lo cuenta en su célebre y denostada ‘leyenda’ el historiador J. de Abreu Galindo, la cual, ¡oh prodigio de prodigios!, concuerda, como por arte de magia, con todas las conclusiones científicas básicas más actualizadas de la prehistoria canaria.

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