sábado, 26 de marzo de 2011

HISTORIA DE LANZAROTE-SIGLO XVIII-1ª PARTE



     Reacción popular ante la implantación de las oficinas de aduana en la isla
     Entró el nuevo siglo en la historia de nuestra isla arrastrando los mismos males de penuria y miseria producto de la sequía, agravados estos hechos naturales por enfermedades, como la fiebre amarilla en 1701, y los problemas económicos y administrativos que la venían aquejando en el que acababa de expirar, males a los que buen número de sus habitantes procuraba sustraerse emigrando hacia el Nuevo Mundo en busca de un mejor porvenir, causándose con ello la consiguiente regresión o, cuando menos, estancamiento en la demografía insular.
     Susceptibilizados como estaban los lanzaroteños contra el pago de los impuestos, y habida cuenta de las penurias por que atravesaba la isla, se comprende perfectamente la violenta reacción que experimentaron ante la decisión del Ministerio de Hacienda de instalar las primeras oficinas de aduanas en la isla. Fue tal la animadversión del pueblo hacia el funcionario nombrado para regentarlas que el buen hombre tuvo que disfrazarse de fraile para poder escapar de las iras del populacho, tragicómico incidente que tuvo lugar en 1714. Mas pese a esta primera impulsiva reacción, apaciguados los ánimos, no tardaron los ciudadanos en cumplir con la ley y acatar la orden gubernamental.

     Hereda el marquesado doña Leonor, hija de don manuel duque de Estrada    
     Al fallecimiento de don Manuel Duque de Estrada en 1717 heredó el marquesado su hija doña Leonor. La posesión del marquesado por parte de esta señora duró muy poco tiempo, pues falleció el 22 de septiembre de 1718 y además sin sucesión, con lo que se originó otro enconado pleito sucesorio, del que salió triunfante el pretendiente al mismo don Manuel Mazán de Castejón marqués de Velamazán, según dictamen judicial de 29 de diciembre de 1729.
     Tuvo gran resonancia social durante el breve mandato de doña Leonor aquella sonada alteración del orden público a causa de la tenaz oposición de las autoridades lanzaroteñas a que fueran intervenidos los caudales de las rentas del señorío por el oidor de la Real Audiencia de Canarias señor Morrondo, caudales que se hallaban embargados por decisión judicial y que venían siendo empleados para atender determinados gastos públicos perentorios, turbio asunto que logró recomponerse tras repetidos tiras y aflojas.

     El caso del patache holandés
     Habida cuenta del número de casos de eco histórico sobre la presencia de naves en el canal de El Río habrá que convenir en que dicho fondeadero debió ser muy concurrido en la época de la navegación a vela, pues es lógico suponer que la cantidad de estadías de barcos que han quedado sin registrar documentalmente tiene que haber sido mucho mayor que las conocidas.
     De tales casos se conocen varios, como se ha visto, en que al tratarse de naves entonces enemigas de la nación española, fueron rendidas o puestas en fuga por los isleños empleando la astucia y el asalto por sorpresa.
     Uno de los más paradigmáticos en ese sentido fue el acaecido en el año 1724, pues parece talmente sacado de las páginas de una novela de audaces aventuras. Los hechos ocurrieron de la siguiente manera: En octubre de ese año echó anclas en El Río un patache holandés cargado de ricas mercancías que había sido apresado días antes por un corsario argelino no lejos de las costas inglesas. Al mismo habían sido transbordados, con el encargo de dirigirse a Argel, catorce argelinos y tres renegados cristianos que formaban también parte de la tripulación. Eran estos tres renegados un siciliano llamado Ignacio Amoroso (que por cierto venía ejerciendo de arráez o piloto), un mallorquín cuyo nombre era Sebastián Romaguí y un griego del que las fuentes históricas que relatan el suceso no consignan ni el nombre ni el apellido.
     El arribo de la embarcación no era normal. Obedecía en realidad a un plan fraguado por los tres europeos, quienes habiendo decidido reintegrarse a la sociedad cristiana se valieron de engaño para desviarse hacia nuestro archipiélago haciendo creer a los argelinos que estas islas eran de pertenencia francesa, país con el que Argel se hallaba entonces en paz.
     Una vez anclado el patache en el Río fue desembarcado en Bajo el Risco el mallorquín Sebastián Romaguí, quien se puso en contacto sin pérdida de tiempo con un militar de alto rango de Lanzarote llamado don Rodrigo Peraza que a la sazón se hallaba residenciado en el pueblo de Haría, a quien puso en antecedentes de lo que habían planeado, pidiéndole ayuda para llevarlo a buen término. Comprendiendo este señor la propicia ocasión que se le brindaba en bandeja para obtener una buena presa hizo los preparativos pertinentes con la mayor diligencia y se encaminó acto seguido hacia Bajo el Risco, presentándose ante los corsarios argelinos fingiéndose francés. A continuación, usando de corteses modales, logró convencer a los principales componentes de la tripulación argelina para que aceptaran ir a su casa al tiempo que lograba dejar en la nave un buen número de los suyos. De este modo, entre las acciones coordinadas de los que quedaron a bordo y la de ellos en la lancha que los conducía a tierra, no le fue difícil a don Rodrigo, sobre todo después de haber herido de muerte al pirata que se sentaba a su lado con su propio sable, que logró arrebatarle por sorpresa, hacerse dueño de la situación.
     A lo dicho hay que añadir que según cuentan las crónicas, aquellos preciados artículos de que la nave iba cargada, sirvieron para incrementar las arcas, no precisamente de quienes expusieron sus vidas en tan arriesgado lance, sino las del Coronel de las Armas de Lanzarote don Pedro de Brito y las del Capitán General de Canarias el conde de Vallehermoso.

     Creación de la parroquia de Yaiza
     Obedeciendo a las mismas razones de lejanía expuestas para la ayuda de parroquia de Haría con respecto a la central de Teguise, fue creada en 1728 la parroquia de Yaiza, siendo entronizada como patrona de la misma la Virgen de los Remedios.
     Para proveer a la construcción del templo parroquial donaron algunos de sus vecinos más pudientes sendos predios cultivables. Habido el dinero entró en acción el clero, disponiéndose su erección por el prelado de Canarias Vicuña y Zuazo, finiquitándose la construcción de la iglesia en los umbrales del siglo siguiente.
     Ya existía como aldea en el mapa de Torriani (década de los 80 del siglo XVI), es de suponer que con poco vecindario. Su historial demográfico es como sigue: Sinodales del obispo Dávila (1735), 210 vecinos; Ruiz Cermeño, en 1772, 76 vec.; Censo de Aranda (1769), 1367 habitantes.; el compendio brebe y famosso de 1776, 104 vec.; en 1843 (Millares Cantero, A., 1982), 804 hab.; Censo de 1860, 1576 hab.; De la Puerta Canseco, en 1897, 1.353 almas; el A B C de las Islas Canarias, de 1913, 1347 hab.; El Censo de la población de España de 1940, 1439 hab.
     El nombre de este pueblo es de evidente rango aborigen, un caso consumado por lo tanto de empleo indebido de /z/ por /s/ con que solía escribirse antiguamente. En cuanto a su interpretación, Wölfel dice renunciar a buscar paralelos bereberes a causa de lo difícil de armonizar la /y/ inicial con sonido de esa lengua de origen.
     No es cierto, en absoluto, que se sepa por documentos antiguos que fuera nombre de una princesa de la isla, ni siquiera que haya sido un patronímico.
     Son sus pagos:
     Uga. Pago situado a poca distancia hacia el E de la cabeza del municipio, cuyo patrono es San isidro.
     Esta localidad ya debió existir como centro poblacional desde años antes de la venida de Torriani a Lanzarote, pues lo recoge en el mapa que hizo de la isla, si bien ubicándolo en una posición anómala con respecto a su vecina Yaiza, errores en que incurrió con otros muchos pueblos que incluyó en dicha carta.
     En el documento de 29-XII-1730 de los legajos de Simancas se le adjudican 38 vecinos, lo que equivale a algo menos de 200 almas. En 1772, el ingeniero militar José Ruiz Cermeño, en la relación que dejó escrita con ocasión de su venida a la isla, le asigna 34 vecinos, descenso poblacional que pudiera obedecer al éxodo de los isleños subsiguiente a las terribles erupciones de los años treinta de aquella centuria. Madoz, sin embargo, a mediados del siglo siguiente, le da en su Diccionario sólo 24 vecinos, unos 120 habitantes en números redondos, sin que se sepa, salvo que se deba a error, a qué atribuir este acusado retroceso en el número de habitantes del pueblo. No obstante, sólo unos diez o quince años después, P. de Olive nos dice que el número de vecinos había aumentado hasta los 437, cuyas familias se alojaban en 31 casas terreras y 68 chozas.
     Uga tiene todas las trazas de ser nombre guanche. En opinión de diferentes autores versados en estas lenguas tiene el valor de 'pradera verde' o algo así, ya que es voz afín a la palabra bereber Tuga en la que se encuentra el artículo fusionado, a la que se le atribuye esa acepción. No existe, por otra parte, dato documental alguno que ofrezca la menor base para considerarlo un antropónimo femenino prehispánico, como algunos pretenden.
     Las Casitas. Se encuentra este pequeño caserío a la entrada del Valle de Femés.
     Su existencia es muy antigua. Se cita desde el siglo XVII, junto con otros pueblos de esta zona sur de la isla, en un documento que se conserva en la iglesia de Yaiza.
     Con respecto al número de habitantes que ha tenido a lo largo de su historia sabemos que J. Ruiz Cermeño (1772) le asigna 21 vecinos. El ‘Compendio brebe y famosso de 1776’, 29. P. Madoz (1850), 55. P. de Olive (1860) dice que tenía 35 casas.
     Femés. Al final del mismo valle está Femés, que ya fue municipio independiente entre 1818 y 1953. En este pueblo se venera, el 7 de julio, a San Marcial, santo patrono de la isla.
     He aquí un breve resumen del desarrollo poblacional del pueblo a través de los siglos: El documento de Simancas de 29-XII-1730 le da 41 vecinos. J. Ruiz Cermeño (1772), 30. El Compendio Brebe...de 1776, 28. Madoz dice que tiene ”30 casas medianas de labranza y una iglesia, y le asigna “91 v. y 326 almas”. En el Diccionario de P. de Olive (1860) figuran para Femés de 160 a 180 almas repartidas entre 55 casas y chozas. J. de la Puerta Canseco (1897), le da 307 habitantes.
     Fechas señaladas en el devenir histórico de este pueblo son las siguientes: Entre 1637 y 1640 se entroniza en su iglesia, que se había acabado de construir por entonces, la imagen del patrono de la isla, San Marcial, que en 1629, según todos los indicios, había sido depositada en Maciot  procedente de la primitiva iglesia de San Marcial de Rubicón por orden del obispo de la Cámara y Murga dada durante su visita pastoral a la isla en ese año, sede que desde entonces ha conservado la imagen.    
     El nombre Femés tiene todas las trazas de ser preeuropeo, pero qué pueda haber significado en esa lengua indígena no se sabe. Wölfel, por ejemplo, dice no encontrarle paralelos bereberes. Lo que sí me ha llamado la atención es que tanto el valle de Femés como el próximo a él paralelo de Fenauso, algo parecidos en características y dimensiones, comienzan por la misma sílaba...
     La Degollada. Caserío de pocas casas situado al final del Valle de Fenauso, al pie del volcán de La Atalaya por su lado N y al lado de La Montaña del Cabo por su costado de naciente.
     El ingeniero militar José Ruiz Cermeño en su informe de 1772 le asigna 7 vecinos y Pedro de Olive en 1860 dice que tiene 86 habitantes.
     El nombre lo toma de la ‘degollada’ (nombre dado en la isla a un collado o puerto) que se forma entre las dos montañas citadas, junto a la cual se encuentra.
     Maciot. De pocas casas también, espaciadas por debajo de Femés en la gran rinconada que se forma entre El Pico de la Aceituna y Pico Redondo por el lado E y La Atalaya y La Caldereta de Maciot por el del N, se ubica Maciot.
     Se supone que su nacimiento fuera consecuencia de haber construido allí Maciot de Bethencourt una casa cuando ya se encontraba al mando de Lanzarote, la cual sería el centro habitacional que dominaría el territorio que entonces, al parecer, llevaba por nombre La Dehesa de Tagaciago, que le habían donado los vecinos de la isla, territorio que debía abarcar buena parte de la extensa zona conocida aún en la actualidad por Rubicón. Hasta no hace muchos años podían verse todavía los restos de lo que parece haber pertenecido a un edificio de cierta magnificencia, que posiblemente pudo haber sido la  casa de Maciot.
     Sería también a este lugar a donde se trasladaron temporalmente las imágenes y demás adminículos dedicados al culto pertenecientes a la primitiva ermita de San Marcial de Rubicón a causa del estado de desvalimiento en que se encontraba ante las profanaciones de que era objeto por parte de los piratas, traslado que se efectuó por orden del obispo de la diócesis de Canarias Cristóbal de la Cámara y Murga con ocasión de su visita a la isla en 1629, pues la iglesia de Femés, heredera de la advocación de este santo, no se había construido aún.
     A mediados del siglo XIX, según Madoz, esta aldeílla no tenía más de media docena de casitas, que ya habían duplicado su número unos años después, como nos lo hace saber el padrón municipal de 1866-67, a lo que siguió un ligero decrecimiento poblacional por los años ochenta siguientes según refleja P. de Olive en su Diccionario.
     El nombre correcto del caserío debe ser este de Maciot, el de su fundador, que es en la actualidad el oficial, pero tradicionalmente, en documentos del pasado, se ha escrito Mación las más de las veces, así como con /s/, Masión, tal como se continúa pronunciando en nuestros días por la gente llana del pueblo.
     Las Breñas. Se encuentra a unos 4 Km al SO de la cabecera municipal asentado sobre terrenos escabrosos, de donde indudablemente debe provenirle el nombre.
     J. Ruiz Cermeño (1772) le asigna 20 vecinos; El Compendio brebe y famosso de 1776 aumenta este vecindario en uno más; P. Madoz (1845-50) dice que “Tiene 30 casas malas y dispersas”, y P. de Olive (1860) aumenta este número de viviendas a 46.
     Su ermita se encuentra bajo la advocación de San Luis Gonzaga.
     La Hoya. Está situado junto a las salinas de Janubio, un poco por encima, al N.
     Se trata de un pequeño caserío de unas pocas casas. Según el padrón parroquial de 1821, La Hoya tenía entonces 34 almas; en 1860 P. de Olive (1860) dice que poseía cuatro edificios, y en 1877 contaba  con 48 habitantes.
     Playa Blanca. Nacida como incipiente puerto pesquero en el siglo pasado se ha convertido en la actualidad en un emporio turístico de la costa S de la isla.
     El nombre de este lugar es antiguo de siglos. Ya se cita con esta denominación en un mapa de la isla trazado por el ingeniero militar Alejandro de los Ángeles hacia 1767. Debió nacer del acusado contraste que sus claras arenas presentaban con las de las playas próximas a uno y otro lado, la de Ásife al naciente y las de La Campana y Bajo Montaña por el poniente, de gravilla de color gris oscuro las dos primeras y de arena rojiza la última.
     El pueblo de Playa Blanca, que ha tomado el nombre de ella por desplazamiento metonímico, inició su desarrollo demográfico en los comienzos del siglo pasado con pescadores procedentes de las aldeíllas de Papagayo y Berrugo, a los que se fueron agregando sucesivamente otros de Corralejo y Tostón en Fuerteventura y algunas familias más de los pueblos vecinos de Femés y Las Breñas.
     Luego de un crecimiento poblacional lento pero continuado, favorecido por el embarque por su bahía de la sal de Janubio y el aumento sustancial que le supuso la creación de las primeras plazas hoteleras, tuvo como causa motor definitiva de su despegue demográfico la construcción del puerto en sus aledaños, el cual, además de su primaria función pesquera se constituyó enseguida como puente de las comunicaciones marítimas con la isla de Fuerteventura.
     En la actualidad, el topónimo, que en principio se circunscribía a la playa de arena, no muy grande por cierto, y las casas de los pescadores de barquillos, se ha expandido territorialmente con la construcción de varios hoteles y múltiples apartamentos turísticos hasta cubrir una superficie urbanizada de más de 3 Km2.
     Es su patrona, como no podía ser menos, la Virgen del Carmen.

     Problemas con la línea sucesoria del señorío
     Con la prematura muerte de doña Leonor en 1718 quedó rota por segunda vez la línea sucesoria del señorío, declarándose nueva contienda legal por la consecución de su título y estados, siendo obtenido once años después, en 1729, por don Manuel de Castejón, marqués de Velamazán, quien pronto intentó, tal como habían hecho sus predecesores, rescatar las rentas incautadas por el Estado, sin tampoco conseguirlo.

     Sequía extrema y consiguiente hambruna. Primeros avisos volcánicos

     Por los años 20 de este siglo, debido a la pertinaz sequía reinante, la situación de la clase trabajadora era verdaderamente extrema, pues al no llover no se obtenían granos, artículo imprescindible para el consumo humano, ni se podía mantener a los animales. No habíanada que comer. Así se mantuvo la situación durante varios años. En un documento manuscrito de esa época se cuentan al respecto cosas espeluznantes. En él puede leerse que “el año antecedente del 1721 fue en esta isla muy estéril, de extrema necesidad, que muchas familias enteras murieron de hambre, comían suelas de muladares, y una madre anduvo con un hijo muerto en los brazos muchos días solo por alcanzar la limosna que se le daba al chico”.
     Pocos años después se comenzaron a sentir de forma intermitente los temblores de tierra que culminaron en la gran conflagración volcánica que en aquel siglo sumió a la isla en una profunda consternación y continua zozobra durante un desesperante quinquenio.

     Emigración hacia América
     Incapaz de soportar por más tiempo tantas adversidades, mucha gente abandonó la isla en busca de un porvenir más halagüeño. Familias enteras marcharon hacia América, algunas de las cuales dejaron huella indeleble en aquellas tierras de promisión, tanto en el continente sur, donde contribuyeron de forma destacada a consolidar la fundación de Montevideo en 1729, como en el del norte, en que hicieron otro tanto en 1730 con la ciudad de San Antonio de Texas, en territorios pertenecientes entonces a España, cuyos descendientes conservan incólume hasta nuestros días el orgullo de su origen canario.
     Los que marcharon a Uruguay lo hicieron en el velero ‘San Marcial’. Fueron ciento cincuenta personas de treinta familias. De entre todas ocupa lugar preeminente la familia Herrera, que ha dado a aquella nación hijos ilustres, uno de los cuales, José de Herrera y Obes, llegó a ostentar el cargo de Presidente de la República. Además de haber dado figuras relevantes en el campo de la política, como es el caso de éste además de otros, también los hubo que florecieron en el arte, la literatura y en otras actividades culturales.
     Los que tuvieron su destino en la parte norte del continente estaban compuestos por las siguientes familias: Juan Leal Goraz y Lucía Catalina Hernández Rodríguez, con cinco hijos; Juan Curbelo y Gracia Perdomo Umpiérrez, con otros cinco; Juan Leal, hijo del anterior, y Lucía Acosta, con cuatro; Antonio Santos e Isabel Rodríguez, con cinco; Juan Cabrera y María Rodríguez, con tres; Juan Rodríguez Granadillo y María Rodríguez Robaina, con cinco, y Lucas Delgado y María Melián, con cuatro.
     De Lanzarote partieron hacia el puerto de Santa Cruz de Tenerife, de donde zarparon el día 27 de marzo de ese año 1730 con destino al puerto de Veracruz vía La Habana, de cuya ciudad mejicana alcanzaron por tierra su destino final, el presidio (guarnición militar) de San Antonio de Béxar en Tejas, fundando allí la ciudad de ese nombre. El equipaje de cada familia se reducía a una caja con los más imprescindibles útiles y una buena cantidad de gofio ensacado. El buque que los transportaba era el Santísima Trinidad, de 183 toneladas, de capacidad más bien exigua para la cantidad de pasajeros que iban a bordo, lo cual fue motivo de ciertas quejas y perturbaciones. De más está decir que el viaje, tanto el marítimo como el terrestre, consistió en una arriesgada odisea en la que perecieron algunos de los expedicionarios.
     Desde un principio fue alma máter de la expedición por su edad, carácter determinado y otras cualidades que lo adornaban, Juan Leal Goraz (falto, por cierto, del ojo izquierdo), nacido en 1676, labrador y edil del ayuntamiento de Teguise.

     Autoridades máximas de la isla al comienzo de las erupciones
     Al tiempo del comienzo de las erupciones volcánicas ocupaban los puestos de máxima responsabilidad de gobierno en la isla, las siguientes personalidades: Por parte del estamento civil, el Alcalde Mayor Melchor de Arvelos, dependiente directamente de la Real Audiencia de Canarias; por parte militar, el Gobernador de las Armas o Sargento Mayor, Pedro de Brito, sujeto a la autoridad del Gobernador General de Canarias, y por el ramo eclesiástico, Ambrosio Cayetano de Ayala, Vicario de Lanzarote.

     Inicio de la erupción del siglo XVIII
     El 1º de septiembre de 1730 se inician las erupciones volcánicas que habrían de convulsionar el suelo de la isla durante unos cinco años. Tales erupciones están consideradas como uno de los mayores fenómenos de esta naturaleza de cuantos se hayan conocido en nuestro planeta en época histórica, tanto por su duración como por el volumen de materiales eyectados, habiendo sido numerosos los caseríos, cortijos y campos de cultivo que desaparecieron cubiertos por un ardiente sudario de lava y arenas que se les echo encima en arrolladora avalancha.
     El documento que con mayor extensión y más pormenorizadamente describe el cataclismo es el Diario que el entonces cura de Yaiza don Andrés Lorenzo Curbelo, testigo presencial del suceso, si bien sólo en sus primeros dieciséis meses, compuso con los datos que iba recopilando a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Mas preciso es reconocer que a pesar de tratarse de un testimonio ocular, o cuando menos, es de suponer, de información personal suministrada en parte por otros testigos también presenciales, las versiones que de él se conocen –pues el original se ha perdido– no son muy fiables. Los numerosos fallos o errores que en él se cometen deben tener como causa en primer lugar la descuidada traducción que del manuscrito original hizo el geólogo alemán Leopold von Buch, quien dice haberlo encontrado en Tenerife, manuscrito que insertó en su obra Physicalische Beschreibung der Canarischen Inseln publicada en 1825; en segundo lugar las incorrecciones cometidas a su vez en otra traducción sacada de esta alemana vertida al francés por el Ingeniero de Minas C Boulanger, que figura en su obra Description physique des Ils Canaries de 1836, y en tercer lugar otros errores más cometidos en una tercera traducción hecha al español por el geólogo español Eduardo Hernández-Pacheco de la versión francesa, que incluyó en su obra Estudio geológico de Lanzarote y de las isletas canarias, que vio la luz en 1909, versión esta última que ha sido practicamente la única utilizada modernamente por los historiadores y volcanólogos que se han ocupado del estudio de esta erupción.
     Para obviar en la medida de lo posible esos defectos producto de la triple traducción he optado por valerme en el presente trabajo de la versión primera alemana, que como es natural tiene que estar más libre de irregularidades por hallarse más próxima al original del cura, a la cual he sometido a una traducción al español lo más fiel y exacta posible.
     De todas maneras hay que reconocer que aún esta versión menos viciada por haber sufrido sólo una traducción contiene también lamentables errores e inexactitudes, detectables al ser esos errores cotejables en algunos casos con los mismos hechos que figuran en otros documentos oficiales conocidos, de primera mano, mucho más fiables por tanto.
     Entre estos otros documentos que aparte del Diario del cura han supuesto unas piezas documentales de gran valor para esclarecer, en parte al menos, el desarrollo de este proceso eruptivo, figuran una serie de legajos que se custodian en los archivos de Simancas compuestos por sendos escritos cruzados entre las autoridades lanzaroteñas y las archipelágicas durante los años de las erupciones, incluyendo los eclesiásticos, y unos cuantos más de variada índole y fechas cercanas a las erupciones.
     Para evitar interpretaciones erróneas sobre los nombres que aquí se dan, hay que tener presente que la toponimia que utilizo en este trabajo no es la obsoleta de la cartografía militar, cuajada de errores, sino la actualizada por el que esto escribe recogida en el nuevo mapa de la isla editado por GRAFCAN.
     No es difícil imaginar el estado de perplejidad y asombro que creó en la isla la apertura del primer volcán. Una muestra de esta reacción nos la da el historiador canario J. A. Álvarez Rixo en este pequeño pasaje de su obra Historia del Puerto del Arrecife: “Que a día 1º de septiembre tan luego como se oyeron los primeros estampidos en Teguise no sabían a qué atribuirlo, y despacharon algunos soldados de a caballo que entonces había en su milicia para que reconociesen el peligro, los cuales volvieron en la noche a toda brida haciendo incomprensible y espantosa relación porque no tenían antecedente de estos fenómenos, ni los caballos se mostraron dóciles para aproximarse. Finalmente la llegada de los asombrados moradores de aquel desdichado suelo, la aldea de Chimanfaya, a 3 leguas O de la Villa, aclaró todo”.

     Primer volcán
     La erupción, como es normal en estos casos, estuvo precedida de fenómenos anunciadores de su apertura durante algunos años, consistentes en temblores de tierra o ruidos subterráneos, e incluso, por terremotos, en ocasiones bastante violentos.
     Los volcanes surgieron a favor de una gran fractura tectónica arrumbada de OSO a ENE, de unos 14 Km de longitud en tierra firme medidos entre sus conos volcánicos extremos, El Quemado a poniente y Montaña Colorada a naciente, pasando de la veintena el número de bocas de emisión que surgieron a lo largo de esa fractura que dejaron el resultado topográfico del correspondiente cono o montaña.
     En cuanto a la fecha de su comienzo no existe duda alguna. Se sabe incluso, con bastante aproximación la hora en que comenzó. Fue entre nueve y diez de la noche, más próximo por lo que parece a la última de las horas, según se declara en alguno de los referidos documentos. Así, en el Diario del cura podemos leer: “El 1 de septiembre de 1730, entre 9 y 10 de la noche, se abrió repentinamente la tierra a dos millas de Yaisa, cerca de Chimanfaya”, y en el Libro de Recuerdos de la catedral de Canarias que “El 1 de septiembre de 1730 reventó un volcán (...) a las diez de la noche poco más o menos, en el lugar de Chimanfaya por la parte de arriba, un tiro de mosquete de la cilla donde se recogían los granos decimales”, e igual fecha se da en otros escritos de la época. El historiador canario Pedro Agustín del Castillo, que escribió muy pocos años después del suceso, da incluso el nombre del día de la semana, que, según dice, fue un viernes.
     También está bastante bien determinada la situación del cono o montaña que se formó en primer término con el inicio de las erupciones. Por determinadas observaciones y deducciones obtenidas por geólogos de reconocida solvencia en la volcanología de Lanzarote, entre ellos el propio Von Buch, debe tratarse con toda probabilidad del conocido hoy por La Caldera de los Cuervos, enclavado en pleno mar de lava moderna a unos 3 Km al NO de Conil, desviado, por cierto, de la alineación general 1 Km al S de la misma.
     “Ya en la primera noche –continúa el ‘Diario’ se formó una montaña de considerable altura de la que salieron llamas que se mantuvieron durante dieciocho días [19 se dice en otros documentos más fiables] sin interrupción. Pocos días después –prosigue– se abrió una nueva sima, probablemente al pie del cono volcánico recién formado, y una arrolladora corriente de lava procedente de ella se precipitó sobre Chimanfaya, sobre Rodeo y sobre una parte de Mancha Blanca”, recorrido que supone una distancia de algo más de 3 Km.
     A esto añade Von Buch por su cuenta: “Esta primera erupción tuvo lugar por tanto al E de La Montaña del Fuego, a cosa de medio camino entre dicha montaña y El Sobaco”, lo que efectivamente coincide grosso modo con la situación del citado volcán de La Caldera de los Cuervos. Y continúa: “La lava corrió sobre los pueblos hacia el N, primero rápida como el agua, luego con más dificultad y despacio como la miel. Pero el 17 de septiembre se levantó con un ruido atronador una roca enorme surgida de las profundidades de la tierra que obligó a la corriente de lava a dirigirse hacia el NO y ONO en lugar de seguir hacia el N”.
     Llegados a este punto hay que hacer las siguientes aclaraciones: En primer lugar hay que rectificar esa fecha 17 del día en que surgió la roca, puesto que la misma, como es lógico, tuvo que ser anterior al día 11 que se da más adelante para unos hechos acaecidos entonces, fecha esta más digna de crédito. Y efectivamente así lo hace constar Hernández-Pacheco en su versión del manuscrito, en la que le asigna el día 7, seguramente pensando, dada la incongruencia que ello suponía, que el /1/ del 17 habría sido un error de escritura. De todas formas, aunque este acortamiento en días pueda ser cierto no es seguro que necesariamente fuera el día 7 el verdadero, pues cualquier otro anterior al 11 puede, naturalmente, ser válido.
     En cuanto a la afirmación que hace Von Buch refiriéndose a la roca salida de las profundidades de la tierra de “que no se veía surgir de la lava nada que se pareciera a una roca sólida”, hay que decir que tal aseveración no es cierta, pues existe enclavada precisamente en el campo de lava que se extiende frente a la abertura que da acceso al interior del cráter de este volcán una voluminosa roca, bien visible  a distancia, que tiene todos los visos de ser el trozo de pared que lo cerraba por aquel lado más bajo, el cual tras ser desgajado por la presión del magma que pugnaba por salir fue arrastrado hasta aquella posición por la impetuosa corriente de lava que se derramó por el portillo así formado. Es posible que su desprendimiento coincidiera con el “ruido atronador” que dice Von Buch haberse oído, ruido que de haber sido real procedería de otro efecto de la actividad volcánica como otros muchos que hubo y no a causa del desgajamiento de la roca.
     Sobre este segundo vertido de lava que se desvió hacia el NO y ONO añade Von Buch: “La lava alcanzó entonces, con mayor velocidad, los pueblos de Macetas [error de escritura por Maretas] y Santa Catalina, situados en el valle, a los que destruyó”, y continúa: “El 11 de septiembre se renovó la fuerza de la corriente de lava. De Santa Catalina cayó sobre Maso, quemó y cubrió totalmente la aldea y se precipitó luego como una catarata de fuego en el mar con un ruido horrible durante ocho días seguidos, y termina diciendo: Los peces flotaban muertos en cantidad indescriptible sobre la superficie de las aguas o eran arrojados a la orilla moribundos. Luego todo se calmó y la destructiva erupción pareció haber terminado”. El largo de esta colada tuvo que ser, por lo tanto, de unos 13 Km.
     Otro escrito, una carta enviada por las autoridades de Lanzarote a la Real Audiencia el 17 de octubre, cita como afectados por este primer volcán a los pueblos que siguen: “Chimanfaya, Rodeo, Mancha Blanca la grande, parte de Las Jarretas, Buen Lugar, Santa Catalina con su iglesia, y Mazo”. De ellos hay uno que no figura en los textos ya comentados, que es el de Las Jarretas. Por lo visto estaba próximo al volcán en cuestión, es decir, La Caldera de los Cuervos, pero algo desviado hacia el O del mismo. Tenía, según las Sinodales del obispo Dávila y Cárdenas, 7 vecinos o familias.
     No se conoce con exactitud la ubicación de los pueblos o caseríos aquí mencionados al no haber quedado apenas restos de edificios visibles o algún otro vestigio de ellos, pero por determinados datos, en especial topónimos existentes similares a sus nombres y otras deducciones derivadas de documentos antiguos, se puede tener una idea aproximada de dónde se encontraban algunos de ellos. En el número de habitantes también hay algunas noticias que los dan de forma aproximada en versión de vecinos o familias, cantidad de habitantes extraíble de un coeficiente de 4’5 personas. A continuación va una relación de los mismos con esos y algunos otros datos por el orden en que fueron desapareciendo:
     Chimanfaya. Quedó destruido por la lava a las veinticuatro horas de reventar el volcán, según algunos escritos oficiales de la época, y no “a los pocos días” como dice el Diario del cura.
     Debe ser nombre aborigen, pero no he encontrado nada esclarecedor sobre su significado. Wölfel, aparte de confundirlo con Timanfaya, se debate en conjeturas confusas, y de otros especialistas no he encontrado nada aprovechable.
     Este pueblo debió encontrarse un poco hacia el N del volcán de La Caldera de los Cuervos, quizás a poco más de medio Km de distancia del mismo, pues la cilla de los diezmos del pueblo se dice que estaba a un tiro de mosquete del volcán, y eso equivale a unos 600-700 m.
     Su población, según las Constituciones Sinodales del obispo Dávila y Cárdenas, era de unos 24 vecinos.
     El Rodeo. Debería estar próximo a la montaña actual de ese nombre, por su lado de naciente, pues por el otro estaba Santa Catalina. Su población era sólo de 4 vecinos.
     Mancha Blanca. Estaba repartida en dos núcleos poblacionales, Mancha Blanca la Grande y Mancha Blanca Chiquita. Parece que se encontraban a cosa de un par de kilómetros al S de la Mancha Blanca actual, en el gran campo de lava que se extiende hoy al resguardo de las montañas de los Rostros y Coruja, Mancha Blanca Chiquita a nivel, por lo que parece, un poco más elevado, pues apenas fue alcanzada  por la colada de lava que destruyó a la Grande, de 44 vecinos.
     Buen Lugar. Se encontraba, con su ermita de San Juan, un poco al N de Santa Catalina.
     Maretas. Si hemos de dar crédito al obispo Dávila y Cárdenas, se trataría de un cortijo, pues en sus Sinodales le asigna sólo un vecino. Su situación era, por lo que parece, casi contigua a Buen Lugar.
     Santa Catalina. Fue el pueblo que dejó más recuerdos de cuantos fueron destruidos por este primer volcán, quizás por la devoción que su patrona despertaba. El número de sus vecinos ascendía a 42, y su situación está bastante bien fijada por la montaña de su nombre, no muy alta, que se yergue a poniente y próxima a la de el Rodeo, de la cual no podía distar mucho, además de por lo dicho sobre La Caldera de la Rilla de haberse formado encima mismo del pueblo, como se verá más adelante.
     Maso. Fue el último, dada su situación, de los pueblos destruidos en esta ocasión por la lava, la cual una vez que lo arrasó continuó discurriendo pendiente abajo hasta ganar la costa, acrecentando incluso la superficie de la isla por aquel lado en una cierta extensión con el derrame lávico que se introdujo en el mar.
     Su localización exacta no es fácil de fijar. Lo que sí parece probable a juzgar por los topónimos que han quedado y algunos datos o referencias documentales conocidos, es que debió existir un territorio bastante amplio conocido con este nombre de Maso que se extendería entre la Montaña de los Miraderos y la gran Caldera Blanca con una prolongación hacia el NO, pero en qué punto del mismo se hallaba el pueblo de su nombre no se ha podido determinar con exactitud, si no es que había algunas casas de la aldea desperdigadas por allí. Esos datos o referencias serían, además de lo que se lleva dicho, la existencia en él de La  Montaña de Maso y El Mojón de Maso, un mogote rocoso distante de la montaña un par de Km en dirección NO; un documento del año 1646 en que se dice que el pueblo de Maso “pertenece al término del Miradero” (lugar este aún conocido en la actualidad), y otro de 1723 en el que se sitúa a la aldea de Maso “al S de los charcos de Montaña Bermeja”, que no puede ser otra que la conocida desde tiempo inmemorial con el complemento onomástico ‘de los Betancores’, situada en solitario en medio del mar de lava, 1 Km al NO del citado Mojón de Maso, cuyos charcos no podrían encontrarse muy lejos de ella, y finalmente el mapa de los archivos de Simancas, que lo coloca hacia el extremo de poniente de todos los pueblos destruidos, no muy lejos de la costa de ese lado de la isla. El conjunto de estos topónimos y demás datos expuestos configuran un territorio de unos 5 Km de largo y 2 a 3 de anchura que sería conocido en conjunto con el nombre de Maso a secas, o término de Maso o algo así. Al S, o más bien SO, del gran volcán de Caldera Blanca, en ese extenso campo de lava petrificada que cubre en la actualidad lo que en su tiempo fue La Vega de las Flores, sitúa por tradición al caserío de Maso gente vieja de Tinajo. Yo supongo que esta opinión popular no debe hallarse muy descaminada, y que sería, efectivamente, por aquellas inmediaciones donde el pueblo debería hallarse, o al menos su casco más concentrado, a poniente del gran volcán de su nombre y SO de Caldera Blanca.
     Este primer volcán próximo a Chimanfaya se extinguió definitivamente el día 19 del mismo mes de septiembre, según se acredita en algunos documentos de la época.

     Surgen simultaneamente dos nuevos volcanes. Sus efectos
     A este primer volcán, después de un periodo de calma de tres semanas, siguieron otros dos que reventaron el mismo día, el 10 del mes siguiente de octubre, a las cinco de la tarde ambos, uno que se abrió muy próximo a Santa Catalina y otro del lado de Maso. El escrito de Simancas del 17-X-1730 enviado por las autoridades de Lanzarote a la Real Audiencia de Canarias, que parece describirlos con más claridad, dice de ellos:
     “De presente ha reventado otro volcán en diez del corriente [y no 18 como dice el Diario] a las cinco de la tarde con poca diferencia, distante tres cuartos de legua del primero, con la circunstancia de haber abierto dos bocas, la una de la otra a tiro de buen mosquete apartadas, muy cerca la primera de la iglesia quemada de Santa Catalina y la otra de Mazo, echando por ésta tanto fuego y arenas que a distancia de tres y cuatro leguas se siente la incomodidad que obra en la vista y el daño que hace en los tejados y tierras, pues se sabe que la Vega de Tomar [Tomaren], que es el corazón de la isla, las vegas del pueblo con que confina y otras muchas de particulares, con los lugares de Testeina, Guagaro, Conil, Masdache, Cuatiz [debe ser Guatisea], Calderetas y San Bartolomé con sus distritos se hallan ya tan perdidos por lo que han subido dichas arenas que las tierras están incapaces de cultivo y labor, los aljibes y maretas sin agua y perdidas totalmente las acogidas, las casas casi tapiadas, los pajeros trabajosos; el cual estrago también se toca en la Geria Baja, la Vega del Chupadero y parte de Uga. Dichas arenas han cubierto no sólo las vegas, tierras y lugares expresados sino también todo lo montuoso y términos de los ganados mayores y menores; porque hasta los pájaros y conejos con las inmundicias de ratones y otros animalillos andan vagos por encima de dichas arenas sin tener de qué alimentarse, siendo todo lo insinuado nada en comparación del dolor que causa el lloro y lamento de hombres, mujeres y niños, que se ven a rigores del ingrato elemento despojados de sus propiedades y expuestos en los campos a la inclemencia de los tiempos con sus personas y sustentos, buscando simas incultas para alojarse en ocasión tan incómoda como la presente a boca del invierno; con cuyos motivos, precisados de necesidad tan urgente, han ocurrido a este Cabildo los desamparados, instando sobre que los dejemos salir para las otras islas y sacar sus granos, a que hemos acordado participar a V.S. por medio de aviso que despachamos al Exc. Sr. Comandante General de estas islas, a quien expresamos lo mismo, y los continuos temblores que no cesan en toda la isla, porque continuamente está palpitando, con el horror del fuego que subsiste. Y para consuelo de estos pueblos  hemos determinado detener los barcos que se hallan arribados; porque esperamos que V.S. con la brevedad posible determine para sosiego de alguna inquietud que se va reconociendo, que no tome cuerpo”.
     Determinar cuáles fueron estos dos volcanes no es fácil. Pero tomando como base lo que dicen los escritos de Simancas, el que mejor se acomoda a la información que en ellos se da, el próximo a Santa Catalina creo que no hay duda en identificarlo con el conocido en la actualidad con el nombre de La Caldera de la Rilla, nominado en el mapa militar por error La Caldera de Santa Catalina, con toda probabilidad por confusión con la montaña de igual nombre, que está casi contigua a ella por su lado N, innominada en el referido mapa militar. En tanto que el segundo, el del lado de Maso, pudiera ser, pues no veo otro posible, el del Lomo Enchumbado, que es la parte inferior del cono conocido ahora por La Montaña del Señalo conjuntamente con la parte superior troncocónica que se formó con posterioridad en una segunda erupción.
     Aunque estas deducciones parecen bastante coherentes, lo que no se comprende muy bien, sin embargo, es que se diga en dichos documentos que este último volcán se hallaba “muy cerca” de la aldea de Maso o que incluso lo dé como “contiguo” a aquel pueblo uno de ellos, ya que dicha aldea, como hemos visto más atrás, tenía que encontrarse bastante alejada de él, cuando menos a varios kilómetros de distancia, si no es, repito, que por allí hubiera algunas casas de ese pueblo desperdigadas.
     Fueron, pues, estas dos bocas de emisión las que eyectaron la ingente cantidad de lapillis que cubrieron un área de varios kilómetros a su alrededor, terminando luego con la emisión de estos materiales de proyección aérea la boca de Santa Catalina hasta extinguirse, mientras que la de Maso siguió emitiendo, aunque, por lo que parece, sólo lava. Así consta en el documento de Simancas de 8 de noviembre de 1730 enviado por el Gobernador de las Armas de Lanzarote a la Real Audiencia cuando se refiere a los dos volcanes conjuntamente, considerándolos como uno solo, al decir: “...que aunque estuvo sosegado parte de la noche del día 25 del pasado y casi todo el día y noche del 26, revivió echando el mismo fuego y arenas que antes. Y corrió cinco o seis días hasta que se apagó el fuego de la boca grande que abrió inmediata a Santa Catalina, quedando la otra contigua a Mazo en su ser, largando por ella en distintos brazos barrancos de fuego, los que haciendo notable daño por donde pasan terminan en el mar”. 
     Ello explicaría que a pesar de estar recubierto exteriormente este cono volcánico de La Rilla con una gruesa capa de lapilli negro, no contenga nada de este material en el interior de su cráter, pues de haber provenido dichas arenas de otra boca de emisión próxima tendrían que haber caído también dentro del mismo, lo que demuestra que las arenas o lapillis finales tuvieron que ser eyectadas por él.
     A este mismo volcán se refiere el manuscrito del cura de Yaiza en la defectuosa traducción que de él hizo el geólogo L. von Buch, con las siguientes palabras: “El 18 [error por el 10] de octubre se formaron tres nuevas aberturas inmediatamente sobre la calcinada Santa Catalina que arrojaron densas nubes de humo con las que se esparció por los alrededores una increíble cantidad de lapilli, arena y cenizas”. Como se ve, este texto sólo menciona al volcán próximo a Santa Catalina, o Caldera de la Rilla, sin decir nada del de Maso, y asignándole tres bocas, confirmándolo, eso sí, como el último en expulsar las ingentes cantidades de lapilli, coincidiendo en ello con el escrito de Simancas que se acaba de comentar.
     El Diario del cura prosigue: “El 30 de octubre se calmó todo, pero sólo dos días después, el 1 de noviembre, brotaron de nuevo humo y cenizas, continuando así sin interrupción hasta el 20. El 27 fluyó una colada con increíble velocidad pendiente abajo, alcanzó el mar el 1 de diciembre y formó una isleta alrededor de la cual yacían muertos los peces. El 16 de diciembre la lava, que hasta entonces se había vertido en el mar, cambió de curso. Se dirigió más hacia el SO, alcanzó a Chupadero y quemó el 17 todo el lugar. A continuación devastó la fértil Vega de Uga, sin extenderse más allá”.

     El caso de los animales muertos por emanaciones letales surgidas de las arenas volcánicas
     Uno de los sucesos más llamativos causados por este volcán –si no es que corresponde al otro del par o a efecto de ambos– fue aquel curioso fenómeno de la muerte, el 28 de octubre, de algunas reses vacunas y otros animales de menor tamaño asfixiados por unas emanaciones pestilentes desprendidas por las arenas volcánicas humedecidas por la caída de unas gotas de agua en la zona de La Geria, Chupadero y lugares aledaños que produjo un cierto temor entre la gente de la comarca y de la isla en general. El Diario del cura de Yaiza dice al respecto: “El 28 de octubre, después de haberse mantenido la actividad volcánica en igual estado durante diez días, cayó muerto el ganado de toda la comarca asfixiado por las emanaciones pestilentes que caían en forma de gotas”, entretanto que una comunicación enviada por la Junta de Gobierno establecida en Lanzarote para atender las necesidades creadas por la erupción, a la Real Audiencia de Canarias, declara: “se murieron repentinamente las reses vacunas que transitaban por Las Gerias y Chupadero, lo que se atribuye al subido olor a azufre que vaporiza la tierra por unos que llaman jameos, los que algunos de esta Junta y muchas otras personas han cruzado a pie y a caballo sin que se haya sentido el más leve accidente”.

     Creación de una junta en Lanzarote para atender los problemas producidos por los volcanes
     El 31 de octubre de 1730 la Real Audiencia de Canarias crea en Lanzarote una junta que se ocupe de los problemas producidos por los volcanes que estaban afectando a la población de la isla. La formaban el Alcalde Mayor Melchor de Arvelos Betancourt y Spínola; los Regidores Francisco Nantes Betancourt y Felipe Amaro Ferrer; el Vicario Ambrosio Cayetano de Ayala; el Gobernador de las Armas Pedro Brito Betancourt, y los señores Melchor de Llarena y Ayala y Bernardo Cabrera Betancourt como “hombres de honra y conciencia”.

     Confección de un mapa sobre las erupciones volcánicas
     Por el mes de octubre o noviembre de 1730 trazó un ‘pintor’ enviado a Lanzarote por el Gobernador de las Armas de Fuerteventura un mapa de Lanzarote en el que se señalan los efectos causados por entonces en la isla por los volcanes. Aunque adolece de defectos de ubicación de algunos de los pueblos y del trazado general de la isla, no deja sin embargo de ser un valioso documento para extraer algunas conclusiones de lo que ocurrió entonces.
     Tiene dos leyendas: Una en que se relacionan los pueblos destruidos por la lava, que dice: Lugares consumidos del fuego: Masso, S. Catalina, Maretas, Chimanfaya, Jarretas, Tingafa, Peña Palomas, Mancha Blanca, Mancha Blanca Pequeña, y Rodeo; y otra en que se dan los dañados por las arenas o lapillis, en la que se lee: Lugares perdidos con la arena: Chupadero, Jerias, Conil, Masdache, Calderetas, S. Bartolomé, Mosaga, Lomo de San Andrés, y Tao.
     El complejo cortijero o pequeño caserío de Maretas, que aquí se menciona por primera vez, parece ser que se hallaba por las inmediaciones de Santa Catalina y Buen Lugar, y Tíngafa debía encontrarse cerca de la montaña de su nombre, hoy llamada Tinga, probablemente hacia el SE de ella.

     Situación de la isla a causa de los volcanes al finalizar 1730
     En comunicación de las autoridades de la isla a la Real Audiencia de fecha 29-XII-1730 se hace la siguiente exposición del estado en que se encontraba la isla como consecuencia de la devastación producida por los volcanes: El fuego de los volcanes ha quemado el lugar de Chimanfaya, la Vega de Rodeo, la de Mancha Blanca la Grande, la de Santa Catalina con su iglesia, Buenlugar, Las Jarretas, el malpaís de Santa Catalina y el término de Diama, todo con casas y edificios, fábricas, pajeros, tierras labradías, aljibes y maretas, sin que haya quedado uno. Quemó también, dentro de la Vega y lugar de Tíngafa algunas tierras labradías y tres aljibes. Entullaron las arenas todos los conductos y acogidas de los aljibes y maretas de los lugares de La Vegueta, Yuco, Tiagua, Tao, Cercado, San Bartolomé, Calderetas, Montaña Blanca, Mosaga, Lomo de San Andrés, Conil, Masdache, Asomada, Guagaro, Testeina, Nazaret, Tahíche, Sonsamas, Gerias, Mancha Blanca Chiquita, Inaguadén, Fiquinineo, Peñapalomas, los de Las Jarretas que no quemó el fuego y parte de los de Tíngafa. Entulló asimismo la arena todas las tierras labradías en que hacían sus siembras los vecinos de los lugares arriba expresados que recibieron daño en los conductos para las aguas de sus aljibes y maretas dejando dichas tierras incapaces de cultivo, y solo les quedó alguna tenuidad de poco útil para la futura manutención. Quemó el fuego en la jurisdicción de Yaisa el lugar de Mazo y la Vega de Chupadero, con casas, eras, pajeros, tierras labradías, aljibes, maretas y todas las demás fábricas que tenían con las huertas de Vegueta Honda y lo labradío de la Vega Vieja de Uga. Quemó los términos de la hoya de Juan de la Mar, el de Tegurrame, el de Termesana, el de Buenburro, el de Ságamo y el de Granzo con el de las Horquetas, con las muchas y estimables maretas y aljibes, huertas y tierras labradías de gran correspondencia que había en dichos términos. Quemó la Vega de Villaflor, la Vega Nueva, a Guatizelo, el Bardito y la Vega de Boiajo. Y dentro del lugar de Yaiza, que está a la frente de algunos brazos que ha echado el fuego del volcán, que hasta hoy arde, como también lo está dicha Vega de Uga, ha quemado dos o tres casillas.
     Sigue a éste otro escrito, de igual fecha (29-XII-1730), cursado también entre las mismas autoridades, en que se dice:
     “Consta en lo presente haber [en la isla] 4.977 personas; 17.468 fanegas de trigo; 65.013 fanegas de cebada blanca; 5.603 de cebada romana, y 514 de centeno, de las que haciendo calculaciones nueve a diez mil fanegas, y de siete fanegas de trigo o dieciocho de cebada blanca al año para el sustento de cada persona con el consumo que hay de ella con las bestias de servicio para la leña, agua, paja y otros menesteres. En cuanto al punto de que se haya de mantener y conservar en esta isla dichos vecinos, deliberando se haga extracción de alguna cantidad de los granos expresados nos precisa decir a Vuesa Señoría no ser compatible con dicha manutención y conservación, y que sólo en el caso de permitir la salida de cuatrocientos vecinos con sus familias fuera dable. Y el que también se pudiesen extraer hasta 20.000 fanegas de dichos granos precisa decir a Vuesa Señoría que con mucha incomodidad se podrán conservar en la isla cuando más 600 vecinos, y que los 400 que no pueden mantenerse en ella, necesariamente han de correr parte a esa isla y parte a la de Tenerife, Palma, Hierro y Gomera, porque restringirlos a que salgan sólo para Fuerteventura es poner aquella isla en grande aprieto”.

     A esto añade el escrito en terminos ampulosos: “Todavía existe el volcán hasta hoy abierto por la última boca junto a Mazo, y corriendo fuego por distintos brazos tan caudaloso como si fuera el Betis, aunque con la diferencia de que si en las aguas de éste navegan leves maderos, en las llamas que vomita el dragón infernal de fuego corren promontorios graves de peñas encendidas”.
     La situación más o menos aproximada de los nuevos poblados afectados por estos dos volcanes, que terminaron por desaparecer bajo sus lavas, era la siguiente:
     Guagaro, una aldehuela que se encontraba, por lo que parece, algo al N de Las Vegas de Tegoyo y SO de la montaña de Testeina. Según las Sinodales del obispo Dávila y Cárdenas tenía 5 vecinos.
     El Chupadero, que este era su nombre íntegro, estaba próximo y a poniente de la montaña de su nombre, a cosa de un par de Kilómetros al NE de Uga. Desde antes de las erupciones se sabe que ya constituía un núcleo poblacional, y que en este lugar había una fuente que manaría muy poco. ¿Sería ésta la que le da nombre por ser muy reducida?
     Peña Palomas estaría cerca de la montañeta de su nombre, por su lado N o NO. Tenía en 1733 (obispo Dávilas) 18 vecinos.
     Buen Lugar, con su ermita de San Juan, estaba algo al N de La Montaña de Santa Catalina, o quizás debajo de alguno de los volcanes de Pico Partido, Caldera Escondida o el Señalo. Debería ser un simple caserío de poco vecindario.
     Termesana debería hallarse en las inmediaciones del volcán de su nombre, situado a unos 3 Km al NNO de Yaiza, a trasmano, en territorio abierto, apartado de otros pueblos. Esta aldea debió ser arrasada por las lavas de Caldera Rajada, volcán que desarrolló su actividad eruptiva en la segunda mitad del año 1731, si no es que fue destruida por alguna de Las Calderas Quemadas.
     De su densidad de población no he logrado alcanzar ninguna información, sólo que ya existía como pueblo siglos atrás.
     Con respecto al nombre de la montaña hay que decir que si bien entre las generaciones modernas predomina la forma Tremesana a causa de los mapas y libros en que figura así por error, la gente iletrada, no influenciada por la lectura o consulta de mapas, que lo ha aprendido por tanto de sus mayores por transmisión oral, dice preferentemente Termesana. Así lo he oído pronunciar a viejos informantes de Yaiza, con los que he tenido especial cuidado al comprobarlo, y se consigna en documentos manuscritos de siglos pasados.  
     La cita más antigua que conozco de este topónimo, si bien referida en este caso al pueblo, es la que trae el mapa de Torriani, en el que parece estar escrito Tenemozana. Del siglo XVII existen varios documentos, de los que sólo conozco referencias transcritas en caracteres impresos y no copias manuscritas originales, en los que se menciona una aldea de nombre más o menos parecido en diferentes versiones (Teremosana, Tenemosana, Tenemesana). Por otro lado, en un documento original, de 1785, se menciona a una tal “Tomasa Álvarez Termesana, vecina de Teguise, hija de Francisco Termesana Gutiérrez, difunto, y nieta de Melchor Termesana Curbelo, vecino que fue de Teseguite”. ¿Significa esto que el apellido fue tomado de la localidad así llamada o que por el contrario era un apellido que dio nombre a la localidad y por ende a la montaña? Por lo que sabemos, los ejemplos de esta clase conocidos en nuestra isla no son raros. Tenemos por ejemplo los casos de Bilbao en La Geria, Munguía en Tao, Chimida en un par de sitios y algunos más.
     Sobre cuál pudo haber sido el significado de esta voz en el idioma aborigen –si es que se trata de una palabra guanche tal como su morfología parece delatar– es tema que queda por dilucidar. El berberólogo austriaco D. J. Wölfel piensa que pueda ser ‘lugar de la cebada’ por la unión de las palabras ‘tene’, lugar, y ‘mozana’ por ‘tamozen’, cebada, pero J. Álvarez Delgado rechaza de plano estas conclusiones y se dedica más que nada a refutar a Torriani por la forma en que escribe el nombre, mientras C. Díaz Alayón hace un comentario general de estas disquisiciones lingüísticas considerando los pros y los contras (‘Comentario toponímico de Lanzarote...”, en Anuario de Estudios Atlánticos, 1988).

     Posteriores a estos dos volcanes son los de color rojizo que hay en esta zona de varios kilómetros en torno a ellos
     Para efectos de cronología, ya que algunos pretenden que son muy anteriores a estas erupciones, conviene puntualizar que todos los conos volcánicos enclavados en una zona de al menos una media docena de kilómetros de radio de La Caldera de la Rilla, que ofrecen coloración rojiza y no el negro del lapilli por ésta arrojado, tienen que haberse formado, por simple conclusión lógica, con posterioridad a la misma, es decir, que pertenecen a esta erupción del siglo XVIII, si bien no se conoce el orden que siguieron en su formación. Entre ellos habría que contabilizar los del grupo de las Montañas del Fuego, el del Valle de la Tranquilidad, La Caldera del Corazoncillo, Montaña Encajada, La Montaña de las Junqueras, Pico Partido, El Señalo y La Montaña de Maso.

     La isla en estado crítico a causa de los volcanes, viento huracanado y lluvias torrenciales
     El 15-II-1731 el vicario de la isla escribe al obispo de la diócesis: En carta del 16 del pasado enero di aviso a V.S. de lo sucedido hasta dicho día, en el cual cesó el volcán que subsistía ardiendo; y el día 20 del mismo mes reventó otro distante de aquél medio cuarto de legua, en el paraje donde era la aldea de Maso, y este ha abierto otras tres bocas que forman distintas montañas. Y estos han aumentado las ruinas de los antecedentes, porque han arrojado muchísima arena que a los lugares de La Geria, Guagaro, Conil, Masdache, Testeina y San Bartolomé los han acabado de perder totalmente; de nuevo han estragado la Vega de Temuime, los lugares de Yaiza, Uga y Tíngafa con los territorios, términos y sembrados de aquellas comarcas y aún ha alcanzado el daño a toda la costa del Puerto y a la de Teseguite.
     De unos días después (19-II-1731) hay otro escrito, esta vez de las autoridades de la isla a la Real Audiencia, en que se dice entre otras cosas, lo siguiente: “El mes pasado se dio cuenta a Vuesa Señoría de haberse apagado el volcán que reventó el 10 de octubre, que abrió nueva boca el día de San Sebastián [20 de enero] en el lugar que había quemado de Maso. Y ahora se nos ofrece participar a Vuesa Señoría la total ruina y el atraso en que ha puesto la isla y la va dejando dicho volcán con las muchas bocas que ha abierto, ardiendo unas y apagándose otras de nuevo, y reventando, echando las más tantas arenas que a lo labradío y montuoso que había quedado en Uga, El Tablero, Temuime, parte de Femés y del Valle de Fenauso, Yaiza, la Vega de Machín, los términos de Guerma y los comarcanos de Montaña Blanca de Perdomo, Tenésara, Chimida, Tajaste, y todo el lugar de Tíngafa, Tinajo, sus contornos y términos, está incapaz de dar ni un pie de pan, ni una sola hierba ni rama para los ganados, porque todo se halla perdido, y lo consumieron dichas arenas, aunque ha sobrevenido el temporal de agua, viento y fuego que se armó la noche del día de ceniza tan recio que nos parecía, según la batalla de dichos elementos y los gandes y continuos temblores de tierra que el cielo había decretado consumir esta isla, como quedaron destruidos y consumidos los sembrados, por cuyos estragos debemos decir a Vuesa Señoría que si hasta aquí se esperaba que estos habitadores se podrían mantener con las sementeras y criaciones, aunque con mucha moderación, ya hoy nos hallamos desengañados de no ser posible, porque cosecha no la esperamos, ganados no hay términos, ni parajes con que mantenerlos, porque nos precisa poner en la consideración de Vuesa Señoría que esta isla o se ha de abandonar o la hemos de conservar: lo primero lo tenermos por de servicio, atendiendo al cumplimiento de nuestra obligación, y al encargo que se nos ha hecho, y a las consecuencias de poderla señorear enemigos de la Corona, sitiarse en ella, formar un puerto franco de donde con gran facilidad sean invadidas esa y las demás islas, o perseguidas de corsarios turcos y de otros en que se pueden esperar considerables daños no sólo a los vecinos de las siete sino a toda la Monarquía por lo importante que es el dominio de ellas para la seguridad del paso a la América, y otras circunstancias

     Explicación a un aparente contrasentido
     El lector avisado habrá caído en la cuenta de que si hemos de tomar al pie de la letra lo que se dice en estos últimos documentos de que hubo grandes expulsiones de arena de algunos volcanes con posterioridad a la extinción del volcán de La Rilla, que habíamos considerado como el último en arrojar las nubes de lapilli que cubrieron a su alrededor una extensa área de varios kilómetros de extensión, tal supuesto quedaría invalidado. Pero el hecho de que en el interior del cráter de dicho volcán no exista practicamente tal material confirma lo que decimos al respecto. Mientras sus laderas exteriores se hallan cubiertas de una gruesa capa de lapilli negro bien granado con piedras escoriáceas del mismo color entremezcladas, su fondo muestra un abombamiento rocoso de color rojizo exento de tales materiales, cruzado a lo largo por una grieta que parece imitar el gráfico de un rayo o una raíz de planta. Eso demuestra por simple lógica que después de él no pudo haber ningún otro volcán que emitiera en mucha cantidad ese lapilli negro en esta zona concreta, pues de haber sido así tendría que haber lapilli en su interior en cantidad bien apreciable. Pienso que las pretendidas caídas de material de proyección aérea de que se habla en esos textos no alcanzaron, ni con mucho, la profusión que en ellos se dice, o que, quizás tal material consistió más que nada en ceniza que luego haya desaparecido a lo largo de los años diluida por la lluvia.  


     Se abre otro volcán
    Según el ‘Diario’ del cura, el 7 de marzo [de 1731] se elevó otro cono que vertió lava en el mar al N de Tíngafa, la cual fue destruida. A esto sigue la siguiente reflexión personal de von Buch: “El cono se levantó casi exactamente siguiendo la dirección E-O a medida que se iba abriendo la fractura en el subsuelo durante la erupción, proporcionando así cada vez más fáciles salidas hacia el O.
     En primer lugar hay que tomar esta noticia con cierta cautela dados los fallos observados en el manuscrito de que procede, y caso de darla por buena hay que reconocer que identificar a este volcán por lo que en el escrito se dice es tarea poco menos que imposible. Lo único que se puede aceptar como más probable es lo que dice von Buch de que, según su criterio, seguía hacia poniente en la alineación de volcanes que se iban abriendo y que tendría que estar hacia el S del pueblo de Tíngafa destruido por sus lavas. ¿Pero cuál pudo haber sido este cono volcánico de los de formación reciente que hay por allí? Existe como punto de referencia la Montaña Tíngafa [otro nombre de clara procedencia guanche, hoy reducido a Tinga, pero cuya montaña era todavía conocida por personas de edad avanzada de Tinajo por los años ochenta en que yo investigaba sobre el terreno la toponimia lanzaroteña, en esta forma íntegra esdrújula Tíngafa], de formación antigua, cerca de la cual debía hallarse el pueblo. A juzgar por una cita de un documento antiguo que dice “...seis fanegas de tierra que tengo en la parte que dicen El Miradero, las cuales lindan con el camino real que va de Tíngafa a Maso...”, parece probable que esta aldea se encontrara próxima y hacia el segundo cuadrante de la montaña de su nombre, un poco al N  del conjunto de Pico Partido, o más bien de Caldera Escondida, pues en esta situación podría quedar más o menos alineada con uno de los montículos llamados Los Miraderos y Maso, y que en consecuencia el nuevo volcán fuera ese de Pico Partido en su segunda erupción o el adjunto de Caldera Escondida que se acaban de citar.

     Nuevos volcanes
     Luego añade Von Buch: “Nuevos cráteres y montañas surgieron el 20 de marzo [de 1731] a media legua de distancia hacia el N, más distantes siempre siguiendo la alineación, que ardieron y causaron daño hasta el 31 de marzo.
     Aquí habrá que cambiar la frase “hacia el N” y dejarla en ‘hacia el O’, que era la dirección de apertura que seguía la fractura tectónica.
     El 6 de abril –prosigue– incrementaron su furia y continuaron hasta el 13 con una corriente incandescente que discurrió oblicuamente sobre el campo de lava hacia Yaisa. El 23 se derrumbaron al mismo tiempo ambas montañas (habrá que interpretar por este ”ambas” que eran dos los volcanes que se abrieron el día 20 de marzo) con horribles crujidos, y el 1 de mayo todo parecía haberse extinguido. Pero reventó de nuevo el 2 de mayo a un cuarto de legua más lejos. Una nueva montaña se elevó y nueva lava amenazó a Yaisa. El 6 de mayo cesó totalmente esta erupción y pareció que la serie de erupciones de este mes había llegado a término.
     Quizás esté refiriéndose con todos estos volcanes a algunas de las bocas de las cuatro Calderas Quemadas y a La Montaña del Valle de la Tranquilidad.

     Otras noticias del Vicario de Lanzarote al obispo sobre las erupciones
     En carta de fecha 7-VI-1731 participa el vicario de Lanzarote Ambrosio Cayetano al obispo de la diócesis: Iltmo. Sr. En cumplimiento de mi obligación doy cuenta a V.S. cómo habiéndome avisado el Teniente de Parroquia de Yaiza el día 9 de mayo próximo pasado que el fuego del volcán corría con mucha velocidad por aquellos distritos, y que nuevamente había reventado otro de tres bocas más cercano al lugar, las cuales largaban mucho fuego; que por temor estaba en ánimo de pasar a su Majestad Sacramentado a la Ermita de San Marcial. Al día siguiente me puse en camino y pasé a dicho lugar, habiendo visto y reconocido el fuego que corría en río por la Vega y casas de la Villa Flor que están en las orillas del lugar, no cesando la tierra de palpitar”.
     “Y habiendo dicho misa el Teniente Cura de repente se apagaron los volcanes y enfrió el fuego que corría, que verdaderamente lo atribuyo a milagro de la Virgen de los Remedios; y todos lo creemos así porque corría con tanta velocidad, que hicimos juicio que cuando llegara a mediodía estuviera en medio del lugar. Pero el día 14 a horas del sol puesto volvió a reventar el volcán en una de las montañas que había hecho distante del lugar de Yaiza y corría por encima del Mal País al mar sin que ofendiese el lugar y estuvo ardiendo hasta el día 30 que se apagó a media tarde, y habiendo cesado de forma que ninguna de las montañas ni Mal País jumeaba estábamos con el consuelo que no volvería a reventar más, pero el día 4 del corriente a la oración volvió a reventar otro nuevo volcán cercano a la Ermita de San Juan con cuatro bocas que arrojan mucho fuego, y se ha cogido el lugar de Tíngafa, en donde había más de cuarenta vecinos, y por ahí está corriendo hasta la fecha de ésta, pero no ha perecido nadie ni se han perdido granos algunos, pero nos tememos que acometa al lugar de Tinajo, así que corre por cuatro barrancos por ser mucho el fuego como por tener corriente a dicho lugar”. ¿Pico Partido, El Señalo, Caldera Escondida o quizás Las Calderas Quemadas?
     En cuanto a Villaflor todo apunta a que debía ser un minúsculo caserío situado, más o menos al N de Yaiza, no muy lejos de este pueblo.

     Datos según versión de L. von Buch hasta el final de su Diario
     El 4 de junio [de 1731] –prosigue Von buch– se abrieron tres bocas a la vez, siempre con las mismas sacudidas, crujidos y llamas, las cuales sumieron la isla en el más completo terror. Esto se produjo una vez más en las cercanías de Tingafaya [sic], aproximadamente donde se encuentra ahora la Montaña del Fuego. Las aberturas se reunieron muy pronto en un único cono muy alto. Una corriente de lava salió de debajo y llegó hasta el mar. Pudiera tratarse de Pico Partido o de La Montaña del Señalo.
     Tingafaya debe ser una deformación de Tíngafa inducida por Timanfaya, nombre este que aunque producto también de un error por Chimanfaya se ha creído modernamente auténtico y ya en tiempos de Von Buch gozaba de plena vigencia en escritos y documentos. El geólogo alemán, poco ducho en la toponimia de la isla, asimilaría instintivamente a Tíngafa con Timanfaya y registró en la forma Tingafaya lo que en el original del cura Curbelo decía Tíngafa. En esta forma desfigurada Tingafaya, pasó a la versión francesa, de la que terminó por traducirlo Hernández-Pacheco en Timanfaya pensando que esta sería su forma correcta.
     En cuanto al pretendido interludio de calma eruptiva comprendido entre el 6 de mayo y el 4 de junio de 1731, el mismo queda contradicho, como hemos visto, por el Vicario de Lanzarote en la carta del 7-VI-1731 transcrita en la entrada anterior al decir que “El día 4 del corriente, a la oración, volvió a reventar otro volcán cercano a la Ermita de San Juan con cuatro bocas que arrojaban mucho fuego y se ha cogido el lugar de Tíngafa en donde había más de cuarenta vecinos y por allí está corriendo hasta la fecha de éste”.
     ¿Cuál fue este volcán de nueva aparición? ¿Alguna boca de La Montaña de Maso, de Pico Partido, de Las Montañas del Fuego, la del Valle de la Tranquilidad? Sólo se pueden hacer vagas conjeturas, pues con los datos disponibles no es posible llegar a una conclusión plausible.
     Continúa Von Buch: El 18 de junio se formó un nuevo cono en medio de los que se levantaban entre las ruinas de Mato [error por Maso], Santa Catalina y Tingafaya [de nuevo se incurre en el mismo error con este nombre]; probablemente la misma montaña que todavía ahora llaman el Volcán [esto responde a un malentendido del geólogo alemán, pues aquí nadie del pueblo llano ha llamado nunca ‘volcán’ a una montaña. Volcán* a nivel popular es el campo de lava solidificada] del cual salió la corriente de lava que fluyó hacia el NE (¿?). Un cráter lateral arrojó cenizas y relámpagos en cantidad, y de otro sobre Mazo ascendía mientras tanto un vapor blanco que hasta ahora no había sido visto.
     Al mismo tiempo, al final de junio de 1731, se cubrieron las riberas y playas de la parte occidental de la isla con una increíble cantidad de peces moribundos de las más diversas clases y algunos de formas nunca vistas. Hacia el NO [desde Yaiza] se veía salir del mar mucho humo y muchas llamas con tremendas detonaciones [efecto de volcanes submarinos sin duda] y por todo el mar de Rubicón, es decir, por la costa O, se observaba lo mismo. Los peces y las piedras pómez flotaban alrededor.
     En octubre y en noviembre unas erupciones no menos intensas llenaron de angustia a los habitantes de la isla. El 25 de diciembre de 1731 se sintieron los más fuertes temblores de tierra de los dos violentos y turbulentos años transcurridos, y el 28 de diciembre salió del cono que se había levantado una corriente de lava hacia Jaretas [Las Jarretas], quemó la aldea y destruyó la capilla de San Juan Bautista cerca de Yaisa”. Evidentemente se trata de otro San Juan y no del Evangelista ya comentado próximo a Tíngafa.
     Aquí termina el texto del Diario del presbítero Andrés Lorenzo Perdomo, cura de Yaiza. Lo que sigue es un añadido del geólogo Von Buch producto de una información errada, que no sé por qué razón se ha considerado siempre como parte integrante del manuscrito del cura.
     Este añadido reza como sigue: “Entonces perdió la gente toda esperanza de que nunca la isla pudiera recuperar la calma y se marchó con su párroco para Gran Canaria.
     De hecho –continúa diciendo– las conmociones duraron todavía cinco años completos sin interrupción, y no fue antes del 16 de abril de 1736 que las erupciones acabaron. Durante este tiempo parecen haber retrocedido a su lugar de inicio repetidamente, pues no fue antes de este tiempo que el bello Valle de Tomara [error por Tomaren], situado en el extremo SE [NE en todo caso], fuera destruido, quizás no antes del año 1732 o del 1733, y luego, no antes, siguió la corriente incandescente desde el antedicho valle varias millas hacia abajo hasta muy cerca de Puerto Naos.
     A esto hay que decir que no es cierto en absoluto que la gente se marchara con su párroco huyendo de Lanzarote. El cura Curbelo sí salió de la isla, después de haber solicitado la renuncia al curato de Yaiza, para atender unos asuntos personales, pero lo hizo con autorización de sus superiores, regresando a la isla en junio del año siguiente de 1732.
     Como hemos visto, resulta practicamente imposible fijar valiéndose de los vagos e imprecisos datos que este texto suministra, la situación de los diferentes conos que iban surgiendo en el curso de la erupción.
     Pero la actividad volcánica continuó aún por espacio de varios años más. Para este periodo posterior al contenido del Diario, las noticias documentales son empero muy escasas, conociéndose sólo algunos detalles de poca relevancia histórica. Veámoslo.

     Formación del conjunto de las Montañas del fuego
     Según J. C. Carracedo y E. Rodríguez (Lanzarote, la erupción volcánica de 1730) la apertura de estos volcanes debió producirse a principios de 1732: “La actividad volcánica –dicen– se concentra en un área relativamente reducida en el entorno de la Montaña de Timanfaya, con un primer estadio predominantemente explosivo –en el que se forman varios conos de cínder imbricados–, modificándose posteriormente a etapas más efusivas en las que se emiten grandes volúmenes de lavas muy fluidas a partir de campos de hornitos situados al NO y SE del conjunto de conos”.
     Desgraciadamente, de estas fechas, pese a tratarse este episodio de los más importantes de la erupción en general, no se conocen practicamente referencias documentales.
     Hay incluso volcanólogos que sostienen que buena parte de este conglomerado volcánico ya existía con anterioridad a esta magna erupción del siglo XVIII. Sin embargo la mayoría disiente de tal opinión. Yo me posiciono decididamente con estos últimos. Se arguye, por ejemplo, que la Montaña de Timanfaya era anteriormente más pequeña de lo que es ahora y que quedó sepultada bajo los materiales eyectados durante esta erupción del siglo XVIII. Pero a tal posibilidad se opone el hecho de que sea precisamente en la parte cimera del volcán donde se ha pretendido identificar los restos de su antigua estructura, cosa poco menos que imposible de sostener, puesto que la cúspide forma parte integral de la pared sur del cráter principal, que es sin duda alguna de formación moderna, en cuyo filo superior se detectan, por cierto, desprendimientos de calor geotérmico que eran perfectamente apreciables por los años noventa del siglo pasado, cuyo origen sólo puede haberse producido unos pocos siglos atrás.
     Otro argumento que parece contradecir una formación antigua de este volcán es la acentuada forma de cráter de herradura, de pared dorsal elevada, que tiene el contiguo volcán de La Montaña del Valle de la Tranquilidad que se halla a sotavento de Las Montañas del Fuego y está abierto mirando precisamente hacia el grupo de esas montañas. Dicho volcán, habida cuenta del baño de arenas rojizas que lo tapiza incluyendo las paredes interiores del cráter, tuvo que formarse con anterioridad cuando menos a La Montaña de Timanfaya, de cuyo conjunto de cráteres debieron proceder dichas arenas rojizas. Pues bien, como esa forma característica de cráter en herradura con pared dorsal elevada de La Montaña del Valle de la Tranquilidad debe ser sin duda producto de la acumulación de los materiales de proyección aérea más pesados que durante su formación el ímpetu del viento, que tenía que venir forzosamente, dada la configuración del volcán, de la dirección de Las Montañas del fuego, iba impulsando hacia atrás, la conclusión lógica es que en ese entonces Las Montañas del Fuego no existían aún, pues si no fuera así se hace difícil comprender cómo pudo el volcán adquirir esa forma tan acentuada en herradura teniendo a Las Montañas del Fuego frente a él interceptando el paso del viento.
     También el hecho de que el antaño renombrado Lomo del Azufre, situado a una cincuentena de metros de la cumbre de La Montaña de Timanfaya por su lado de naciente, justo por donde ahora pasa la carretera turística de La Ruta de los Volcanes, mostrara un abundante contenido de ese mineral en 1906 cuando Hernández-Pacheco subió a la montaña, que fuera aún bien visible por los años sesenta de ese mismo siglo –de lo que yo puedo dar fe personalmente–, y que apenas queden ya unos escasos vestigios, podría constituir, dada esa rápida disminución de contenido de azufre en tan corto espacio de tiempo, una confirmación de la edad moderna de la montaña.
     No obstante, a mi juicio la prueba de orden geológico más concluyente en determinar la contemporaneidad de la montaña con las demás pertenecientes a esta erupción, que excluye por innecesarios todos los demás argumentos, es sin duda la que ya apunté al hablar de La Caldera de la Rilla, es decir, el hecho de que hallándose La Montaña del Fuego dentro del área afectada por la lluvia de lapillis negros expulsados por dicha caldera –La Montaña de los Miraderos, por ejemplo, situada escasamente a cosa de 1 Km de distancia de esta de Timanfaya, se halla totalmente cubierta por una gruesa capa de lapillis negros de esa época– esté sin embargo recubierta por arenas rojizas. Esta circunstancia prueba de forma indubitable que este revestimiento de piroclastos colorados se produjo con posterioridad a la erupción de La Caldera de la Rilla, la emisora de los lapillis negros, según ha quedado expuesto.
     Y por si no bastara con las pruebas de naturaleza geológica mencionadas, existe además un argumento de índole documental que supone un testimonio confirmatorio, poco menos que irrefutable, de la pertenencia de este volcán a la erupción de 1730. Se trata de un escrito firmado por el vecino de Tinajo José Cabrera Carreño, testigo ocular de algunas de las manifestaciones eruptivas de 1824, quien refiriéndose al segundo de los volcanes abiertos en ese año, el llamado en la actualidad La Montaña del Chinero, dice: “El 29 de septiembre, acabada de dar las doce, hizo segunda erupción en el volcán del siglo pasado, a las inmediaciones de unas montañas que llaman del Fuego, que fueron formadas por el volcán”. (C. Romero R., Crónicas documentales sobre las erupciones de Lanzarote).
     Entiéndase que la primera vez que en este escrito se emplea la voz ‘volcán’ se hace con el significado que siempre se le ha dado a la misma en la isla en el ámbito popular, es decir, con el de colada o extensión de lava petrificada, pues en el lugar en que este pequeño cono volcánico se formó no había antes ninguna otra eminencia montañosa, en tanto que la segunda vez sí debe tomarse en la acepción normal en castellano de cono volcánico, ya que sólo el nacimiento de un volcán propiamente dicho es el que puede dar lugar a la formación de ese cono volcánico.

     Como puede apreciarse, en este interesante documento se hacen dos aseveraciones muy importantes sobre La Montaña de Timanfaya: una, que su formación tuvo lugar durante la erupción del siglo XVIII, y otra, que por lo visto siempre se le llamó, conjuntamente con las demás adyacentes a ella de menor tamaño, Las Montañas del Fuego, tal como he venido sosteniendo desde años atrás.

     El volcán de La Montaña de las Nueces
     No se sabe cuándo este pequeño cono volcánico, de apenas 300 m de diámetro por menos de 50 de altura sobre la base, entró en erupción ni cuándo la misma finalizó; sólo que se hallaba activo en febrero de 1733 durante la visita del obispo de la diócesis Dávila y Cárdenas, quien hace referencia al  mismo al decir en sus Sinodales con respecto al puerto de Arrecife: “Dios quiera conservarlo del volcán, del que está amenazado”, haciendo alusión con ello, sin duda alguna, a la colada que entonces descendería, rebasado el pueblo de Tahíche, pendiente abajo hacia dicho enclave portuario. Mas las características especiales de su lava sumamente fluida y el enorme caudal expulsado parecen demostrar que toda la imponente cantidad de lava que pudo extenderse hasta tan larga distancia tuvo que verterse en un tiempo muy corto para no haberse enfriado o apelmazado, por lo que parece razonable pensar que la duración total de la erupción debió ser muy corta, de muy pocos días cuando más.
     El volcán en cuestión está situado a unos 3 Km al ONO del pueblo de Masdache y se le conoce popularmente con el nombre de La Montaña de las Nueces por el hecho, según me han contado, de que los trozos de escoria que recubren sus faldas suenan al pisarlas como nueces.
     Del mismo fluyeron dos anchurosas y largas coladas, una mayor en dirección E que al avanzar en esa dirección unos 3 Km rodeó al pueblo de Masdache siguiendo su camino, dividiéndose luego en dos grandes brazos apenas rebasado el caserío de Mozaga, uno de alrededor de 10 Km de largo que tomó rumbo N. hasta perderse en los extensos arenales de El Jable por encima de la Caleta de Famara y otro, más largo aún, de no menos de 12 Km, que efectuando un brusco giro en el punto de bifurcación, se dirigió hacia el SE y ganó la costa un poco por encima de Arrecife, en el actual Puerto de los Mármoles. Una prueba  del increíble empuje de este ardiente torrente de lava es que después de haber recorrido más de 20 Km desde su punto de emisión rellenando hondonadas y sorteando montañas, todavía tuvo empuje suficiente para meterse más de 300 m mar adentro venciendo la oposición del frío de sus aguas.
     Fue asimismo este río de lava el que destruyó la ermita de La Candelaria, que se encontraba al S de Morro Chibusque, antes de llegar a Tomaren. Y fue también por esta zona de la colada donde se fraguó la conocida cueva de los Naturalistas o de Las Palomas, cuyas bocas, que son sendos ‘jameos’, se abren al N de La Montaña de Juan Bello.
     La otra colada tomó rumbo S hacia Las Vegas de Tegoyo, discurrió por el angosto paso que en este lugar se forma y continuó pendiente abajo en la misma dirección, siempre adelgazada, varios Km, aunque sin alcanzar la costa.
     Producto de esta larguísima corriente de lava fue también la creación de las llamadas burbujas volcánicas que César Manrique aprovechó para construir su célebre casa del Taro. Mi opinión es que no fueron en sentido estricto auténticas burbujas volcánicas, pues aparte de que ya de por sí la lava de este volcán contenía pocos gases según afirman los especialistas en la materia, a la distancia a que se encontraban estas formaciones ya habría tenido tiempo sobrado de haberse desprendido del que contuviera. Pienso que la formación de tales burbujas debió de ser producto de la explosión de pequeños aljibes que existirían allí, que al ser cubiertos por la lava y recalentarles el agua harían que los mismos reventaran violentamente. Cuando la explosión se produjo, la lava allí inmovilizada en el ensenamiento lateral al discurrir general de la colada en que se encuentran tales formaciones, debió encontrarse ya en un grado de semicompactación, pues el hecho de que las mismas conservaran al reventar su forma abovedada sin colapsarse así parece indicarlo.

     Pueblos perdidos por efecto de las erupciones hasta principios de 1733. Visita del obispo Dávila y Cárdenas
     El obispo de la diócesis Pedro Dávila y Cárdenas visitó la isla de Lanzarote en febrero de 1733 cuando aún se hallaba la erupción en pleno desarrollo. En las Sinodales que celebró a su regreso dejó la siguiente relación de pueblos destruidos o dañados por los volcanes:
     “Tíngafa, con 64 vecinos o familias. Peña Palomas, con 18 (se encuentra la pequeña montaña de este nombre en el extremo NE de la Geria). Testeina, con 3 (el lugar de Testeina se halla a un par de Km. al ENE de la anterior montañeta). Asomada, con 4 (debe tratarse del actual pueblo de este nombre). Iguadén, con 7 (está a 3 Km. al SO. de La Vegueta). Gerias, con 10 (La Geria es un paraje de Lanzarote sobradamente conocido. Entonces se distinguían La Geria de Arriba y La Geria de Abajo). Masintafe, con 3 (próximo y a poniente de Masdache). Mozaga, con 12 (aún existe este pueblo). Lomo de San Andrés, con 8 (próximo al actual pueblo de Tao). San Bartolomé, con 81 (por lo visto ya entonces era uno de los pueblos más populosos de la isla). Calderetas de San Bartolomé, con 6 (en la actualidad, una barriada del anterior). Guagaro, con 5 (próximo y al N de Las Vegas de Tegoyo. No se sabe si era palabra llana o esdrújula). Conil, con 17 (existe aún). Masdache, con 30 (id.). Montaña Blanca, con 14 (id.); y Guatisea, con sólo una familia (próximo al anterior).

     Efectos de otro volcán no identificado de este mismo año
     El 26 de septiembre de este año 1733 se sabe por un documento suscrito por el cura Lorenzo Curbelo dirigido a la Real Audiencia, independiente de su famoso Diario, que “entró en Yaiza el fuego y se llevó cinco casas”. (J. de León H. y P. Quintana A.: VIII Jornadas de Estudios de Fuerteventura y Lanzarote, Desplazamientos poblacionales...)
     Cuál fue el volcán causante de esta destrucción no se sabe, pero lo que sí puede afirmarse sin la menor posibilidad de error es que no pudo ser el de La Montaña de las Nueces, activo también entonces, puesto que las lavas de este cono no podían verter hacia el S en que se encontraba el pueblo afectado por impedirlo el relieve del terreno.
     Cabe también la posibilidad de que fuera este volcán el que cegara el Puerto de Janubio, pues parece ser que tal sucedido ocurrió por esas fechas. Podría haber sido el de Montaña Rajada, alguna de las cuatro Calderas Quemadas o el de La Montaña del Valle de la Tranquilidad, pues todos ellos vertieron lava hacia el S.

     Finalización de las erupciones
     Se conoce cuál fue el año en que tal hecho se produjo. Hasta ahora se había creído, basándose en lo que dice el geólogo alemán L. von Buch en los comentarios que hace a continuación de la traducción a su idioma materno del manuscrito del cura de Yaiza, que había sido en 1736, “no antes del 16 de abril”, dice concretamente von Buch. Pero eso es un error en cuanto al año se refiere. Con respecto al mes y el día lo más probable es que fuera, efectivamente, en abril, o en todo caso en alguno de los meses subsiguientes, pero el día se ignora.
     Se conoce un documento que acredita fehacientemente que tal evento ocurrió en efecto en 1735, datado el 1º de abril de ese año, localizado por José de León Hernández en el Archivo Histórico Provincial de Las Palmas. En él se dice que al observarse que un brazo de lava se dirigía hacia Tinajo amenazando echarse sobre el pueblo, se reunieron varios señores de los más destacados socialmente de aquella localidad en representación de todos los vecinos, y acordaron elegir y nombrar “por especial protectora y patrona de este lugar de Tinajo a la santísima Virgen María con el...título de Los Dolores, debajo de cuya protección y amparo se ponen para que con su...intercesión alcance de Dios Nuestro Señor que libre este lugar y sus distritos de las ruinas del volcán de que se halla amenazado.”
     El hecho de que Von Buch diga que fue en 1736 cuando finalizaron las erupciones, es por lo tanto un error evidente. Es posible que la cruz con la fecha colocada en aquel lugar ya figurara con ese año cambiado por error, pues la original, si es que se colocó cuando el evento tuvo lugar, tendría que contener el año 1735. En cuanto al mes respecta vemos que la reunión de vecinos se celebró un par de semanas antes del día que da Von Buch. Pero hay que tener en cuenta que la frase de este autor referida a los volcanes “que no acabaron antes del 16 de abril” lo único que significa es que su finalización era un hecho inminente o muy próximo.
     Lo que sí se ha podido saber gracias a la observación de campo y métodos de estudios geológicos modernos es que el volcán responsable de tales efectos fue el de Montaña Colorada, un volcán de mediano tamaño y figura troncocónica bastante regular, con el distintivo de tener las faldas de naciente teñidas de rojo carmesí, que se alza a un par de Km al NO de Masdache y 4 al S de la ermita de Los Dolores. No se sabe con exactitud la fecha en que entró en erupción, pero sí que, como se ha visto, se encontraba activo en abril de 1735, posiblemente desde el mes de marzo anterior cuando menos.
     La importancia histórica de este volcán es precisamente la de haber sido el que emitió la colada que se dice por tradición que se detuvo en Mancha Blanca ante las rogativas de los componentes de la comitiva que se desplazó al lugar con este fin, suceso que no ocurrió, pues, en 1736, sino en el año anterior de 1735.
     Fue también este volcán el que cubrió de lava el lugar de Inaguadén –nombre luego acortado en versión popular en la forma Iguadén, que es como se le conoce ahora–, cortijo que fue valiosa joya del señorío de Lanzarote y residencia ocasional de los señores, en donde por cierto falleció la primera marquesa doña Inés de Ponte y se dilucidaron importantes asuntos de la administración de la isla luego del terrible ataque pirático de 1618 que dejó a Teguise la capital convertida en ruinas.
     En un hoyo o agujero de unos metros de profundidad, abierto en la lava su parte superior y en el lapilli que había inundado el lugar con anterioridad en su parte inferior, es posible ver aún en el fondo restos de paredes de piedra de alguna construcción corraliza que presumiblemente pertenecería al conjunto del cortijo.
     Por otra parte, en cuanto a que fuera este volcán de Montaña Colorada el último de cuantos se abrieron en aquellas erupciones tampoco se puede afirmar de forma absoluta, pues se sabe de la existencia de al menos otro volcán de ese mismo año 1735 del que da fe un documento fechado el 12 de enero, en que se mencionan daños inminentes por la lava en Yaiza (J. de León H. y Mª  A. Perera B.: VII Jornadas de Estudios sobre Fuerteventura y Lanzarote, Las aldeas y zonas cubiertas por las erupciones volcánicas de 1730-36), del que, aunque la única noticia que se tiene de él, como hemos visto, es que se hallaba activo meses antes de lo que estaba el de Montaña Colorada, no sabemos cuánto pudo durar hasta su cese dentro de ese año, es decir, si lo sobrepasó en duración o no. Pero que se trata de otro volcán distinto al de Montaña Colorada puede afirmarse sin posibilidad de error por la simple e incontrovertible razón de que éste no podría nunca verter lava hacia Yaiza debido al relieve del terreno en que se levanta, que se lo impediría.
     De manera que aunque es cierto que con los datos conocidos no se puede saber con exactitud el mes y día en que las erupciones finiquitaron, en cuanto al año sí parece haber consenso, pues aparte de estos dos casos expuestos, hay varios autores que escribieron poco tiempo después de las erupciones que confirman que fue en ese año de 1735 cuando las mismas finalizaron, si bien sin especificar el volcán responsable del hecho ni la fecha del día y mes en que ello ocurrió. Entre dichos autores se cuentan el ingeniero militar Antonio Riviere, quien permaneció en la isla varios meses en el bienio 1741-42 en misión de servicio (J. Tous Meliá, Descripción geográfica de las Islas Canarias de don Antonio Riviere), quien declara: “Los volcanes, que empezaron el año 1730, dejaron de vomitar el año 1735”; el de igual graduación, Francisco Gozar, que llegó destinado a Canarias en 1755 (Horacio Capel, Revista bibliográfica de geografía y ciencias sociales. Universidad de Barcelona, 2001), quien dice que los volcanes “no dejaron hasta el año de 1735 de vomitar materias”, y el renombrado historiador canario J. A. Álvarez Rijo, cuyo testimonio, aunque más tardío, tiene gran valor probatorio dada su reconocida probidad historiográfica y por el hecho de haber residido varios años en Lanzarote en su infancia y juventud, donde tuvo trato directo con personas que por su edad conocieron a testigos presenciales de las erupciones. En su obra Historia del Puerto del Arrecife figura la frase: “Después del volcán que duró desde el año 1730 al de 1735,...”, en que, como se ve, se señala ese año como el de finalización de las erupciones. Es cierto que en página anterior había dicho del “volcán” que “...durante siete años cubrió gran parte de la superficie de la isla”, pero tal declaración debe ser atribuida a despiste del autor o a error de escritura, pues tan larga duración excede los límites de lo historiograficamente aceptable en este caso concreto.
     Otra prueba a tenerse en cuenta de que las erupciones pusieron punto final a su actividad magmática en ese año 1735 es que del resto de ese año y de los subsiguientes no existe la menor noticia documental referida a actividad volcánica en la isla. Por lo tanto debió ser en el mes de abril de 1735, según se deduce de la reunión de los vecinos de Tinajo de que se ha hablado, o en todo caso algo después, cuando este volcán puso fin definitivamente a aquellas terroríficas erupciones exhalando sus últimos estertores.
     A este cese de los volcanes siguieron días en que la gente mantuvo una tensa espera no fuera que volvieran a reproducirse las erupciones como tantas veces había ocurrido antes. Pero afortunadamente esta vez no fue así. A medida que los días pasaban, la calma y el sosiego fue asentándose en el ánimo de los soliviantados isleños al ver que la actividad volcánica no se reactivaba, hasta llegar el convencimiento total del cese definitivo.

     Consecuencias de la erupción
     La actividad alcanzada por algunos de estos volcanes fue muy intensa. Prueba elocuente de ello es lo que se manifiesta en algunos escritos de aquellos años: En uno del Cabildo eclesiástico de Gran Canaria se dice: “...cómo hallándose el pueblo [de esta isla] acongojado no solamente de los muchos golpes que se han estado oyendo del volcán de Lanzarote y las varias veces que se han visto sus voracidades”. En una carta del Regente de la Real Audiencia enviada a las autoridades de Lanzarote: “...aumentándose nuestro desvelo con el continuado estrépito y ruido que se está oyendo en esta isla [de Gran Canaria], afligiendo a sus moradores la contemplación de lo que ahí se padece y experimentar el continuo temblor de los edificios”; y en otra de la Real Audiencia de Gran Canaria al rey: “Ha sido tanto el fuego y tan elevado que se ha visto continuamente desde ésta y las demás islas en parajes de distancia según se regula de 50 leguas. Tantas las piedras y de tal magnitud que sobre haber formado muchas elevadas montañas al tiempo de salir y quebrarse en el aire se ha oído y hecho temblar su estruendo por muchos repetidos días los edificios, puertas y ventanas y aún los montes en esta y otras islas”.
     Como consecuencia de tan tremenda conmoción telúrica, gran parte del lado SO de la isla cambió  radicalmente de fisonomía. Donde antes había habido espaciosas llanuras y feraces vegas que producían pasto para el ganado y abundante cereal cuando los años se daban bien, se extendía desde entonces un impresionante manto de lava oscura y lapilli de más de 200 kilómetros cuadrados de superficie y espesor variable en varios metros, habiéndose aumentado además el número de montañas de la zona contándose sólo los conos principales en más de veinte.
     Mucha gente, atemorizada por la aparatosidad del siniestro, se trasladó en un principio a las otras islas del archipiélago, en particular a la más próxima de Fuerteventura. Pero pronto la mayor parte de ella al saber que el peligro era más aparente que real retornó a su tierra.
     Llama la atención la falta de noticias referentes a víctimas humanas durante toda la catástrofe dadas las enormes proporciones que el fenómeno eruptivo alcanzó, máxime teniendo en cuenta la alusión a la muerte masiva de ganado y otros animales. Sin embargo, parece ser que si las hubo debieron ser muy escasas. Sólo se dice de la muerte, al parecer por efecto directo de los volcanes, del niño que quedó consignada más atrás.
     Y como todo, pese al enorme caos que se produjo y consiguientes perjuicios, no había de ser negativo, hay que dejar constancia de un hecho derivado directamente de estas tremendas erupciones que, paradójicamente, habría de suponer un incalculable beneficio para la economía de la isla: el  revolucionario sistema agrícola de los enarenados que fue copiado por la gente al observarse que en algunos sembrados que habían quedado cubiertos con una ligera capa de arena caída de los volcanes las plantas crecían con más vigor y lozanía y daban frutos más abundantes, lo que a partir de entonces, perfeccionándolo, se ha convertido en un sistema de cultivo sui géneris de la isla.

    El caso de las ‘bambas’
    En tan apocalípticos momentos hay que consignar también el anecdótico episodio social de las populares ‘bambas’, unos realillos falsos introducidos en Tenerife por un desaprensivo comerciante holandés, desde donde inundaron el resto del archipiélago. Las salpicaduras de este curioso caso de fraude monetario que alcanzaron a nuestra isla fueron nefastas para su ya de por sí depauperada economía.

     Refriega con unos piratas
     Otro percance más ocurrido en nuestra isla con piratas furtivos fue el ocurrido en Arrecife el 16 de septiembre de 1740. Tres bajeles marroquíes echaron por sorpresa en tierra unos hombres que después de una tenaz lucha con los insulares, tuvo como hecho fatal la muerte por un balazo del capitán Juan Tomás de García, juez ordinario de Lanzarote.

     Construcción del castillo de Las Coloradas
     En 1742 se finalizan, bajo la dirección técnica del ingeniero Claudio de Lisle, las obras de una nueva fortaleza en nuestra isla, el llamado Castillo de las Coloradas a causa del color rojizo de los terrenos en que se halla emplazada. Encaramado en lo alto de la escarpada Punta del Águila, el más acusado saliente costero de aquella zona litoral, viene ejerciendo desde entonces esta pequeña torre-fortaleza de impertérrito centinela del estrecho de la Bocaina, cuyas aguas domina visualmente en conjunto.
     A comienzos de 1741 fue enviado a Lanzarote por el entonces Capitán General de Canarias Andrés Bonito Pignatelli, que había tomado posesión de su cargo poco antes, el ingeniero militar Claudio de Lisle con la misión de fijar el lugar en que se habría de construir una pequeña fortaleza o torre que se tenía proyectado hacer al sur de la isla en el estrecho de La Bocaina. 
     Para tal fin eligió el citado funcionario la Punta del Águila, un promontorio que alcanza una altura de unos 15 m sobre el nivel medio de las mareas desde el que se domina prácticamente toda la costa de la isla correspondiente al citado estrecho. Las obras se llevaron a cabo con toda celeridad, pues habiendo sido iniciadas en ese mismo año de 1741 ya estaban terminadas al año siguiente.
     La forma de esta torre es troncocónica, con un diámetro en la base de unos 14 m y una altura de poco más de 8 m sobre el suelo. La puerta de entrada se abre a media altura de la pared por el lado que mira hacia tierra, accediéndose a la misma mediante una meseta escalonada separada del edificio sobre la que se tendía el puente levadizo. El interior del edificio se dividía en dos grandes salas superpuestas, la superior que servía de alojamiento a la tropa, a la que se entraba, una vez traspasada la puerta exterior y un pequeño pasillo que seguía a continuación, cubierta por el techo en bóveda de cañón del castillo. El piso era de madera, y se hallaba sostenido por un grueso pilar central de sillería, apoyado en todo su perímetro en un saliente de la pared. A los lados tenía esta sala dos pequeñas habitaciones, una frente a la otra, y en la pared del fondo un ventanuco que permitía la entrada de la luz exterior. La sala inferior, que servía de almacén, era de menor amplitud, y su techo era el piso de madera de la sala de arriba, disponiendo, como la superior, de un ventanuco para permitir, asimismo, su iluminación diurna. En este nivel inferior se encontraba el calabozo y el almacén de la pólvora. Luego en lo alto, por encima de la bóveda, en el grosor del techo, había dos cisternas situadas en posición diametralmente opuestas, cuyas bocas, protegidas con las correspondientes tapas de madera, se abrían en la azotea.


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